Remco Evenepoel se acuesta tarde el domingo porque, futbolista como ha sido, no puede perderse la final de un Mundial y aguanta hasta el último minuto de la prórroga el partido de la gloria española. “Fue una buena forma de relajarme para empezar el día de descanso”, dice en teleconferencia. Por la mañana, mientras él madruga, se monta en la cabra y se entrena en las laderas onduladas del lago Léman entre Évian y Thonon los 26 kilómetros de la contrarreloj del martes, y los turistas se empapan y refrescan con el aerosol del gran chorro del mismo charco en Ginebra, les deslumbra la luz y les alegra la vida la belleza de algunos Chagall alegres, ¡la cabra verde!, en una galería, no muy lejos de allí, a orillas de otro lago, en Annecy, Jonas Vingegaard, el brazo derecho sujeto con una venda, se embarca con una sonrisa en un avión con destino a Copenhague, donde el martes le operarán de su clavícula fracturada. Habla. Asume su error en la rotonda criminal al seguir la mala trayectoria de una moto, dice que el control antidopaje de la víspera a las dos de la mañana no ayuda pero que tampoco su la razón de su distracción y asegura que lo de la clavícula no es nada comparado con lo que se rompió hace dos años en el País Vasco. Por primera vez en los últimos seis años, el Tour proseguirá sin uno de sus más grandes combatientes. “El Tour no será lo mismo sin él”, repite Pogacar, que pierde al único rival que le ha mirado a los ojos y ha sabido resistir, y hasta ganarle. La afirmación en boca del esloveno más que una constatación de hecho –aun antes de la caída de Vingegaard, a 4m 30s en la general, Pogacar tenía ya ganado su quinto Tour—es, en cierta manera, un elogio fúnebre amoroso por un enemigo al que echará de menos porque, como escribió el cínico Schopenhauer, ya no será testigo de sus resonantes victorias. Solo cobra sentido real cuando la pronuncian otros como Evenepoel, Seixas (19 años), Del Toro (22) o Ayuso (23), jóvenes liberados para pelear entre ellos por terminar segundo en el Tour detrás de “uno de los mejores, si no el mejor, ciclista de la historia”, como su delfín le define a Pogacar, cuando la carrera emboca su tercera semana, con tres días grandes, una contrarreloj y dos subidas por dos caminos diferentes a Alpe d’Huez el viernes y el sábado. “Para mí sería un resultado increíble”.Sin Vingegaard que le tosa, Pogacar ha asumido un nuevo papel, el de vigilante del juego de los cachorros, observador poco objetivo, pues apuesta por su amigo Del Toro e interviene en las pugnas de la que puede llamarse generación feroz, los que esperan no envejecer antes de que deje de enseñarles de lejos su rueda trasera, y Evenepoel, el mayor de ellos, quiere ser su líder. Bulliciosos, atacantes, sus pugnas dan sentido al Tour, resignados todos a aceptar que la victoria final no se discute. “No voy a empezar a hacer castillos en el aire ni a soñar con ganar el Tour. Está muy, muy lejos de mi alcance”, dice el belga, y describe sus sueños de Barcelona: ganar una etapa en línea, ganar la contrarreloj y terminar en el podio. Uno lo alcanzó el domingo en el Plateau de Solaison; el segundo le espera mañana al doble campeón olímpico, un ciclista nacido para adaptarse a la cabra como ninguno y ganar contrarrelojes; el tercero le espera el domingo. “Voy a intentar gastar lo menos posible los dos días después de la contrarreloj para dar lo mejor de mí el viernes y el sábado y defender así el segundo puesto”, añade el belga, de 26 años, ya tercero en el Tour del 24. “Quiero que sea la mejor tercera semana de mi vida”.Los que le preocupan a Evenepoel no están muy lejos en la general –el mexicano a 58s, el menino francés, a 1m 25s--, pero, a diferencia del dúo intocable Vingegaard-Pogacar, no son mejores que él en la montaña. Incluso, si lo ocurrido el domingo en la ascensión al Plateau de Solaison en la que Pogacar marcó el ritmo sin atacar, mientras Evenepoel mantiene sus constantes, y Del Toro su irregularidad, tanto Seixas como Ayuso van a menos. “Siempre que me he marcado un objetivo, he estado bastante cerca de conseguirlo”, dice el belga, que, en su primer año con el Red Bull, llegó al Tour sin haber competido desde dos meses antes, y con tres kilos de menos respecto al año pasado. “Sabía que tenía que tomarme un descanso de la competición después de la Lieja y asegurarme de llegar realmente fresco al Tour. Y está saliendo bastante bien”.