Cuando una amiga le pasó a Marina una publicación de redes sociales de su psicóloga hablando de un caso sospechosamente parecido al suyo, le dio un vuelco el corazón. No había datos personales, pero Marina se sintió reconocida en las palabras de su terapeuta, y el hecho de que su amiga se lo hubiera enviado no hacía más que confirmar que su percepción estaba fundada. “Me sentí expuesta, no solo porque era como si estuviera contando mi historia, sino porque además los comentarios estaban llenos de gente opinando”, asegura ella, que contactó de inmediato con su psicóloga pidiéndole explicaciones y que borrara el vídeo. “Me dijo que no había datos identificativos y que era legal, pero que sentía cómo me había sentido. No borró la publicación”, lamenta. Marina decidió no seguir su proceso con esa terapeuta y buscó otra “que no tuviera redes”. Con la eclosión de la salud mental a la vida pública tras años de ocultamiento, esta se ha convertido en contenido habitual en redes sociales. El número de psicólogos con cuentas que acumulan miles de seguidores va en aumento y muchos emplean supuestos casos reales que llegan a su consulta para ilustrar su mensaje. Sin embargo, la protección de datos y el código deontológico por el que deben regirse estos profesionales imponen ciertos límites. “Los legales son no decir ningún dato personal que sea identificable. O sea, nombre, apellidos, dirección; no puedes dar ningún dato que declare quién es la persona. Y lo ético es no dar pistas ni señales de personas que se puedan identificar o que su propio entorno pueda saber que son ellas”, explica Ana Asensio, psicóloga, doctora en neurociencia y autora de varios libros. Así lo marca el artículo 45 del Código Deontológico del Psicólogo, que recoge que “en el caso de que el medio usado para tales exposiciones conlleve la posibilidad de identificación del sujeto, será necesario su consentimiento previo explícito”. Para Asensio, hay también un detalle que es imprescindible tener en cuenta: el objetivo que se busca al compartir determinados casos. “Hay una labor divulgativa sana que responde a que las personas, en un momento dado, puedan sentirse identificadas cuando tú das una solución. Cuando realmente estás informando, no estás buscando un cliente, ni impactar, ni crear viralidad. Hay un sector minoritario que busca viralidad, atención, sensacionalismo... que busca causar impacto y traspasa las leyes éticas y deontológicas”, advierte Asensio. Algo que, en su opinión, le sucedió a Marcos (nombre ficticio), que estuvo acudiendo a terapia de pareja con su mujer durante varios meses. Un día descubrió que su psicóloga compartía habitualmente en redes sociales casos que se encontraba en consulta y se enfrentó a ella. “Entiendo que vende mucho más ese tipo de contenido, pero me parece una enorme falta de respeto hacia tus pacientes porque, aunque no des datos identificativos, te estás lucrando con ellos. Utilizan esas estrategias para ganar seguidores, clientes y sacar libros, vender cursos, etc”, señala. Dice que incluso estuvo a punto de denunciar a la psicóloga al Colegio de Psicólogos. “En mi opinión, estaba incumpliendo claramente varios artículos del código deontológico, especialmente el del secreto profesional y el del beneficio propio”, asegura. Marcos se refiere al artículo 45, ya citado, y al 44, que reza: “De la información profesionalmente adquirida no debe nunca el/la psicólogo/a servirse ni en beneficio propio o de terceros, ni en perjuicio del interesado”. Este medio ha intentado ponerse en contacto tanto con las profesionales señaladas como con otros dos psicólogos que llevan a cabo estas prácticas y todos han declinado participar en el artículo. En el otro extremo, Asensio también explica que allí se sienten orgullosos de que sus experiencias ilustren estas publicaciones. “Se sienten importantes, incluso quieren que les lleve a la radio. No es la mayoría, pero hay un porcentaje que sí y es con el que yo suelo hacerlo”, comenta la psicóloga. La patologización de la salud mental Otra de las consecuencias de que la salud mental haya abandonado el ostracismo es que las redes se han inundado de terminología psicológica que se usa de una forma coloquial y a la ligera, llegando a banalizar procesos complejos o, por el contrario, crear preocupaciones para situaciones que entran dentro de la experiencia vital. “Hay un momento en el que hay que decir: ‘Perdonen, señores, que una cosa es el trastorno mental, otra cosa es el malestar emocional y otra cosa es la vida cotidiana”, señala Asensio, para quien las redes, en muchas ocasiones, pueden llegar a alarmar. La experta asegura que la mayoría de los psicólogos no están viendo de manera mayoritaria trastornos mentales, sino que lo que más ha aumentado en la sociedad actual es el malestar emocional y las personas que acuden a terapia como un apoyo, pero que no tienen una necesidad. Por tanto, según ella, no es ético hacer creer lo contrario. “Tampoco pensemos que tener un día de tristeza significa que ya estamos en un cuadro depresivo; que con un conflicto que puedas tener con tu pareja ya tengas apego evitativo; que un día necesites que tu pareja te diga algo es que eres ansioso. Está muy bien tener conocimiento emocional, pero con equilibrio. Esto va contra el sensacionalismo, pero a favor de la ética”, sentencia Asensio.
Los psicólogos dan el salto a las redes sociales: ¿puede mi terapeuta compartir mi caso si no da mis datos personales?
Con el auge de las cuentas y los contenidos sobre salud mental que siguen miles de usuarios, se producen cada vez más situaciones que ponen a prueba la ética de los profesionales. La protección de datos y el código deontológico por el que deben regirse imponen ciertos límites









