Un buen d�a, poco antes de cumplir los 30, la brit�nica Leyla Kazim decidi� someterse a un peque�o experimento. Seguir�a acudiendo cada ma�ana a la oficina, ocupar�a su mesa, responder�a correos, asistir�a a reuniones, asentir�a con entusiasmo cuando alguien le preguntara c�mo marchaba aquel informe –�estoy en ello�, �solo me queda una �ltima revisi�n�, �ma�ana lo tienes�–, pero en realidad no har�a absolutamente nada. Ni an�lisis de datos. Ni presentaciones. Ni una sola tarea �til. Nada. Quer�a comprobar cu�nto tardar�a alguien en darse cuenta de que su trabajo era prescindible.Calcul� que aguantar�a dos semanas antes de que la despidieran y se prepar� a conciencia para cuando ese momento llegara. Se lo habr�a merecido. Pero pas� un mes. Despu�s, otro. Luego, seis. Y al cabo de un a�o fue ella quien present� su dimisi�n. Nadie hab�a advertido que llevaba 12 meses sin producir nada. ��C�mo puede ser?�, sigue pregunt�ndose hoy, todav�a entre divertida e indignada. Y ella misma se contesta: �Pues porque todo era una farsa�.La historia es demasiado perfecta como para no despertar cierta envidia en cualquiera que haya sentido alguna vez que su jornada laboral consiste m�s en parecer ocupado que en hacer algo verdaderamente importante. Pero tambi�n es una excusa para formular una pregunta bastante m�s inc�moda: �cu�nto trabajo hacemos realmente y cu�nto consiste simplemente en aparentar que trabajamos?La sombra de esa sospecha atraviesa irremediablemente nuestro tiempo. La comparte Kazim, que convirti� aquel experimento en una filosof�a de vida; la comparte el periodista Miguel G�mez Garrido, que acaba de diseccionar el culto contempor�neo al esfuerzo en un rompedor ensayo; y la comparte la escritora, dramaturga y directora de escena Mar�a Folguera, que abandon� un empleo fijo para descubrir que trabajar por cuenta propia tampoco significaba escapar de la obsesi�n productivista. Los tres parten de lugares muy distintos pero acaban chocando contra la misma idea: quiz� nuestra relaci�n con el trabajo est� mucho m�s deteriorada de lo que osamos admitir.Bienvenidos al gran teatro de la oficina.Para saber m�sLeyla Kazim se licenci� en Astrof�sica y aterriz� directamente en la City londinense convencida de haber encontrado el trabajo so�ado en una empresa de software. Le gustaba lo que hac�a, ten�a un buen sueldo, se sent�a francamente afortunada hasta que lleg� la primavera y empez� a plantearse que pasar los d�as soleados encerrada no era su ideal de vida. �Odiaba especialmente esa luz blanca�, recuerda. �En Londres oscurece muy pronto y aquello acababa pareciendo un acuario de reflejos, todos muy serios mirando la pantalla�. Despu�s lleg� una de esas reestructuraciones empresariales que nadie alcanza a explicar ni, mucho menos, a comprender y despidieron a su jefe y en su lugar colocaron a una superior �incompetente, insoportable�, no sabe ni c�mo definirla.Y Leyla Kazim emprendi� su particular huelga de brazos ca�dos.Hace apenas unas semanas, m�s de una d�cada despu�s de su gesta, decidi� salir del armario en un texto publicado en su blog, A Day Well Spent, bajo un t�tulo irresistible: No trabaj� durante un a�o y nadie se dio cuenta, en el que desgrana �seis pasos para triunfar en el trabajo moderno�. En un momento en que los datos de absentismo laboral de los j�venes tienen perplejos a los expertos y con una Generaci�n Z dispuesta a romper con la cultura laboral establecida para incomprensi�n may�scula de los mayores, su relato se hizo inmediatamente viral. El motivo �ltimo, m�s all� del clickbait, sea quiz� que el discurso de la brit�nica conecta con una sospecha muy extendida: la de que buena parte del empleo contempor�neo funciona m�s como una representaci�n que como una necesidad.Kazim responde a la videollamada desde una peque�a casa de campo que est� construyendo cerca de Lisboa, donde vive reconvertida en gur� de la slow life. Retrasa la entrevista hasta tres veces y se disculpa con una advertencia: �Que ahora haga lo que me gusta no significa que no trabaje much�simo�. Ejerce como periodista gastron�mica y de viajes para la BBC, ha sido juez de MasterChef en Reino Unido, ha publicado un libro sobre aquella experiencia y tiene un blog bajo suscripci�n con m�s de 10.000 lectores. Hay d�as, dice, en los que se le olvida incluso comer. La diferencia no est� en las horas sino en el sentido: �Antes dedicaba mi tiempo a mantener vivo un sistema al que no ve�a utilidad. Ahora trabajo mucho m�s, pero siento que sirve para algo�.Su tesis conecta inevitablemente con otra que lleva a�os circulando por universidades y movimientos sociales. El antrop�logo David Graeber, ide�logo del movimiento Occupy Wall Street, bautiz� como bullshit jobs (trabajos de mierda) aquellos empleos �tan completamente in�tiles, innecesarios o perniciosos que ni siquiera quien los desempe�a es capaz de justificar su existencia�. No hablaba de enfermeras, profesores o agricultores, sino de un sector creciente del trabajo burocr�tico y corporativo. Kazim adopta esa misma idea sin demasiados rodeos y se atreve a enumerarlos: �Consultores, departamentos enteros de Recursos Humanos, determinadas �reas administrativas o de marketing... Si desaparecieran ma�ana, el mundo seguir�a funcionando exactamente igual�, asegura."La vida no se mide en dinero sino en tiempo, es demasiado corta para desperdiciarla en un trabajo de mierda"Leyla Kazim, autora del ensayo viral No trabaj� durante un a�o y nadie se dio cuentaLa conclusi�n que extrae resulta todav�a m�s provocadora: �Si el sistema premia aparentar productividad m�s que producir de verdad, �por qu� seguir jugando con sus reglas? Haz el m�nimo imprescindible con el menor esfuerzo posible y empleando el menor tiempo posible para poder pasar el resto de la semana haciendo tus cosas�. �La verdadera moneda de cambio en la vida no es el dinero sino el tiempo�, justifica su provocaci�n. �Cuando sientes que est�s malgastando tus mejores a�os haciendo algo que no te satisface, tu trabajo acaba siendo moralmente corrosivo�. Pasado el v�rtigo inicial, asegura, su filosof�a de vida laboral engancha: �Una vez empieces no podr�s parar, la vida es demasiado corta para desperdiciarla en un trabajo de mierda�.Miguel G�mez Garrido lleg� a una intuici�n similar por el camino contrario. No abandon� la oficina: la observ�. Trabajaba como teleoperador en una startup cuando empez� a sentirse como un antrop�logo que hubiera aterrizado por error en una tribu desconocida. Miraba alrededor y ve�a a compa�eros inm�viles frente a la pantalla durante horas fingiendo una concentraci�n que apenas escond�a largos periodos de absoluta inactividad. �La palabra que me ven�a a la mente todo el rato era bizarro�, recuerda, y recompone la principal ense�anza que sac� de aquella experiencia: �Al trabajo hay que mirarlo siempre con ojos de asombro para no normalizar seg�n qu� situaciones�.Leyla Kazim, en una imagen promocional de su blog, 'A day well spent' en el que desgrana los preceptos de la 'slow life'.Will BremridgeLa extra�eza termin� convirti�ndose en La cultura del desesfuerzo (Siglo XXI), un ensayo que destripa las contradicciones, las idas y vueltas y las piruetas evolutivas de la cultura del esfuerzo, hoy de nuevo en boca de todos gracias a gur�s de la cultura cryptobro como Amadeo Llados y a cocineros/fil�sofos como Dabiz Mu�oz o Jordi Cruz, para �l, nuestros Mark Zuckerberg o Elon Musk patrios.Parad�jicamente, explica, cuanto m�s se glorifica el esfuerzo menos importa el trabajo real. Lo decisivo pasa a ser otra cosa: proyectar la imagen adecuada. Y ah� aparece el escenario donde, a su juicio, mejor se representa toda esta obra: LinkedIn. G�mez Garrido recurre, como Kazim, a la met�fora del teatro para describir una red social en la que nadie parece cansado, nadie duda, nadie fracasa y todo el mundo anuncia, con entusiasmo y sin ning�n pudor, su siguiente gran proyecto.M�s que un mercado laboral, dice, parece un inmenso escenario donde cada profesional interpreta la mejor versi�n posible de s� mismo: �Es la traslaci�n simb�lica al mundo digital de c�mo la cultura del trabajo actual hace que lo mezclemos todo: las relaciones personales, el deseo, la ambici�n, el entusiasmo, la autoestima. Resulta fascinante esa gigantesca performance en la que nadie quiere quedar como el vago, el perdedor, el estancado, el segund�n. Le gritamos al mundo: ‘�Mira lo que he hecho!’�. Y extrae su propia lectura: �Posturea, que algo queda�."Al trabajo hay que mirarlo siempre con ojos de asombro para no asumir como normales ciertas situaciones bizarras"Miguel G�mez Garrido, autor de La cultura del desesfuerzoFrente a los culturistas del esfuerzo propone este periodista una estrategia similar a la que propugna Kazim, quiz� menos rupturista y tan l�gica que resulta complicad�sima: racionalizar el esfuerzo. �Hay que poner las cosas en perspectiva para que no acaben con nosotros. Tenemos que aprender a hacer una gesti�n sostenible del esfuerzo: si conviertes tu trabajo en toda tu vida, como propugnan los grandes gur�s, no est�s siendo eficiente, sino esclavo�.La oficina ya no termina cuando se apaga el ordenador. Contin�a en el tel�fono m�vil, en las redes sociales, en ese impulso casi autom�tico por anunciar cada logro, cada ascenso, cada conferencia, cada proyecto nuevo. Trabajamos, s�, pero tambi�n invertimos una enorme cantidad de energ�a en convencer a los dem�s –y quiz�, tambi�n a nosotros mismos– de que trabajamos mucho. Ese mecanismo explica, en parte, el �xito del relato de Leyla Kazim. Miles de personas compartieron su historia no necesariamente porque so�aran con pasar un a�o sin hacer nada, sino porque reconoc�an una verdad inc�moda: demasiadas veces el esfuerzo visible pesa m�s que el trabajo �til.Muchos no se resistieron a hacerle llegar su estupor: llevaban tiempo haciendo exactamente lo mismo. Como ella, sin consecuencias. Incluso, alg�n antiguo colega le confes� que continuaba haci�ndolo en la misma empresa de software de la que ella se despidi� hace a�os. �El juego premia a los mejores actores�, sostiene. �Si consigues parecer ocupado y no complicarle la vida a tu jefe, ya est�s ganando�.No es casualidad que en los �ltimos a�os hayan proliferado conceptos como burnout, renuncia silenciosa, Gran Dimisi�n o derecho a la desconexi�n. Todos nombran s�ntomas distintos de un mismo malestar: la sensaci�n de que el trabajo ha colonizado espacios que antes pertenec�an a la vida privada. Y, sin embargo, tampoco basta con abandonar la oficina porque fuera espera otra trampa, una tendida por nosotros mismos. Mar�a Folguera la descubri� cuando decidi� dejar atr�s 15 a�os de estabilidad en un teatro p�blico madrile�o para dedicarse exclusivamente a escribir y a dirigir.Sobre el papel era una liberaci�n. En la pr�ctica, un salto al vac�o.�Llevaba a�os compaginando la creaci�n art�stica con la gesti�n cultural y lleg� un momento en que el cuerpo empez� a decir basta�, recuerda. Hab�a construido una trayectoria s�lida como novelista, ensayista y dramaturga, pero abandonar un salario fijo segu�a produciendo v�rtigo. Nadie esperaba al otro lado con un contrato bajo el brazo. Cuando finalmente dio el paso, a finales de 2023, descubri� algo que pocas veces aparece en los relatos idealizados sobre reinventarse: la libertad tambi�n pesa. �Lo m�s dif�cil fue la transformaci�n cotidiana�, explica. �De repente est�s completamente sola. Desaparece la estructura, desaparecen los horarios, desaparecen los compa�eros. Lanzas propuestas y unas veces reciben respuesta y otras, no. Hay incertidumbre, hay negativas, hay, fundamentalmente, much�sima ansiedad�."Nadie puede seguir el ritmo de novedades en el mundo editorial: ni los autores ni los lectores. Las librer�as se est�n convirtiendo en espacios generadores de ansiedad"Mar�a Folguera, autora de La prisa y la esperaSu experiencia desemboc� en La prisa y la espera (Siruela), un ensayo que naci� mientras contemplaba Las hilanderas de Vel�zquez en el Museo del Prado. Frente a la imagen rom�ntica del genio creador, Folguera puso el foco en el m�s all�: en la labor paciente, invisible y obstinada que sostiene cualquier obra creativa. �Nos fascina el resultado final�, dice, �pero casi nunca hablamos del tiempo, de los tr�mites, de las esperas, de las dudas, de todo ese trabajo silencioso que hace posible una creaci�n�.En cierto modo, la dramaturga describe la imagen inversa de la oficina descrita por Kazim. All� sobraban horas y faltaba sentido. Aqu� sobra el sentido, pero nunca parece haber tiempo suficiente. Folguera pone un ejemplo reciente: cuando present� su adaptaci�n de Ub� Rey en Matadero Madrid a finales de mayo, encontr� la misma pregunta una y otra vez: �qu� ser�a lo siguiente?�Vivimos esclavizados por la prisa y no dejamos que los procesos respiren. Estamos constantemente exigiendo novedades y nadie puede seguir ese ritmo: ni los autores ni los lectores�, alega. �Las librer�as se est�n convirtiendo en espacios generadores de ansiedad, cada semana la mesa de novedades ha borrado todo lo anterior para renovarse por completo. De hecho, esta llamada me ha sorprendido muy gratamente porque mi ensayo se public� en abril, �hace una eternidad!�.