La Fundació Miró, de cuyo patronato soy miembro, es una institución de primer orden mundial que Barcelona debe a la generosidad de Joan Miró.Desde su inicio en junio de 1975, la fundación ha tenido tres directores: Francesc Vicens (1975-1980), Rosa M. Malet (1980-2017) y Marko Daniel (2018-2026). Entre los tres han ­sabido construir, sobre los hombros de un gigante, la espléndida realidad que es hoy la Miró. Mi periodo en el patronato ha coincidido con la dirección de Marko Daniel. Lo he visto hacer, y lo querría felicitar por un trabajo bien hecho. Tanto en lo que se ve (las grandes exposiciones de Miró-Picasso, Miró-Matisse, Miró y EE.UU., el 50.º aniversario...) como en lo que no se ve (navegar con mano segura la tormenta de la covid y otros sufrimientos). Llibert TeixidóCorresponde ahora dar la bienvenida a la nueva directora, Maribel López, y ofrecerle colaboración y apoyo. Llega tras dirigir Arco y, por tanto, conoce muy bien el panorama internacional del arte contemporáneo, característica sin duda valiosa para la directora de un museo.Aprovecho la excusa de su llegada para expresar lo que, pienso, es un reto, no único pero sí principal, de la fundación. Este no es el de un “retorno a los orígenes” recordando que Miró no quiso hacer solo un museo, sino un centro de estudios de arte contemporáneo, es decir, una entidad que –desde Barcelona– fuera incubadora de talento joven y animadora de debates sobre el arte contemporáneo.Eso se ha hecho. El papel del Espai 13 en la maduración de artistas –también de curadores– es bien conocido. También la repercusión mundial del premio Joan Miró, el más prestigioso de arte contemporáneo internacional de la Península. Por descontado, se ha de insistir en ello y, al mismo tiempo, desplegar nuevas iniciativas. Pero ya no será para llenar un vacío, sino para participar y hacerse visible en un entorno de actividad cultural radicalmente diferente al de 1975: la Miró ya no está sola.Habría que emprender una política activa de adquisiciones para la colección permanenteLo que ha representado la Miró ha sido posible porque se apoya en una característica de naturaleza patrimonial que la hace única e insustituible: es primariamente un museo de la obra de Miró. Consolidar ese aspecto es, creo, su reto principal. Y pienso que es un buen momento para afrontarlo.La Miró gestiona un patrimonio con tres capas. Primera: la maravillosa sede en Montjuïc, diseñada, en comunicación permanente con Miró, por Josep Lluís Sert, y ampliada, con modélica continuidad, por Jaume Freixa. Segunda: el archivo Miró, riquísimo y referente obligado para cualquier estudioso del artista. Tercera: la colección de obras, la base de lo que se ­exhibe en el edificio de Montjuïc. Consta de la colección permanente y los depósitos.La primera viene de la donación de Miró, en vida, al Ayuntamiento de Barcelona –con la especificación de que fuera gestionada por la fundación– y algunas donaciones de familiares y amigos de Miró. Los depósitos son importantes. Destacan dos: el que, insistiendo en su destacable tradición de generosidad, ha establecido la familia Miró, y el de Kazumasa Katsuta, gran coleccionista japonés –desde el 2011 ciudadano honorario de Barcelona– que ha querido estar presente en el que ha visto como museo de referencia mundial con una dedicación monográfica a Miró. Con su depósito contribuye a que lo sea aún más: es el poder atractivo de edificio, archivo, colección permanente y depósito de la familia Miró.Naturalmente, en un museo los depósitos no son estables. Entran (como los de la familia Miró y de Katsuta) y salen (también ha pasado). Está bastante claro que para no comprometer el papel de la fundación como gran referente de la obra de Miró –predestinado por él mismo con la donación del archivo y el fondo fundacional de obras– habría que emprender una política activa de adquisiciones que enriquezcan la colección permanente.Por ejemplo, con el diseño de algún esquema financiero (¿un fondo?, ¿una operación estilo Thyssen?...), para obtener, especialmente, obras que interesen y salgan o puedan salir al mercado español. La iniciativa debería ser de envergadura y, pues, implicar a las instituciones públicas en el patronato de la fundación (Ministerio de Cultura, Generalitat, Ayuntamiento de Barcelona). No excluiría, sin embargo, fundaciones privadas de prestigio.