Hace veinticinco años, los productos chinos de bajo costo inundaron el mercado estadounidense, contribuyendo a la pérdida de 3 millones de empleos en fábricas y trastocando la política estadounidense, un fenómeno conocido como el "shock chino".
Ahora, un segundo shock chino repercute en Europa, el sudeste asiático, África y América Latina, generando temores de una mayor desindustrialización y agitación política. La semana pasada, el canciller alemán Friedrich Merz y el presidente francés Emmanuel Macron hicieron un llamado a la acción conjunta para proteger la industria europea frente a la creciente ola de productos chinos subsidiados.
El actual auge de las exportaciones chinas se originó en la respuesta de Beijing al estallido, hace varios años, de una burbuja inmobiliaria que eliminó 10 billones de dólares en riqueza familiar, según KKR, una firma de inversión con sede en Nueva York. A partir de 2020, las autoridades chinas invirtieron en capacidad de producción adicional para contrarrestar la caída del mercado inmobiliario y desarrollar industrias avanzadas como los vehículos eléctricos, las baterías de iones de litio y la energía solar.
Sin embargo, todas esas fábricas adicionales producen más automóviles, pantallas planas y maquinaria de la que los consumidores chinos pueden permitirse. Para mantener el empleo de millones de trabajadores, los fabricantes chinos buscan proveedores en el extranjero. Las exportaciones en el primer semestre del año aumentaron un 18% en comparación con el mismo período del año anterior, según la Administración General de Aduanas de Pekín.








