Se habla bastante de los jóvenes obligados a permanecer en casa de sus padres durante años y años, sin condiciones profesionales y financieras para lograr una residencia propia. Se trata de hijos que no salen de su condición filial: pájaros que no consiguen alzar el vuelo y construir su nido. Se suele hablar menos de otra situación: la de los descendientes que se dedican a cuidar a sus padres a lo largo de esa vejez demorada y dolorosa que es hoy, a menudo, el colofón de una biografía.Pocas cosas hay más traicioneras, en los países desarrollados, que la esperanza media de vida: en Portugal, en este momento, son 79 años para los varones y 84 para las mujeres. Pero se trata de un espejismo. Hay otro índice, siempre olvidado, que nos aclara el lío en que nos pueden meter estas existencias largas: el de la esperanza de vida saludable, que en Portugal es de 59 años, cinco años menos que la media europea –64 años–. Por consiguiente, para un luso, todo lo que existe entre los 59, pongamos 60 años, y los 80 de la esperanza de vida es un campo minado. Un tiempo que puede transformarse en una pesadilla, incluso en una tortura. Una vida que, cuando las cosas se tuercen, algunos dirán que ya no es verdaderamente vivir. franz12 / Getty ImagesDos realidades se han afirmado para solucionar este amasijo social de ancianos que sobreviven en la sociedad portuguesa, la tercera más envejecida de Europa, por detrás de Italia y Bulgaria. Por una parte, el gran negocio de las residencias de mayores, una realidad muy variable, con dimensiones meritorias, pero también espantosas. En los siglos XVI y XVII, Portugal era conocido en Europa por sus hospitales y asilos. Hubo una gran reina, doña Leonor (1458-1525), que creó la Santa Casa de la Misericordia: un sistema de apoyo social que se difundió por todo el país y más tarde por el imperio, asombrando a Europa.En su última obra, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de 1617, Cervantes se refiere, con barrocos elogios, a los hospitales de Lisboa. Hoy en día, siguen existiendo Misericordias en casi todas las villas y ciudades del país y a ellas se acogen muchos ancianos. Pero también hay residencias que no pasan de chanchullos donde a la persona mayor le espera una película de terror. De vez en cuando, las televisiones descubren estas escenas de tabla de Hieronymus Bosch, sobre las cuales hacen espeluznantes reportajes.La segunda consecuencia de este gran continente de la vejez que existe en Portugal es el debate sobre la eutanasia. En el fondo, la ciencia, que tantas cosas buenas nos da, también nos engaña: logra alargar nuestra vida, pero sin garantizar la calidad de nuestros últimos años. Y, por ello, hay quien, considerando que nuestra biografía puede no terminar con café, copa y puro, como una buena comilona tradicional, quiera poder prescindir de los postres de su existencia.Cuidando a un ser querido en su vejez se viven escenas de comedia negra, pero también momentos de gran ternuraLa ley de la muerte médicamente asistida se aprobó en Portugal en el 2023, pero, después, el Tribunal Constitucional ha anulado varios artículos. La norma se tendrá que reajustar y votar de nuevo en el Parlamento. Y es que pasa con la eutanasia lo que con el aborto: hay situaciones extremas que justifican estas leyes, pero, en muchísimos casos, sería posible, con un poco de generosidad, llegar a otras soluciones. En el fondo, le damos al otro la libertad de elegir para poder permanecer en nuestro egoísmo.Mientras tanto, uno de los baluartes que defienden la vejez, la acogen y la amparan siguen siendo las familias. Y es ahí donde aparecen esos hijos u otros familiares que se dedican a cuidar a sus padres y parientes. Podríamos pensar que esto es un arcaísmo, pero, en realidad, estamos hablando hoy en día, en el caso de Portugal, de mucha gente. Se trata de un trabajo a menudo invisible, pero se estima que 800.000 ciudadanos viven esta experiencia, y el número podría llegar a 1.400.000. La ley portuguesa ha creado un marco normativo para estas situaciones: el estatuto de los “cuidadores informales”, que tienen una serie de derechos y pueden, en ciertos casos, recibir un subsidio.Cuidar a un padre, a una madre, en el pantano de su vejez y con la muerte a la vista, resulta una experiencia única, estremecedora. Se viven escenas de comedia negra muy subida de tono, horas escatológicas, pero también momentos de gran ternura. No hay aquí lugar para santurronerías. Uno se transforma en una sirvienta del anciano. Es como cuidar a un bebé, pero al revés, porque el destino de todo este cariño es el final de una vida. Hay días y noches de un cansancio total, instantes de exasperación. El gran reto es que la sonrisa triunfe sobre el desánimo, que el amor sea más poderoso que el dolor. De hecho, resulta hermoso garantizar que una persona muera plenamente humana, enteramente ella misma, a pesar de toda su decadencia. Pero, al mismo tiempo, se trata de una tarea durísima, que causa un gran desgaste físico y psicológico.En realidad, este es un modo de aprender nuestra propia vejez y, también, nuestra muerte. Uno empieza a morir, sobre todo, en la senectud de sus padres. El cuerpo que sostiene la carne flácida de un anciano está ya, también él, desgastado y, por ello, a sí mismo se contempla en lo que tiene delante. Pero cada gesto que hacemos, al tratarse de una persona mayor, afirma la dignidad humana y la afirma tanto que, cuando llega la última hora, uno diría que nada ha acabado en ese instante y que, a partir de ahí, la vela que se mantuvo encendida de otro modo se alumbrará.