Si un marciano hubiera aterrizado ayer en la Tierra y hubiera encendido la televisión, difícilmente habría deducido que estaba a punto de empezar la final del Mundial de fútbol. Habría pensado que asistía a la inauguración de un casino o a una convención de multimillonarios. A partir de ahí, cuarenta y un minutos entre el calentamiento y el pitido inicial, un césped que avergonzaría a cualquier jardinero municipal, las indignas pausas de hidratación, un sol abrasador a las tres de la tarde para que los europeos pudieran cenar viendo fútbol mientras los jugadores corrían de la luz a la sombra como lagartos. Drones zumbando sobre el estadio y un realizador televisivo obsesionado con cazar famosos en la grada mientras las repeticiones de las jugadas desaparecían como si molestaran. Y un palco blindado con vidrio balístico porque el invitado principal era el presidente de Estados Unidos. 27 minutos de descanso en que cantó Madonna vestida de rosa junto a Ronaldinho de amarillo y Ronaldo de azul, donde los tres formaban un Calippo, Justin Bieber durmiendo al personal con la peor canción de su repertorio y Gustavo Dudamel imitando a Luis Cobos sin orquesta. Stephanie Scarbrough / Ap-LaPresseEra la caricatura perfecta de esta época: el fútbol como simple excusa para organizar un gigantesco show alrededor del poder, el dinero y la vanidad. El balón, pobre, quedó relegado al papel de actor secundario en su propia película. Casi daba la impresión de que los futbolistas interrumpían el desfile de celebridades.Argentina estuvo genial homenajeando el cine quinqui de José Antonio de la LomaTampoco ayudó el partido. Un Getafe-Barça de manual con una lamentable Argentina jugando a fútbol pero genial homenajeando el cine quinqui de José Antonio de la Loma con el Torete, el Pirri y el Corneta. Qué lamentable homenaje al último baile de Leo Messi.El problema para Argentina y para el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, es que el fútbol tiene un defecto maravilloso: siempre acaba rebelándose. Por muchas patadas, empujones, trampas o cristales antibalas, famosos, Trump, pausas de hidratación... la selección española fue la única que entendió de qué iba esto. Porque cuando el ruido se apaga, cuando se retiran los drones, cuando se vacían los palcos, lo único que queda es el juego. Y ahí, la selección española fue la mejor del Mundial­.