No era solo un partido de fútbol. Nunca lo es la final de un Mundial. En el palco estaban Donald Trump, presidente de los Estados Unidos y aspirante a líder del mundo libre, junto al presidente de la FIFA y a ratos su chico de los recados, Gianni Infantino. Y su némesis en el país, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Y Pedro Sánchez, el presidente español y el líder europeo que más ha chocado con Trump. Y los Reyes de España. Y Tom Cruise en el césped con su discurso sobre la importancia del fútbol. Y una lista de celebridades que daría para completar varias carteleras de Hollywood. Y 81.000 espectadores capaces de pagar más de 5.000 euros por una entrada. Y 1.800 millones de personas, la audiencia estimada, ante las pantallas en todo el planeta.
En las horas previas, los titulares de la prensa deportiva, siempre espectaculares, muchas veces reduccionistas, lo vendieron como el primer (y tal vez último) duelo entre Leo Messi y Lamine Yamal. Desde el inicio del Mundial se había preparado el último baile del mejor jugador de la historia, la reedición de la temporada final de Michael Jordan cuando logró el sexto anillo para Chicago después de un año y medio retirado para jugar al béisbol. Sucede que Messi nunca llegó a desatarse del todo las botas: se fue del Barça a París y de allí a Miami, empezó a jugar a un ritmo más lento, pero con el balón todavía cosido a su pie izquierdo. En este Campeonato del Mundo se las apañó para llevar a Argentina a su segunda final consecutiva, entre goles y asistencias pero también entre polémicas y sospechas de que la FIFA (que controla los arbitrajes) tenía demasiado interés en verlo allí.










