España es campeona del mundo. Cinco palabras que cuesta escribirlas un mundo. Y ese mundo lo ha puesto a sus pies España por segunda vez en su historia. Por aclamación, después de dos baños sublimes a las finalistas de la Copa anterior, Francia y Argentina, jugando al fútbol como nadie, sacando a millones de personas a las calles a lomos de un orgullo que trasciende el Mundial: el de un fútbol feliz y desacomplejado, contagioso, ganador a toda costa. El fútbol de un campeón del Mundo. La segunda Copa de España igual que la primera, siendo mejor que nadie.De la noche de Sudáfrica a la tarde de Nueva York han pasado 16 años, tiempo suficiente para estrellar y levantar una vida. Todo lo hecho aquí, en un Mundial, permanece sin coger polvo en la memoria de la gente durante tantos años que se transmite de padres a hijos como en la antigüedad las grandes batallas. También aquí los héroes mueren rápido, duran apenas diez o quince años, y sus gestas se concentran, después de casi mil partidos, en cinco o seis, a veces uno. Saber cuánto pesa la Copa del Mundo, ese trofeo icónico que levantaron Maradona o Pelé en imágenes eternas, es el primer sueño de cualquier chaval que, al poco de ponerse en pie, le pega una patada a algo. Es imposible entender hoy la importancia de lo ocurrido. Vale para el fútbol y vale para cualquier cosa. Pero es sencillo pronosticarlo: dentro de diez, veinte, o cincuenta años los que estén, recordarán este día casi al detalle, y cuando la memoria empiece a hacer estragos se quedarán lo más valioso, aquello que no está guardado en los móviles, lo que no se puede ver sino recrear: el grito del gol, los primeros abrazos, los saltos a ninguna parte. Han cambiado muchas cosas en los últimos siglos, pero algo permanecerá: no somos un algoritmo, recordamos lo que nuestra cabeza quiere, no lo que internet se empeña en mostrar. Así que a ese gol de Iniesta en la noche de Sudáfrica le seguirá el gol de en la tarde de Nueva York de Ferrán Torres, y por más que lo repitan, y por millones de veces que lo veamos, en nuestra cabeza será lo que nosotros queramos. Y ese milagro se sucede con el mismo empeño con el que el sol sale y se pone cada día.El primer tiempo fue todo lo predecible que pueden ser 45 minutos de una final. España atacó el balón desde el principio y lo puso a circular por autopistas centrales. Argentina no trastabilló y entorpeció lo que pudo hasta que, en un extraño momento de desconcierto español, rebañó la pelota unos minutos. Cansada de no saber qué hacer con él (Argentina es pura pulsión sentimental y táctica) España recuperó el oxígeno. Respira dando pases España. Respira haciendo lo más sencillo del mundo: soltarla y moverse de sitio. Cuando España juega, se encienden luces en los lugares más inverosímiles. Eso es por jugadores como Dani Olmo, tan difíciles de describir que los contrarios se pasan el partido traduciéndolo. Flota como un dron hasta hacerse un escondite entre muchedumbres, y recibe él solo el balón desordenando automáticamente todo el blindaje enemigo. Da más espectáculo moviéndose sin balón que con él.Todo lo que pasó después es la esencia de lo que debe ser una final. Dejaron de funcionar las piernas y empezó a funcionar una locomotora insólita en estado extremo de presión: la cabeza. Las ganas de competir y ganar. La capacidad de hacer con pelota y sin ella lo que reclama el partido. Un partido como este tiene vida propia, crece con los minutos y acaba generando una personalidad que hay que entender. Durante todo el Mundial España esto lo entendió mejor que ninguno. El partido pregunta, la selección contesta. Pulsa antes que el rival el botón. Y el partido se mueve a su ritmo como una serpiente alrededor de un palo. El palo de Rodri.A partir del minuto 70 España le enseñó el DNI a Argentina con un esplendor de otro tiempo. Lo había hecho antes pero sin tanta fiereza. Soltando y corriendo a todo campo, construyendo y descartando jugadas a una velocidad obscena, haciendo del fútbol el arte superior que se le supone cuando once tipos se saben mejores y deciden contárselo al planeta. Todo ese juego a caudales solo obtuvo una recompensa, si bien decisiva: la expulsión de Fernández. Fue un baño al que solo le faltó colocarle el patito de goma en las manos de la inocente Argentina.La prórroga fue una cuenta atrás, la gota china. Era imposible llegar a los penaltis. La claudicación argentina fue absoluta. No hay victoria más justa, ni Mundial más justo, ni fútbol de esta Copa que vaya a sobrevivir en la memoria como el español, ni un puñado de jugadores y técnicos como los que este verano hizo estallar a un país de felicidad. Claro que tendrá que pasar el tiempo. Y no cambiará nada. La eternidad con esta selección siempre es ahora.