Mientras Argentina y España se preparan para disputar la final del Mundial, otra ciudad vive el partido como si fuera suyo. A más de siete mil kilómetros del estadio donde se definirá el campeón, Nápoles vuelve a teñirse de blanco y celeste, impulsada por un sentimiento que nació con Diego Armando Maradona y que, más de tres décadas después, sigue intacto.
En el corazón del Quartieri Spagnoli, bajo el gigantesco mural de Maradona convertido en lugar de peregrinación para miles de aficionados, Juan Pablo observa el desfile constante de visitantes. Algunos se toman fotografías, otros dejan flores, camisetas o bufandas. Todos se detienen frente al rostro del hombre que transformó para siempre la historia del Napoli.
"Los napolitanos hacen más fuerza por Argentina que por Italia", afirma el pintor argentino, que trabaja todos los días junto al mural.
"Nápoles es una ciudad muy ligada a los argentinos. Está viniendo gente de toda Italia para ver aquí la final", añade.
La escena resume el ambiente que se respira en la ciudad. Las conversaciones giran alrededor del partido, las banderas argentinas cuelgan de balcones y comercios, y las camisetas albicelestes predominan entre quienes recorren las plazas y callejones del centro histórico.











