En enero de 2025, apenas jurado el cargo, Trump indultó a los asaltantes del Capitolio en una liturgia televisada: familias llorando, el himno, llamadas en directo a los presos convertidos en patriotas. Este jueves, Trump eligió el formato más solemne del que dispone un presidente (el discurso a la nación en horario de máxima audiencia) para anunciar la desclasificación de documentos que demostrarían, dijo, que le robaron las elecciones de 2020. A diferencia del ejemplo del Capitolio, todo esto apunta hacia delante: no se recurre al pasado para hacer un ajuste de cuentas, sino para preparar lo que viene. Si los republicanos pierden en noviembre, la explicación estará instalada antes de que se abran las urnas. La refactualización del pasado funciona como infraestructura del futuro. Con todo, ambos ejemplos comparten una técnica, y exponerla es urgente.El punto de partida es contraintuitivo: no se opera sobre hechos oscuros, sino sobre los que todo el mundo vio. Los vídeos del asalto y los siete millones de votos de diferencia son eventos hipervisibles y documentados hasta la saciedad, pero la mentira organizada no precisa oscuridad, sino luz, y cuanta más mejor, pues lo que hace no es ocultar sino renombrar: los asaltantes son patriotas y las elecciones un robo. La operación no es “eso no ocurrió” sino “lo que ocurrió significa lo contrario de lo que creíais”. Es más ambiciosa que la negación porque no pide olvidar, sino recordar de otro modo, una inversión semántica que no necesita argumentarse porque se produce mediante un acto de poder. El indulto a los asaltantes del Capitolio no fue un argumento sobre los hechos, sino un ritual que produjo una realidad jurídica con ropaje moral: convictos vueltos patriotas. En su discurso del jueves, Trump no necesitó argumentar que le robaron las elecciones: presentó documentos “desclasificados” desde el atril presidencial, con el sello de la Casa Blanca y el formato solemne del discurso a la nación. El problema es que, cuando se miente sobre un hecho, podemos sacar los datos y demostrar que es mentira, pero cuando alguien monta una ceremonia, lo que hace es producir una experiencia. Y una experiencia no se desmiente con datos porque no funciona así: funciona por emoción, por imagen, por pertenencia, y por el recurso a la saturación como opacidad. Los documentos censurados, las siglas de la CIA y el FBI, las cifras alarmantes no sirven para demostrar nada, sino para crear un efecto atmosférico, la sensación de que algo gordo se está tapando. Si alguien los lee, descubrirá que no prueban lo que Trump afirma, pero lo importante no es eso, sino la apariencia de revelación, sembrar la sospecha, que lo hipervisible deje de serlo.Pero lo que debería alarmarnos no es la técnica, sino hacia dónde está madurando. El indulto todavía necesitaba una puesta en escena. Ahora ya no hay liturgia, sino un Grupo de Trabajo de la Casa Blanca, documentos de apariencia oficial y una reforma electoral en el Congreso. La ficción se burocratiza, y cuando esto ocurre, deja de necesitar a Trump: se perpetúa sola. ¿Estamos ante el umbral que separa la mentira política del montaje totalitario? Las principales cadenas estadounidenses se negaron a emitir el discurso en directo. Hicieron bien y, al mismo tiempo, confirmaron exactamente el relato que Trump necesita: las élites mediáticas ocultan la verdad al pueblo. Si emiten, prestan su infraestructura a la mentira; si no, alimentan la conspiración. No hay salida limpia, pero hay una posible: entender la técnica, porque, aunque suene modesto, el mayor acto de resistencia es tan sencillo como no parar de señalar lo que el poder hace mientras simula hacer otra cosa.