Por Christopher Domínguez Michael / Miembro de El Colegio Nacional*

Ensayos reunidos, 1983-2012

(Fragmento)

En su vieja History of Criticism (1900-1904), que ya no se lee, George Saintsbury (1845-1933), tras ponderar la Biographia literaria (1817) y asumir sus digresiones y torpezas, concluye que su autor, el poeta Samuel Taylor Coleridge, debe figurar entre los tres grandes críticos de todos los tiempos, al lado, solamente, de Aristóteles y Longino. Saintsbury compara a Coleridge con medio mundo: a su lado, dice, Dante nos dijo poco sobre la poesía, mientras que John Dryden, Bernard le Bovier de Fontenelle y J. W. Goethe fueron, en su grandeza, ignorantes, caprichosos y pedantes. Tampoco le llegan a Coleridge ni el gran G. E. Lessing, poco universal, ni William Hazlitt (quien no deja ser un discípulo parroquial de Coleridge) ni Sainte-Beuve (a quien le falta teoría y seleccionó muy mal sus entusiasmos) ni Matthew Arnold, quien heredó de Fontenelle sólo sus defectos.

Medio siglo después, en su Historia de la crítica moderna (1750-1950) (1955), René Wellek afirmaba que la reputación de Coleridge como poeta y filósofo era entonces más grande que nunca e intentaba tasarla a la baja. Evidenciados una y otra vez los plagios de Coleridge, quien se sirvió, en la Biographia literaria, de párrafos enteros e interminables de Immanuel Kant y de Friedrich Schelling, Wellek, tras estimar de “estricta honestidad no atribuir a Coleridge ideas bebidas o transcritas literalmente de otros”, daba su veredicto. A la Biographia literaria hay que restarle, por completo, no sólo el celebérrimo contrapunto entre la fantasía y la imaginación, sino todo el capítulo sobre el asociacionismo (hurtado de un oscuro tratadista) y los contrastes entre genio y talento, símbolo y alegoría, lo orgánico y lo mecánico, lo clásico y lo moderno, lo escultórico y lo pintoresco, desarrollados estos últimos por los hermanos August y Friedrich Schlegel.