"Existen dos tipos de escritores. Los que filtran la literatura a trav�s de su mente, de la reflexi�n o del pensamiento, y los que la filtran a trav�s de su cuerpo, de las vivencias. Yo pertenezco a la segunda categor�a. Por eso la historia de esta enfermedad es la historia de mi memoria". Velibor Colic (Modrica, Bosnia y Herzegovina, 1964) no tarda demasiado en explicar la llave de su nuevo libro, Guerra y lluvia (Perif�rica), una novela que comienza narrando c�mo afecta al protagonista una extra�a enfermedad autoinmune y acaba descendiendo hasta las trincheras de la guerra de los Balcanes, all� donde un joven de 28 a�os descubri� que la literatura no siempre basta para domesticar el pasado.Diagnosticado desde hace unos a�os de pemphigus vulgaris, esa extra�a enfermedad que afecta a las gl�ndulas lacrimales y se manifiesta a trav�s de unas ampollas monstruosas que aparecen por toda la piel, el escritor la utiliza como met�fora de las huellas de vivir un conflicto como aquel. Durante mucho tiempo, dice, crey� que escribir le permitir�a poner distancia con aquella experiencia, convertir el horror en memoria y la memoria en relato. "Pero el cuerpo tiene sus propias leyes. Cuando sali� el libro, un periodista belga [Colic vive desde 2020 en Bruselas tras a�os en Francia] me coment� que mi enfermedad hab�a convertido mi cara, mi piel, en un rostro bombardeado. Durante varias d�cadas sobreestim� la literatura. Pensaba que, al escribir, podr�a adaptar la guerra a mi propia perspectiva, podr�a domesticarla. Pero no fue as�. La literatura puede hacer muchas cosas, pero no curar un cuerpo herido".No es la primera vez que Colic vuelve sobre aquellos meses de 1992 en los que dej� de ser un joven yugoslavo que so�aba con escribir para convertirse en soldado, despu�s en desertor y finalmente en refugiado. Su obra, desde Manual de exilio hasta Los bosnios, pasando por Sarajevo omnibus o Jes�s y Tito; ha ido levantando una geograf�a moral habitada por refugiados, desertores, m�sicos, alcoh�licos y supervivientes que intentan recomponer una vida rota lejos de casa. Pero esta novela introduce un matiz decisivo, la capacidad de la literatura para conservar una memoria que de otro modo acabar�a desapareciendo. "Mis novelas son la prueba de que una guerra nunca termina", sentencia.Para saber m�sHabla despacio, con esa mezcla de iron�a balc�nica y gravedad que atraviesa todos sus libros y sonr�e con frecuencia, pero ninguna de sus bromas busca aliviar el peso de lo que cuenta, m�s bien al contrario. Resulta tentador leer la novela como un ajuste de cuentas con la guerra de Bosnia. En realidad, Colic lleva d�cadas escribiendo contra algo mucho m�s amplio: contra la �pica de las victorias, contra las narraciones nacionales, contra la tentaci�n de convertir el sufrimiento en una medalla. Si toda su literatura tiene un protagonista reconocible no es el h�roe, sino el derrotado. "Desde siempre se ha sabido que el vencedor escribe la Historia", dice casi como quien recita un proverbio aprendido hace mucho tiempo, "pero es el vencido quien escribe la literatura".No es una frase ingeniosa, es toda una declaraci�n est�tica, moral y po�tica. Por eso en sus libros apenas hay grandes batallas, movimientos militares o estrategias pol�ticas, lo que aparece son hombres escondidos en una trinchera intentando sobrevivir un d�a m�s, personas corrientes que descubren hasta qu� punto el ser humano puede acostumbrarse a lo insoportable. "Tras mucho reflexionar he descubierto que si perdemos la paz, inevitablemente tendremos guerra; pero si perdemos la guerra, no siempre tendremos paz". Habla de la antigua Yugoslavia, aunque la idea parece extenderse a cualquier conflicto contempor�neo. "Es curioso pensar c�mo a d�a de hoy, cinco o seis ej�rcitos ganaron aquella guerra y nadie perdi�. Si viajas hoy por los Balcanes, todos vencieron. Ah� reside el gran problema de esa regi�n", lamenta."Es cierto que un libro no puede detener una guerra, pero tambi�n que la guerra no puede destruir la poes�a"La experiencia del derrotado, insiste el escritor, apenas encuentra espacio en los relatos oficiales. "Lo que cuento, porque lo he vivido, es c�mo los vencedores se preocupan por las grandes batallas y la gloria, mientras que los vencidos se preocupan por su propio trasero. Si quieres aprender algo de una guerra, escucha siempre a los vencidos". Despu�s guarda unos segundos de silencio y remata la idea con una frase que resume toda su trayectoria. "Lo que descubr� muy pronto es que es mejor ser un desertor que un cad�ver".Desertar, rememora una vez m�s, le permiti� aprender una lengua nueva, escribir una decena de libros y reconstruir una existencia que la guerra hab�a hecho a�icos. Sin embargo un cad�ver, como el de mi hermano, que muri� en esos a�os", recuerda, "recibe, como mucho una bandera sobre el ata�d durante unos minutos y despu�s llega siempre el olvido. Un pa�s que mata a su juventud no merece existir".Velibor Colic el a�o pasado en Par�s.FRANCESCA MANTOVANIComo resulta obvio, en los libros de Colic, no hay hero�smo b�lico ni sentimentalismo, pero, aunque no lo parezca lo que s� hay es much�simo humor. No se trata, argumenta, de un recurso para rebajar la tragedia, sino de una manera de hacerla todav�a m�s visible y cotidiana. "Tengo que decir que yo ya era gracioso antes de la guerra", dice entre risas. "Me gusta defender la idea de que la comedia es anterior a la tragedia. Los seres humanos, desde la Grecia Cl�sica, tenemos dos cabezas, tragedia y comedia, y convivimos con ambas�. El escritor recuerda que incluso en las trincheras hab�a situaciones que provocaban una carcajada involuntaria. "Es cierto que la guerra potencia el sentido del absurdo, lo rid�culo. Sin embargo, ese punto gracioso no descarta el infierno. Y desde luego est� la muerte que, por encima de todo, sigue siendo muerte"."Incluso en una guerra se ve que la comedia siempre existi� antes que la tragedia. Sin embargo, ese punto gracioso no descarta el infierno ni la muerte que, por encima de todo, sigue siendo muerte"Esa convivencia entre horror y comicidad emparenta su literatura con la gran tradici�n centroeuropea, desde Ha�ek hasta Kundera, pasando, claro, por Kafka; autores para los que el absurdo no es un accidente de la Historia, sino una de sus formas m�s profundas de funcionamiento. Colic lo explica recordando la reacci�n de un periodista franc�s que ley� Guerra y lluvia. "Me dijo que era una experiencia completamente nueva. En un momento del libro estaba espeluznado y unas l�neas despu�s se re�a a carcajadas. Eso, creo, define bastante bien la condici�n humana y por eso debe reflejarse en la literatura", defiende.La paradoja es que, pese a dedicar buena parte de su obra a demostrar que una guerra nunca termina, Colic no cree que la literatura tenga el poder de detenerla, pues si algo le ha ense�ado la experiencia es que ning�n libro sirve para frenar una bala. "A menos que el libro sea muy grande", bromea inmediatamente despu�s. "Es cierto eso de que la literatura no puede detener la guerra, pero tambi�n es verdad que la guerra tampoco puede detener la poes�a".No es una contradicci�n, sino una forma de entender una arte que "es a la vez nada y todo. No cambia el curso de la Historia, no impide las matanzas ni devuelve la vida a los muertos, pero conserva una memoria que de otro modo desaparecer�a para siempre. En los Balcanes tenemos un proverbio que dice que el sabio toma nota de la guerra y el necio la memoriza", apunta aludiendo al aprendizaje y al rencor. Y Colic eligi� escribirla, no para convertirla en monumento ni para extraer de ella una lecci�n moral, sino porque las palabras, por fr�giles que sean, resisten m�s que el silencio. "Si no quedan escritas, mueren todav�a m�s deprisa".Quiz� por eso toda su obra est� atravesada por la derrota, nunca por la victoria. "Hasta mi �ltimo aliento hablar� de los derrotados", asegura, "porque al final comprend� que nunca alcanzar�a la inmortalidad, as� que me conform� con convertirme en un superviviente". La frase resume una trayectoria marcada por un exilio que nunca presenta �nicamente como una tragedia, tambi�n como una oportunidad inesperada para empezar otra vida. "El exilio puede ser una segunda oportunidad. No se trata s�lo de derrota y tristeza". Y sonr�e al recordar una de esas peque�as conquistas que para cualquiera resultar�an insignificantes y para �l acabaron convirti�ndose en una victoria �ntima. "Nunca olvidar� el d�a en que termin� de leer El extranjero, de Camus, en franc�s. Cerr� el libro y pens�: ‘Acabas de leer tu novela favorita en su idioma original’. Fue un momento extraordinario"."Hasta mi �ltimo aliento hablar� de los derrotados. Un pa�s que mata a su juventud no merece existir"En ese sentido, el pasado no es para �l nostalgia. Cuando piensa qu� le dir�a hoy a aquel joven de 28 a�os que combat�a en Bosnia, Colic no habla de trincheras ni de miedo. Habla de libros y se r�e al recordar que de joven estaba convencido de que todos los grandes escritores deb�an de ser alcoh�licos. "Bueno, no todos", matiza, "s�lo los mejores". Pero enseguida abandona la broma. "Pienso mucho en aquel joven Velibor y le doy las gracias a la literatura por haberme salvado la vida y por haberme regalado cosas maravillosas".Y recuerda dos viajes, uno a R�o de Janeiro, donde acab� llorando al contemplar el estadio de Maracan� porque comprendi� que aquel ni�o yugoslavo, pobre y fascinado por el f�tbol y las novelas de aventuras, hab�a llegado hasta all� �nicamente gracias a los libros. El otro, mucho m�s reciente, a la bah�a de Bengala, escenario de tantas lecturas infantiles. "Llor� exactamente igual. No era el escritor quien lloraba, era aquel ni�o pobre que imaginaba esos lugares mientras le�a. No fue el dinero lo que me llev� hasta all�, fue la literatura".Quiz� ah� resida la victoria que realmente le interesa. No la de los ej�rcitos, las banderas o los relatos nacionales, sino la de una literatura que no puede detener una bala ni curar un cuerpo herido, pero que a veces consigue salvar una vida. Colic recuerda el instante en que desert� y ech� a correr para escapar de la guerra como quien habla de una escena suspendida en el tiempo. "Sent� c�mo las manos ben�volas de la lluvia me acompa�aban. En m� pa�s se dice que un �ngel se esconde en cada gota de lluvia. Yo doy las gracias a esos diez mil �ngeles que me ayudaron a sobrevivir y justo despu�s me convert� en laico y ateo", remacha siempre bromista.Ahora, treinta a�os despu�s, sigue escribiendo desde el mismo lugar. No para ajustar cuentas con el pasado ni para buscar una imposible redenci�n, sino para seguir demostrando que, mientras los vencedores escriben la Historia, siempre habr� alg�n derrotado dispuesto a escribir la literatura.