Su desaparición hizo más grande su leyenda. Fue una aviadora que nunca entró en declive, a diferencia del piloto Charles Lindbergh, devorado por su deriva ultraderechista, o el actor James Dean, convertido en mito por morir joven con solo tres películas rodadas. Amelia Earhart construyó su mito y aprovechó bien su éxito en vida.Este mes se cumple un nuevo aniversario de su desaparición sobre el Pacífico, el 2 de julio de 1937, cuando intentaba convertirse en la primera mujer en dar la vuelta al mundo como piloto. El ejército estadounidense montó la mayor búsqueda de un avión perdido hasta entonces: un operativo de 16 días, nueve buques, 66 aeronaves y casi 4.000 efectivos, sin encontrar nada. George Putnam, su marido y editor, siguió costeándola de su bolsillo hasta octubre, y no fue hasta 1939 cuando un tribunal de Los Ángeles la declaró legalmente fallecida.Diseñó ropa y maletas que aún se vendían en los años noventa y que ahora son piezas de colecciónDesde entonces, su historia vive instalada en el misterio: teorías de espionaje, de islas desiertas donde pudo sobrevivir o de mensajes de radio fantasma en los que aparentemente se escuchaba su voz. Son teorías más o menos descabelladas, aunque reducir su vida a ese enigma es quedarse con la parte menos interesante.Earhart no fue solo una aviadora de récords: fue una verdadera influencer mucho antes de que existiera la palabra, con un instinto comercial que hoy reconoceríamos de inmediato. Amelia no llegó a la aviación por vocación temprana: de joven fue enfermera voluntaria en Toronto, estudiante de premedicina en Columbia y trabajadora social en Boston. El interés por volar le llegó casi por casualidad, primero como pasajera en 1920 y luego como alumna de la instructora Neta Snook. Esa trayectoria errática forjó a una persona que se reinventó varias veces hasta ser piloto.Su salto a la fama fue un golpe de suerte bien aprovechado: en 1928 le preguntaron si quería ser la primera mujer en cruzar el Atlántico en avión, aunque fuera como pasajera, sin tocar los mandos. Aceptó, y esa acumulación de “primeras veces” (el Atlántico en 1928, ya en solitario en 1932, el Pacífico en 1935 y, después, ser la primera aviadora en pilotar un autogiro) fueron la materia prima de su marca personal.Amelia EarhartREDACCIÓN / Otras FuentesAmelia entendió pronto que su imagen, la de una mujer sin más límites que los técnicos, era un activo. Diseñó su propia línea de ropa femenina “funcional” y ella misma modeló sus diseños en las campañas. En 1934 abrió su propia casa de moda dentro de los grandes almacenes Macy’s; funcionó bien al principio, aunque cerró antes de acabar el año, prueba de que su ambición de diversificar más allá del avión tuvo altos y bajos. También lanzó una línea de maletas de contrachapado que se vendió hasta los noventa y que hoy son piezas de coleccionista.Escribió libros sobre sus vuelos, dio conferencias, colaboró con Cosmopolitan y fue profesora invitada en Purdue, donde asesoraba a estudiantes. Ese campus le costeó luego el bimotor Lockheed Electra con el que emprendería su vuelta al mundo.Su desaparición, a los 40 años de edad, es aún un misterioLa aviadora no fue una piloto que además vendía cosas, sino una mujer que construyó una marca personal alrededor de un mensaje muy concreto: ‘nada es imposible’ en un sector prácticamente masculino. Ese mensaje no se quedó en lo simbólico. Earhart hizo campaña por la libertad sexual y reproductiva, apoyó la presencia de mujeres en política y en los negocios, y en 1929 fundó las Ninety-Nines, la primera organización de mujeres piloto, de la que fue primera presidenta.Amelia Earhart, en la portada de La Vanguardia del 9 de julio de 1937REDACCIÓN / Otras FuentesHay una diferencia con los dos mitos masculinos con los que se la suele comparar. Lindbergh acabó más asociado a su cercanía con el ‘America First’ y la Alemania nazi que a la hazaña de su vuelo transatlántico en solitario de 1927: su leyenda se oxidó en vida. James Dean es el mito construido al revés: murió a los 24 años, con solo tres películas. Su leyenda existe porque el tiempo nunca la desgastó, aunque morir joven también la redujo: nunca sabremos qué habría hecho con treinta años más.Earhart no encaja en ninguno de los dos moldes: no vivió lo suficiente para que su legado se deteriorara, como Lindbergh, pero tampoco desapareció como una promesa incompleta, como Dean. Cuando se perdió sobre el Pacífico, en su segundo y definitivo intento de vuelta al mundo ya era una figura hecha: récords, negocio, activismo y un discurso propio consolidado durante casi una década. Su último tramo fue de thriller: había completado ya 22.000 millas de vuelo, con su navegante Fred Noonan, cuando, tras despegar de Nueva Guinea rumbo a la diminuta isla Howland, el mal tiempo y los problemas de radio le hicieron perder el contacto con Itasca, el último barco con el que habló el 2 de julio de 1937. Casi noventa años después, sigue el misterio y algunos todavía buscan pistas del avión de la primera mujer que entendió que la fama, bien administrada, podía ser herramienta ­de cambio.