Cómo empezar a escribir una vez más si hace cuatro años en Qatar pensamos que Leo Messi, embolsado al fin su Mundial, lo enviaría todo a la concha de su madre para recluirse y descansar con su amada familia. Aquí estamos todos de nuevo, incluido él, en otra final a los 39 años de edad, agotando el vocabulario de los periodistas, que nos repetimos más que el ajo tratando de ser originales sin conseguirlo. Si solo fuera que sigue jugando... La cuestión no es esa. Las palabras serían otras si hubiese fracasado, si se arrastrara como corresponde a su fecha de nacimiento. Cómo se afilarían entonces las plumas y las voces, siempre más ingeniosas para la crítica que para el elogio. Pero no. Ocho goles y cuatro pases de gol firmados en siete partidos. Otra vez el mejor, GOAT, la cabra. ¿De dónde sale este tipo? ¿Por qué sigue jugando? Por dinero no es. Ya lo tiene para comprarse Rosario y Castelldefels enteros. Será porque se lo pasa bien.Le conocí a los 16 años, cuando el Barcelona, con buen criterio, no dejaba hacer entrevistas a los menores de edad si no formaban parte del primer equipo. Pero me dejaron charlar con él. Era tímido, se ayudaba de un largo flequillo para camuflar su vergüenza. Comía y dormía con desorden adolescente pero jugaba al fútbol como un demonio. Ya llegarían las dietas y el pescado. Entonces su mentor era Ronaldinho.Había llegado al Barça con 13 años como arrancado de su vida anterior. Barrio, familia, amigos... Todos un paso atrás de golpe menos papá Jorge. El de Barcelona fue su primer vuelo en avión. De él se decían cosas legendarias ya antes de empezar. Se demostraron ciertas. Que llegó midiendo 1,40m, que en Argentina no hubo club que le costeara un tratamiento para crecer (estuvo años inyectándose a sí mismo a diario para despertar la hormona del crecimiento), que corrían vídeos en los que regateaba a diestro y siniestro con cinco años, que su abuela Celia le llevaba de la mano al parque y le susurraba que un día sería el mejor futbolista del mundo, que el nieto le dedicaría todos los goles mirando al cielo porque la abuela murió demasiado pronto, que su primer contrato se firmó en una servilleta...El guion parecía escrito en Qatar, había ganado el Mundial y la lógica pedía retiradaEntre todo aquello y el hoy de Nueva York toda la historia se sabe. Goles y jugadas inverosímiles cada semana entregadas en sesión doble como si una fuerza interior irresistible le impulsara a hacerlas. Casi siempre con el Barça, club al que repite que ama una y otra vez pese a saberse utilizado por quienes le echaron. Quizás porque sabe que en el fondo el club pertenece a la gente y la gente le adora. Ya se reencontrarán.Para saber qué significa Messi como futbolista hay que descartar las descripciones que sirven para la mayoría de los demás. ‘No marca muchos goles pero arrastra defensores’; ‘va bien al espacio’; ‘borda el juego de posición’... No hay eufemismos para el fútbol de Messi porque todo en él se aprovecha. Su regate es variado pero conciso, se trata de engañar al rival con el recurso que demanda cada jugada sin recurrir al adorno. Seco o prolongado, suave o explosivo, raso o picado, de derechas o de izquierdas, por debajo de las piernas... El gran mérito es el minimalismo con el que ejecuta lo que se propone. Marca goles como el panadero hace panes. Es su oficio, así que no le entraña mayor dificultad. El problema lo tienen los otros panaderos. Todos.En la selección argentina su peso es de una enormidad aplastante. Lo es todo para el equipo y para el país, convertido en una divinidad para una afición con tendencia al paroxismo, él que es tan poco dado a la actuación y un tanto inexpresivo, como si ejerciera de consciente dique de contención para ajustar la imagen que proyectan sus paisanos (admitámoslo, estamos saturados del Muchachos, de la épica como método para sobrevivir, de las Malvinas y de seguidores vendiendo muebles, coches y dientes de oro para pagarse viaje y entrada, solo Leo nos devuelve la calma).En Argentina su peso es de una enormidad aplastante. Lo es todo para el equipo y también para el paísMessi suma un último mérito. Sus compañeros matan por él y llevan años contagiados por su cercanía. Cada vez son mejores y tienen el don de buscarle y encontrarle. Cuti Romero, Paredes, Enzo, Lautaro, Julián... Son grandes futbolistas bajo el gran paraguas.Hoy esos soldados pisarán el césped por detrás del capitán, avanzando como a cámara lenta, con la mirada desafiante del que se siente parte de una banda peligrosa a las órdenes de un solo jefe. Luego el balón llegará a sus pies. Y en un momento, todo se acelerará.Redactor Jefe de Deportes de La Vanguardia. Antes subdirector de Mundo Deportivo. Colaborador habitual en medios como RAC1, Esport3 (TV3) y Catalunya Ràdio. Autor del libro 'Jugada personal'.