Habían pasado 15 minutos del inicio del partido Argentina-Argelia en Kansas City y la voz se escuchó desde algún rincón lejano de la hermética sala de prensa del Arrowhead Stadium, después de que Lionel Andrés Messi perdiera la tercera pelota consecutiva. "Se nota que ya no le alcanza desde lo físico", le dijo un periodista a otro en una charla que nació para ser íntima. Y la sensación parecía ser inequívoca. Por eso, ninguno de los presentes intentó siquiera mirarlo con disgusto o rabia. Pero Leo ya había demostrado que con él no se puede ser determinante. Unos segundos después, el rosarino recibió entre líneas de Rodrigo De Paul, enfiló para el arco a pura aceleración y la colgó del ángulo. Fue un cachetazo al atrevimiento del periodista y al silencio de los restantes. También, una señal de lo que vendría: un Mundial jugado al máximo nivel. Y su máximo nivel es el del mejor jugador de la historia.Fue artístico e itinerante lo que hizo Messi en el Mundial. En Kansas, en Dallas, en Miami, en Atlanta y un poco menos en la final de Nueva Jersey, cuando las piernas ya no le daban más. "Venimos a ver a Messi", decían argentinos y extranjeros que llegaban para los partidos de la Scaloneta. También sucedía una peculiaridad que se contó en las páginas de Clarín: en todos los partidos del Mundial, jugase quien jugase y en cualquier ciudad o país, se divisaba al menos una camiseta de la Pulga. De Argentina, de Barcelona, de Inter Miami y hasta de París Saint Germain. Incluso algunos brasileños iban a ver al elenco de Neymar vestidos con la camiseta del rosarino.A Messi le costó el Mundial desde lo físico, hay que decirlo. La rompió, sí, aunque tuvo que dejar la piel. Encima, jugó atravesado por las malas noticias que llegaban desde Rosario por la salud de su papá Jorge. Por eso, el notable rendimiento de Leo debe ser todavía más valorado. No se trata solamente de lo que hizo con la pelota. Se trata también de todo lo que cargó mientras lo hacía. Con otra camiseta no lo hubiese intentado.A Messi no le costó el Mundial desde lo futbolístico porque el fútbol le sobra. Parado, pensando y ejecutando con su zurda mágica, podría jugar hasta los 50 años. Pero Argentina pide piel además de fútbol y tal vez por eso este adiós que nadie quiere. Porque Messi entendió siempre que jugar para la Selección no era solamente jugar bien. Había que poner el cuerpo. Había que bancarse los golpes. Había que seguir cuando ya no quedaban piernas.Y fue emocionante ver a Messi en la Copa del Mundo. Es posible que la semifinal contra Inglaterra en Atlanta haya sido el partido de Argentina con más llantos de la historia. Hasta se podría sospechar que a algún inglés se le escapó una lágrima de admiración. Perdía la Scaloneta, se sabe. En las pantallas gigantes del Mercedes-Benz Stadium se lo mostraba a la Pulga (ese imán imposible de obviar) con la cara desfigurada, revoleándose el pelo para atrás con violencia, cerrando los ojos y estirando los labios para mostrar los dientes. El hombre de 39 años estaba cansado. Pero no vencido: le quedaba algo más a su cabeza superdotada. Se recostó sobre la derecha, lejos de las piernas atléticas de los europeos, y desde ahí diagramó la remontada. El pase a Enzo Fernández y el centro a Lautaro Martínez. Fuimos igual o más felices que en la final ante Francia de Qatar. No quedó un argentino sin llorar en Atlanta. Y en Argentina. Y en varios lugares del planeta.Si el Messi del Mundial fue el mejor de todos es materia de debate. Son demasiados años a altísimo nivel. Pero el Messi del Mundial fue el más argentino de todos. ¿Dónde estarán escondidos los que lo tildaban de antipatria por no cantar el himno? Leo jugó con los pies y la cabeza como siempre, y le sumó una cuota extra de corazón. La peleó -un verbo del que saben hasta el hartazgo sus compatriotas- soportando el dolor de la noticia de su padre, que sabía podía llegar en cualquier momento. Leo no tenía necesidad de luchar tanto porque ya lo había ganado todo. Lo normal hubiese sido dar un respetuoso paso al costado. Pero fue escudo del escudo que siempre amó. Del país que jamás se le fue de la sangre. De la patria de la que nunca se terminó de ir.Quizás por eso este Mundial no sea recordado solamente por los goles, las asistencias o las gambetas. Será recordado por haber visto a Messi hacer algo que, a esta altura de su carrera, ya no tenía obligación de hacer: volver a ponerse la camiseta argentina como si fuera la primera vez. Con 39 años, con el cuerpo al límite y con una vida entera de fútbol detrás, volvió a elegirla. Y volvió a jugarla como siempre: hasta el último esfuerzo. Porque hay futbolistas que representan a un país. Y hay otros que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en parte de su historia. Como Lionel Andrés Messi, esa leyenda pintada de celeste y blanco.