Mientras media España descubre estos días a Pedro Porro gracias al Mundial, en Don Benito llevan años viendo en él algo más que a un futbolista de élite: el chico que nunca ha dejado de volver a casa. Su historia es la de un nieto criado por sus abuelos que todavía hoy presume de llevar a Extremadura allí donde juega, ya sea en Londres o con la camiseta de España en la final. No es el único. Desde hace unos años, una generación ha conquistado nuestro país con una fuerza arrolladora —una especie de 'Extremadura power'— que reivindica la vuelta a las raíces sin pedir permiso. Si hace unos años muchos artistas y deportistas optaban por diluir sus orígenes para adaptarse a un relato más universal, una nueva generación ha decidido hacer exactamente lo contrario. Frente al viejo complejo de pertenecer a una comunidad históricamente asociada a la despoblación, la falta de oportunidades o las malas conexiones, figuras como Pedro Porro, Carolina Yuste o el fenómeno musical de Sanguijuelas del Guadiana reivindican sus raíces como parte esencial de su identidad. Incluso antes que ellos, Robe Iniesta ya convirtió Extremadura en materia prima para escribir algunas de las letras más influyentes del rock español. Han conseguido que toda España mire hacia una tierra que durante demasiado tiempo permaneció en un discreto segundo plano y que es un auténtico paraíso. El delantero de la Roja es uno de los mejores ejemplos de ese cambio de paradigma. Nacido en Don Benito en 1999, comenzó a jugar al fútbol en el club de su localidad antes de iniciar un recorrido que le llevaría al Girona, al Sporting de Portugal y al Tottenham. Sin embargo, el éxito nunca ha alterado su discurso. Cada vez que habla de su pueblo, lo hace con orgullo y entendiendo que sus raíces forman parte inseparable de su carrera. Pedro Porro y el resto de la selección celebran la victoria. (Reuters) En más de una ocasión ha explicado que regresar supone desconectar del ritmo frenético del fútbol profesional, reencontrarse con su familia y recargar energías. También ha aprovechado su visibilidad para denunciar una realidad que conocen bien miles de extremeños: las dificultades para llegar hasta la región. Desde Inglaterra, ha lamentado que volver a casa implique enlazar vuelos, recorrer cientos de kilómetros por carretera o depender de unas infraestructuras que, a su juicio, siguen dejando a Extremadura en desventaja respecto a otros territorios. Ese mismo sentimiento atraviesa también la trayectoria de Carolina Yuste. La actriz pacense ha construido una de las carreras más sólidas del cine español, coronada con su segundo Goya, pero nunca ha renunciado a reivindicar el lugar del que procede. Al contrario. Si Madrid representa el espacio donde ha desarrollado su profesión, Badajoz continúa siendo el lugar al que asocia la calma, la familia y una forma distinta de entender el tiempo. En varias entrevistas ha hablado de esa sensación contradictoria que acompaña a tantos jóvenes que abandonan su tierra para perseguir una oportunidad profesional. La satisfacción de haber cumplido sus objetivos convive con la nostalgia de perderse la vida cotidiana junto a los suyos. Cuando regresa, contaba en Cadena Ser, intenta absorber cada instante porque sabe que ese equilibrio entre dos mundos nunca termina de resolverse. Carolina Yuste, durante la presentación de 'Este cuerpo mío. (Europa Press) Ese compromiso con sus raíces ha sido reconocido también por su propia comunidad. Yuste recibió la Medalla de Extremadura, la máxima distinción institucional de la región, y forma parte de la Academia de Cine de Extremadura. Mucho antes de que esa reivindicación se pusiera de moda, Robe Iniesta ya había convertido Extremadura en protagonista de sus canciones. El fundador de Extremoduro escribió algunas de las letras más descarnadas sobre las dificultades de crecer en una tierra donde las oportunidades parecían siempre encontrarse en otra parte. En 'Extremaydura', por ejemplo, retrató con ironía y rabia la falta de perspectivas laborales, la emigración y el sentimiento de abandono que marcó durante décadas a buena parte de la región. Pero su relación con Plasencia nunca se limitó a la crítica. La ciudad acabó haciendo suyo al músico hasta el punto de convertirlo en uno de sus mayores símbolos contemporáneos. Allí se aprobó por unanimidad su nombramiento como hijo predilecto, se bautizó una avenida con su nombre y se impulsaron distintos homenajes tras su muerte que reflejan el enorme vínculo entre el artista y su localidad. Para muchos extremeños, Robe fue el primero que consiguió transformar una identidad que hasta entonces se asociaba a la resignación en un motivo de orgullo cultural. Sanguijuelas del Guadiana, en una foto de archivo. (Europa Press) Ese testigo parece recogerlo ahora Sanguijuelas del Guadiana. El grupo formado por Carlos Canelada, Juan Grande y Víctor Arroba, tres jóvenes de Casas de Don Pedro, ha conseguido convertirse en una de las revelaciones musicales del momento sin renunciar al universo del que proceden. Sus canciones hablan de pueblos pequeños, de marcharse para estudiar, de volver a casa, de la despoblación y de una juventud que convive con el móvil, el autotune y las tradiciones heredadas de sus abuelos. Resulta significativo que, cuando tuvieron la oportunidad de instalarse en Madrid, decidieran regresar a Extremadura para desarrollar allí su proyecto musical. Frente a la idea de que el éxito solo puede construirse desde las grandes ciudades, ellos defienden justamente lo contrario. Vivir en un pueblo también permite crear, pensar y trabajar con una perspectiva distinta. De hecho, sostienen que esa vuelta a casa ha sido una de las claves del crecimiento del grupo. Su discurso conecta con un cambio de mentalidad que empieza a percibirse entre muchos jóvenes creadores. Ellos mismos reconocen que durante años parecía existir cierta vergüenza a la hora de decir que uno era de un pueblo o, más aún, de Extremadura. Ahora, en cambio, consideran que el público busca precisamente relatos auténticos, construidos desde experiencias reales y alejados de cualquier artificio. Mientras media España descubre estos días a Pedro Porro gracias al Mundial, en Don Benito llevan años viendo en él algo más que a un futbolista de élite: el chico que nunca ha dejado de volver a casa. Su historia es la de un nieto criado por sus abuelos que todavía hoy presume de llevar a Extremadura allí donde juega, ya sea en Londres o con la camiseta de España en la final. No es el único. Desde hace unos años, una generación ha conquistado nuestro país con una fuerza arrolladora —una especie de 'Extremadura power'— que reivindica la vuelta a las raíces sin pedir permiso.
De Pedro Porro a Carolina Yuste o Sanguijuelas del Guadiana: el 'Extremadura power' que conquista España con una generación que no pide permiso
Futbolistas, actores y músicos han convertido sus orígenes en una seña de identidad y están cambiando la imagen de una comunidad que durante años quedó al margen del foco mediático














