Una de las recetas que más ha repetido OpenAI desde que puso en circulación ChatGPT es lo que los anglosajones llaman hype. En una traducción gruesa al español, se podría hablar de hinchar el globo de expectativas. Son muchas las veces en las que el jefe de la startup ha exagerado sobre la tecnología que tenían entre manos. Al principio lo hacía con la cantidad de empleos que sus desarrollos y otros iban a destruir. Luego también vendió la idea de que la inteligencia artificial general, esa que supere a la humana, estaba a la vuelta de la esquina. Es cierto que ahora es algo que dicen Demis Hassabis o Dario Amodei, pero Sam Altman empezó demasiado pronto a hacerlo. Aquello fue interpretado como un intento de transmitir que sus productos estaban más adelantados de lo que realmente estaban. La lista de veces que ha recurrido a esto es considerable. Y en ella destaca la idea de un dispositivo que lleva nuestra relación con la IA a un punto más profundo. Una especie de iPhone de la IA que se convierta en la próxima gran interfaz para que millones y millones de personas se relacionen con la tecnología. Es una de las grandes apuestas de la compañía californiana. Para ello compró por 6.500 millones el estudio io, fundado por Jony Ive, el que fuera mano derecha de Steve Jobs y gran pope de diseño de Apple. Fue una persona fundamental para crear el teléfono más conocido del mundo. Ahora, curiosamente, Altman le ha encargado acabar con ese legado. El dispositivo de OpenAI está más cerca que nunca y a la vez su futuro es más incierto. La razón sería una presunta y surrealista trama de espionaje industrial por la que esta compañía habría accedido a secretos preciados de los de Cupertino y sus productos. El asunto lleva meses manejándose en un discreto plano. Pero todo saltó por los aires el pasado viernes cuando la compañía todavía dirigida por Tim Cook presentó una demanda ante los tribunales. Una demanda que puede dificultar y mucho el lanzamiento si la justicia accede a los deseos de la manzana. TE PUEDE INTERESAR La demanda ha coincidido en el tiempo con la primera gran filtración del primer producto creado por Ive y Altman. Una filtración que dibuja un aparato que busca romper radicalmente con esa idea de pantalla omnipresente que el propio Ive ayudó a generalizar. No esperes un smartphone al uso ni un clon del fallido Humane AI Pin, que pudimos probar en el Mobile World Congress. Lo que tienen entre manos es un dispositivo portátil de diseño minimalista, concebido para habitar el hogar de forma casi orgánica. Su gran baza diferencial, más allá de la obvia integración con GPT-Live para conversar sin retardo, es su capacidad para cobrar vida. El dispositivo cuenta con elementos mecánicos que rotan y se inclinan para seguirte con la mirada gracias a su cámara y sensores integrados, gesticulando físicamente para simular empatía y atención mientras te ayuda a gestionar el día a día. Sam Altman, CEO de OpenAI, junto a Demis Hassabis. (Reuters/Archivo) El concepto huye del clásico altavoz al que tienes que gritarle comandos desde la encimera de la cocina. Equipado con una batería recargable para que lo lleves contigo de habitación en habitación, la promesa sobre el papel es la proactividad. El aparato no espera a que le preguntes qué tienes que hacer, sino que se anticipa a tus necesidades analizando tus hábitos y cruzando en tiempo real la información de tu correo electrónico y tus mensajes. Es algo similar a las demos de Siri AI que pudimos ver en primera persona en la pasada WWDC. Es, en esencia, la evolución física del asistente personal definitivo, un ordenador sin pantalla que fía todo su éxito a que el usuario esté dispuesto a abrirle de par en par las puertas de su intimidad. Más allá de este gadget, que podría ser presentado en sociedad este mismo año y lanzado el que viene, se rumorea que ya vienen otros en camino. TE PUEDE INTERESAR La ambición de la factoría de Altman no se detiene en ese mayordomo robótico. El verdadero caballo de Troya para conquistar nuestro día a día apunta directamente a nuestros oídos con un proyecto bautizado internamente como Sweetpea. Se trata de unos auriculares inteligentes que ya asoman en los registros de patentes bajo el nombre de Dime y que aspiran a convertirse en el primer gran desembarco comercial de la firma en el terreno de los accesorios personales de consumo. Para darles vida y asegurar un procesamiento local inmediato, OpenAI planea equipar estos dispositivos con un procesador Exynos de última generación fabricado por Samsung en un proceso de dos nanómetros, buscando un rendimiento que deje obsoletos a los asistentes de voz tradicionales. Este despliegue de hardware es solo la punta del iceberg de una estrategia de chips mucho más profunda que tiene su núcleo en Titan. Bajo este nombre en clave, OpenAI colabora estrechamente con Broadcom para diseñar su propio procesador de inteligencia artificial con la intención de que TSMC lo fabrique con tecnología de tres nanómetros. Con este cerebro propio en el horizonte, la firma ya dibuja sobre el tablero un catálogo completo que incluye gafas inteligentes, grabadoras de voz de bolsillo y hasta un hipotético teléfono móvil de masas ensamblado por Luxshare. Es un órdago en toda regla que busca romper la dependencia de los gigantes actuales y que explica perfectamente por qué Apple ha decidido pasar a la ofensiva legal para frenar una maquinaria que amenaza con devorar su imperio desde dentro. El matrimonio que saltó por los aires Aquella tregua que iba a integrar ChatGPT en las entrañas de Siri y del iPhone se ha desmoronado por completo tras meses de tensión soterrada en los que OpenAI se sentía ninguneada por los de Cupertino. La respuesta de Tim Cook no ha sido diplomática, sino un torpedo legal que acusa a la startup de Sam Altman de ejecutar un saqueo sistemático y coordinado de su propiedad intelectual a todos los niveles para poner en marcha su propia división de hardware. "Están podridos hasta la médula". El documento detalla un entramado de espionaje industrial que parece sacado de un thriller corporativo de Silicon Valley. En el centro de la diana se encuentra Tang Tan, exvicepresidente de Apple y actual jefe de hardware en OpenAI, a quien la manzana acusa de capitanear esta operación de drenaje de talento y secretos. Según la denuncia, la firma de inteligencia artificial utilizaba las entrevistas de trabajo de ingenieros en activo de Apple para sonsacarles información crucial. Apple afirma que se animaba a los candidatos a presentarse a las oficinas cargando con componentes físicos, planos de diseño y prototipos confidenciales bajo el pretexto de realizar demostraciones técnicas en directo. Tim Cook, actual CEO de Apple, y John Ternus, su sustituto a partir de septiembre. (Reuters) Las acusaciones no se quedan en meras malas artes durante los procesos de selección. La demanda pone nombre y apellidos a casos individuales flagrantes como el de Chang Liu, un antiguo ingeniero de diseño sénior de Cupertino que presuntamente se marchó a las filas enemigas llevándose consigo un ordenador portátil corporativo repleto de secretos comerciales. Apple sostiene además que OpenAI instruía activamente a los trabajadores que decidían cambiar de bando sobre cómo eludir los rigurosos controles de seguridad de su antigua empresa para copiar y extraer gigabytes de información confidencial sin activar las alarmas internas de los servidores. El descaro de la operación llega a rozar lo absurdo cuando se analizan los procesos de producción industrial. Los de Cupertino denuncian que OpenAI ha estado presionando a su propia cadena de proveedores para que apliquen en sus nuevos dispositivos una sofisticada técnica de acabado metálico que fue diseñada y patentada en los laboratorios de Apple. Según la demanda judicial, los hombres de Altman hicieron creer a los fabricantes asiáticos que contaban con la autorización explícitamente concedida por Cupertino para utilizar este proceso de manufactura, intentando así replicar a coste cero el tacto y el refinamiento físico de los productos estrella de la manzana. TE PUEDE INTERESAR Con este arsenal de acusaciones sobre la mesa, la estrategia judicial va mucho más allá de buscar una compensación económica millonaria en un juicio con jurado. El verdadero objetivo es asfixiar el proyecto de hardware de su rival antes de que los dispositivos vean la luz en el calendario previsto entre 2026 y 2027. Los abogados de la manzana exigen medidas cautelares inmediatas que obliguen a OpenAI a destruir cualquier material de diseño sospechoso y a rediseñar desde cero toda la ingeniería de sus aparatos. Si la justicia federal atiende estas peticiones, el altavoz portátil y los auriculares inteligentes podrían quedar congelados indefinidamente en un limbo legal. Desde la otra trinchera, OpenAI se defiende negando tajantemente las acusaciones y asegurando que confía en la libre competencia para permitir que los ingenieros trabajen donde decidan. Sin embargo, en el fondo de esta contienda late la obsesión de Apple por no repetir el error histórico que cometió con el nacimiento de Android, cuando Steve Jobs demandó a Google demasiado tarde para frenar la revolución móvil. Esta vez los de Cupertino han decidido disparar primero, lanzando una ofensiva legal preventiva que busca arrojar arena en los engranajes de Altman para ganar el tiempo necesario y evitar que el próximo gran paradigma tecnológico nazca fuera de su control.