Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento, docente de Historia en el Colegio Nacional de Buenos Aires e investigador del Conicet, Federico Lorenz es quizá el académico que mejor ha investigado el legado que representa Malvinas en la memoria colectiva argentina. En más de dos décadas, y con algunos trabajos emblemáticos como Las guerras por Malvinas (2006), Fantasmas de Malvinas (2008) y Unas islas demasiado famosas (2013), Lorenz ha producido una obra muy fecunda sobre las islas, que combina ensayos académicos, crónicas y ficción histórica, hasta convertirse él mismo en uno de los autores más prolíficos sobre el tema. Su tesis central es que tras la guerra de 1982, Malvinas se convirtió en “un punto de identidad nacional que se torna muy difícil de problematizar”, porque se sostiene en consignas muy instaladas en el imaginario colectivo como “las Malvinas fueron, son y serán argentinas” o “Malvinas es un sentimiento que nos une”, que se constituyen en evidencia de la fuerza persistente del fenómeno en la cultura popular. Lorenz explica que en ese contexto, la “causa sagrada por la recuperación de las Malvinas” impide pensar a las islas más allá de la guerra: la recuperación de la soberanía se vuelve así una causa nacional. Esa dinámica, la de un consenso tan blindado en la sociedad, es la que quedó expuesta esta semana, en medio de la semifinal del Mundial. Una bandera improvisada logró exponer en pocos segundos lo que el Gobierno no consigue (¿no desea?) hacer desde que asumió: reinstalar el debate sobre Malvinas. Y lo hizo tensionando exactamente los dos polos que se evidenciaron en disputa: el cálculo diplomático de Estado, que había prohibido el reclamo en el partido, y el sentimiento popular, que fue reivindicado por los jugadores como protagonistas.