"La extrema derecha pierde a menudo: Donald Trump perdió; Jair Bolsonaro también; Viktor Orbán acaba de perder las elecciones, igual que el partido PiS de Polonia y Modi [el primer ministro nacionalista indio Narendra] acabará perdiendo en algún momento". Para Cas Mudde, uno de los principales estudiosos de la extrema derecha europea, la cuestión decisiva no es si las fuerzas autoritarias o radicales de derechas pueden ser derrotadas en las urnas, sino lo que sucede después. "De hecho, la cuestión es si [perder] es suficiente y, está claro que no lo es porque muchos vuelven al poder", afirmó durante una intervención pública, organizada por la ONG Defend Democracy, el 10 de junio, en Bruselas. Para Mudde, la extrema derecha no es solo una amenaza electoral que ha de ser contrarrestada. Es, también, el síntoma de un fracaso más profundo de las principales corrientes políticas. Los votantes expulsan a los gobiernos en los que ya no confían y luego vuelven a confiar en las mismas fuerzas que ya habían rechazado antes, porque las alternativas han sido incapaces de aprender. "Votamos por la extrema derecha porque estamos muy descontentos. Y luego estamos insatisfechos con la extrema derecha, así que volvemos a confiar en aquellos con quienes estábamos descontentos y que parecen no haber pensado mucho en las razones por las que todo el mundo estaba insatisfecho", expuso Mudde. Cas Mudde durante un debate en Estocolmo en 2018 sobre cómo las democracias liberales pueden defenderse del extremismo sin renunciar a los valores fundamentales (Frankie Fouganthin) Así pues, el problema de la democracia liberal no solo radica en la fortaleza de sus enemigos, sino también en la debilidad de sus defensores. "Si lo vemos desde la perspectiva de que la extrema derecha gana porque la corriente principal fracasa, entonces el principal problema es que la corriente principal fracasa", argumentó. "Hasta que la corriente principal no cumpla sus promesas, y además sea capaz de inspirar, no creo que estas derrotas sean mucho más que interrupciones temporales". La amenaza de MAGA para Europa Una de las advertencias más contundentes de Mudde tiene que ver con Estados Unidos, no solo porque la política de Donald Trump está desestabilizando las alianzas, sino porque, en su opinión, la derecha estadounidense actual ha adquirido un interés ideológico activo en transformar Europa. "Al Trump de la primera legislatura no le interesaba Europa. Y la gente pensaba que eso era un problema, pero eso no es nada comparado con el problema actual", afirmó. "Hoy, la administración Trump está muy interesada en Europa y quiere transformarla activamente". Mudde sostiene que Europa, aunque imperfecta, sigue representando una aspiración hacia un sistema liberal-democrático integrado. Y precisamente, eso es a lo que se opone la derecha trumpista. Por lo tanto, el politólogo considera que Estados Unidos, en su configuración política actual, representa para la democracia liberal europea una amenaza más directa que China. En su opinión, "a China no le importa si Europa es liberal-democrática o no. A China solo le importa la economía. A Estados Unidos sí le importa. Como a Putin". La diferencia, sugirió, radica en que el líder ruso desea que Europa sea "caótica" e "ineficiente", mientras que la derecha estadounidense quiere que Europa se asemeje más a los Estados Unidos que están intentando construir. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la cumbre de jefes de Estado de la OTAN, el 8 de julio (Europa Press/ Benoit Doppagne) Según Mudde, la estrategia de seguridad nacional de su gobierno identifica explícitamente una Europa democrática liberal e integrada como un sistema que debe transformarse. Esto tiene consecuencias concretas, afirmó Mudde, señalando la presión sobre los políticos europeos "para normalizar las relaciones con las fuerzas de extrema derecha, incluido el partido alemán Alternativa para Alemania (AfD)". El problema del Brandmauer en Alemania El razonamiento de Mudde es deliberadamente incómodo. No aboga por gobernar con AfD, pero advierte que un Brandmauer (la versión alemana de un cordón sanitario que excluya las coaliciones con partidos de extrema derecha) no puede funcionar de la misma forma cuando un partido de extrema derecha alcanza unos niveles de apoyo muy altos en algunas regiones: "Si tienes un partido de extrema derecha que logra el 40 % de los votos e implantas un Brandmauer… lo único que vas a conseguir es que se perpetúe el mismo gobierno, si tienes suerte". TE PUEDE INTERESAR Para Mudde, la prioridad no es el propio consuelo moral, sino la defensa de la democracia liberal. "Es obvio que desde un punto de vista moral e ideológico, me gustaría excluir a la extrema derecha, pero lo más importante es la democracia liberal". Y advirtió que si los partidos se niegan a debatir de antemano las condiciones en las que cooperarían o no con la extrema derecha, "podrían terminar haciéndolo igualmente, pero sin unas líneas rojas claras". Por lo tanto, aboga por un diálogo abierto sobre las condiciones en que una cooperación limitada sería posible, estableciendo al mismo tiempo unos límites democráticos firmes. Esto no implica aceptar la visión del mundo de la extrema derecha, sino distinguir entre políticas severas o desagradables y políticas que socaven directamente la democracia liberal. TE PUEDE INTERESAR "Tener unos límites muy estrictos, en sí mismo, no es incompatible con la democracia liberal. Pero el discurso deshumanizador que los rodea sí que lo es", argumenta. Esa distinción, afirma, es decisiva, y los partidos moderados de derechas, los socios más probables de la AfD, deben afrontarla abiertamente en lugar de permitir que se dé por sentada. Una gran coalición formada únicamente para excluir a la AfD también sería un error, argumentó Mudde. "Si se forma una gran coalición para excluirlos, no puede ser una coalición negativa. Si el único objetivo es apartar a la AfD, ésta ganaría las próximas elecciones". La alternativa, sostuvo, debe ser un proyecto democrático positivo: "Hay que tener un relato al respecto, hay que saber lo que es la democracia liberal y cómo fortalecerla". La normalización comienza en la vida cotidiana Sin embargo, la normalización no es solamente cuestión de gobiernos o partidos. Mudde también la describió como un patrón de compromisos cotidianos: invitaciones que se aceptan, paneles de conferencias que se comparten, ceremonias a las que se asisten, conversaciones incómodas que se evitan. TE PUEDE INTERESAR "La mayoría de la gente entiende y habla mucho sobre lo fuerte que se ha hecho la extrema derecha. Lo integrada que está ahora", dijo. "Pero aunque saben que la extrema derecha está a nuestro alrededor y ahora forma parte de nuestra vida diaria, en cierto modo somos exactamente iguales". La contradicción es obvia, continuó Mudde: "Aunque constantemente decimos a los partidos que no colaboren con la extrema derecha, nosotros lo hacemos o compartimos espacios con ella". La situación se vuelve especialmente incómoda cuando las personas se conocen desde hace años, cuando colegas o conocidos han cambiado de postura política, y cuando mencionar ese cambio conlleva el riesgo de un conflicto personal. "Han cambiado, es una conversación incómoda, así que mejor evitar el tema. Creo que eso es una mala opción". Mudde no pretende que los boicots individuales transformen las relaciones de poder. "A nivel individual, realmente no importa", afirmó. Sin embargo, los considera actos de coherencia políticamente significativos. "No es necesario tener principios, pero ayuda". El mito mediático acerca de los hombres jóvenes Uno de los momentos más incisivos de la charla giró en torno al relato dominante sobre la radicalización de la juventud. Mudde desmanteló metódicamente el mito mediático de que Joe Rogan y Andrew Tate han empujado a una generación de jóvenes hacia la extrema derecha. "En una encuesta tras otra queda demostrado que los hombres jóvenes, independientemente de cómo se les defina, siguen siendo ligeramente más progresistas, inclusivos, o como se quiera llamarlo, que los hombres mayores". TE PUEDE INTERESAR La verdadera historia, según Mudde, es el movimiento político de las mujeres jóvenes. "La cuestión no son los hombres jóvenes, sino las mujeres jóvenes". Las mujeres jóvenes, argumentó, se han desplazado mucho más a la izquierda que las mayores, creando la mayor brecha de género en valores entre las generaciones más jóvenes. Pero la política y los medios de comunicación siguen centrándose abrumadoramente en los hombres. Las prioridades también difieren. La juventud prioriza temas como la vivienda. Las mujeres tienden a priorizar menos que los hombres la inmigración y la seguridad. Sin embargo, la agenda política sigue dominada por lo que Mudde denomina "las prioridades y, hasta cierto punto, los esquemas de los hombres mayores". TE PUEDE INTERESAR Esta crítica no se limita a la derecha. "Los partidos socialdemócratas están obsesionados con la supuesta recuperación del voto de la extrema derecha, aunque no hay pruebas de que mayoritariamente lo hubieran perdido a favor de la extrema derecha", afirmó. En su opinión, los partidos de izquierdas suelen ir a la caza de los votantes mayores, hombres y conservadores, descuidando a las mujeres jóvenes, cuyos valores ya son progresistas. El razonamiento demográfico es contundente: "Los hombres mayores mueren mucho antes que las mujeres jóvenes. Por lo tanto, una estrategia a largo plazo centrada en ellos no es particularmente inteligente. Además, las mujeres jóvenes sí tienen valores progresistas. Puedes ser tú mismo y convencerlas. Con esos hombres blancos mayores, tienes que fingir ser otra persona para convencerlos". A continuación, Mudde señaló al primer ministro laborista británico, Keir Starmer, como "el peor ejemplo", pues persiguió el voto reformista a pesar de que este es "en general, el polo opuesto de las mujeres jóvenes". Una izquierda en la que la juventud pueda confiar Esta brecha generacional es particularmente nociva para la socialdemocracia. Los votantes de más edad pueden seguir asociando a los partidos socialdemócratas con la creación del estado del bienestar. Los votantes más jóvenes, sostuvo Mudde, los asocian frecuentemente con la austeridad. TE PUEDE INTERESAR Opinión "Cuando uno piensa en el Partido Socialdemócrata, sea en mi caso o en el de gente mayor de 45 años, lo asocia con la creación de un estado de bienestar", dijo. "Los menores de 35 años asocian a los partidos socialdemócratas con la austeridad. ¿Verdad? Pues no va a funcionar". Aun en el caso de que estos partidos vuelvan a proponer un programa más socialdemócrata, lo más probable es que no recuperen la confianza con mucha rapidez. Las identidades políticas se forman temprano. Una generación que aprendió a asociar los principales partidos de centroizquierda con los recortes y el compromiso tecnócrata puede no ser fácilmente recuperable. "Cuando tengan 35 años y el Partido Socialdemócrata vuelva a ser socialdemócrata de verdad, hay una posibilidad real de que estas personas todavía se lo piensen y se digan 'sí, pero sabemos lo que podéis hacer cuando alcanzáis el poder". TE PUEDE INTERESAR Opinión Esto explica el interés de Mudde por los políticos que son ideológicamente claros sin ser políticamente ingenuos. Mencionó a los congresistas estadounidenses Alexandria Ocasio-Cortez y Bernie Sanders, así como al alcalde socialista de Nueva York, Zohran Mamdani y, en Europa, a Pedro Sánchez como figuras que de diferentes maneras hablan desde una posición política reconocible. Lo que importa no es la pureza, sino el rechazo a desaparecer engullido por el centro. "Lo que me gusta de él, y en cierta medida lo que realmente me gusta de Mamdani, es que son descaradamente progresistas, descaradamente ajenos a la corriente principal". Empezar cerca de casa Mudde no ofrece una solución mágica. De hecho, parte de su mensaje es que la magnitud del desafío puede ser paralizante. La extrema derecha y sus aliados tienen el dinero, la infraestructura mediática, los algoritmos y, en algunos casos, el poder estatal. Intentar enfrentarse a todo eso a la vez solo puede llevar al agotamiento. En cambio, abogó por la acción local, la participación en el ámbito electoral y las conversaciones difíciles dentro del propio entorno. "La gente joven no debe ignorar ni rechazar la política electoral. Aunque no les favorezca, es el elemento más poderoso de la política". También advirtió contra limitar la movilización a los partidos políticos. El cambio puede construirse en torno a ellos, especialmente a nivel local. El trabajo más duro suele ser el menos glamuroso. "La investigación demuestra que si hablas con gente desconocida y políticamente opuesta, al sacar el tema de la política, se van a atrincherar", sostiene Mudde. Las redes sociales premian las declaraciones contundentes dirigidas a quienes ya las aceptan. Rara vez llegan a quienes aún podrían ser persuadidos. "A quienes sí podemos llegar, en cierta medida, es a nuestros conocidos, aunque esas son las conversaciones más incómodas". La advertencia de Mudde a Europa es, en última instancia, muy sencilla: la extrema derecha no desaparecerá por perder unas elecciones. Regresará, de una forma u otra, mientras los partidos tradicionales no comprendan las quejas que la llevaron al poder y mientras la democracia se defienda solo como una barrera en lugar de ofrecerse como un proyecto. Lo demuestran los casos de Hungría, Polonia y Rumanía. Los casos de Hungría, Polonia y Rumanía En Hungría, la victoria arrolladora de Peter Magyar en las elecciones generales del 12 de abril de 2026 puso fin a los 16 años de permanencia en el poder de Viktor Orbán. Pero la amenaza de la extrema derecha no ha desaparecido. El orbanismo sigue siendo un legado político y social: es difícil romper con las posiciones impuestas durante años por Viktor Orbán y Fidesz en lo que se refiere a los refugiados, derechos del colectivo LGBT+ y Ucrania. El primer ministro de Hungría, Peter Magyar, habla durante una conferencia de prensa con el canciller alemán en Berlín, Alemania, el 2 de junio (REUTERS/Annegret Hilse) Mientras que el partido Tisza de Magyar va emprendiendo una lenta y parcial apertura sobre estos temas, el partido de extrema derecha Mi Hazánk ocupa una posición peculiar. Con el 5,88 % de los votos, es ahora una de las fuerzas que tratan de captar a los votantes euroescépticos y antisistema y posicionarse como potencial partido bisagra.