Hay discos que, de pronto, asoman como una revelación. Cuando y por donde menos se los espera. Son un destello inopinado, un haz de luz en mitad del desconcertante territorio de neblinas por el que deambulamos tantas veces. Pa es uno de ellos. Y no abundan, así que regálense un escucha intensiva y pormenorizada. Desde la polifonía vocal de la breve y lindísima pieza introductoria, ‘Ses porgueres’, que podría pasar por una canción de cuna, queda claro que se avecina un trabajo de compromiso con la tierra y la raíz, con la herencia y la conciencia de que somos un mero eslabón. Con esa hermosura clarividente que lleva mucho tiempo ya brotando en las orillas mediterráneas. A sus 33 años, la menorquina Anna Ferrer ha querido concebir su cuarto trabajo como una obra temática en torno a un argumento inesperado: el pan. Contaba para ello con una motivación poderosa, la de las cuatro generaciones de panaderos, ¡cuatro!, que la contemplan y anteceden desde la rama familiar paterna. El alimento básico por antonomasia se convierte así en eso mismo, en símbolo de sustancia y de esencia. Y, de paso, en amor por el legado, por las enseñanzas recibidas desde ese tipo de sabiduría que jamás se podrá instagramizar. Pa es, como el pan, un trabajo de apariencia sencilla, terruñera y humilde, pero con una vigencia que se sabe más allá de modas, vaivenes, fogonazos y trampantojos sonoros. No hay florituras, pero irán descubriendo osadías. Y una mirada de largo alcance: estas canciones conservarán sus virtudes –y sus nutrientes– así pasen cuantos años hayan de pasar. Todo ese amor por lo natural conduce a Ferrer a registrar ambientes y repiqueteos de los artilugios para amasar en el obrador familiar, en ese Es Llonguet que entran ganas de visitar en cuanto nos asomemos por las calles de Maó. Anna parte de un esqueleto mínimo y límpido de voz y guitarra, y a partir de él aporta segundas voces y cuatro manos amigas en las que confiar para la concreción de esta bella manufactura. Manos experientadas y acreditadas, puesto que hablamos de Toni Llull, habitual de Guitarricadelafuente, y de Pol Batlle, guitarrista y pareja de Rita Payés. Ferrer lo compone casi todo, aunque partiendo de las enseñanzas de los antepasados, como sucede con las hogazas que cobran forma a diario en el horno de los Ferrer. El pan, dice ella, se convierte así en “símbolo de resistencia”, en una masa madre de poesía, tradición, sagacidades (contra todo pronóstico, el primer instrumento que comparece en el álbum es esa guitarra eléctrica persistente de ‘Aigo’) y una finura que es imposible no paladear. Un fermento que inspira títulos como ‘Todas las masas’, con un par de versos que casi sirven como resumen o leitmotiv de la obra: “Hay que dejarla que se relaje / para poderla estirar”. Hay apelaciones a títulos tradicionales en la preciosa ‘Yeri yeri’, una canción popular armenia que relata la elaboración del pan nacional, el lavash; y en la no menos hermosa ‘Son tus manos las primeras’, casi una jota eléctrica (“Dame pan y dame vino / y yo te daré la mano”). Pero Anna es sorprendente a tiempo completo, incluso cuando se expresa desde la cómica (y cósmica) coherencia de ‘Yo quiero ser una vaca’: “Yo quiero ser una vaca / y parir viendo la luna”. Y conmovedora en el dolor bilingüe de la lindísima ‘Iaia’, puro arpegio y sollozo; la lucidez vivencial de ‘No ven más cien ojos’ (“Que el dolor recuerda vida / y el regar sin de ahoga”) o, esta vez sí, el canto para los infantes de ‘Nana des forner’. Quienes se hayan emocionado con jóvenes mujeres mediterráneas como la mencionada Payés (que ultima un disco delicioso junto a Lucía Fumero), Clara Peya (de actualidad con Nuca) o la más ilustre de todas ellas, Sílvia Pérez Cruz (recién nacido su Oral_Abisal), deben dirigir con urgencia la mirada a Ferrer y concederse una ración generosa de su música. Obvien las comparaciones, que no vienen al caso. Solo asómbrense. Y que nadie tema esta vez a los hidratos: Pa bien merece mucho más que un currusco. PaAnna FerrerLa Castanya