A los 90 años del inicio de la Guerra Civil, el mundo de hoy permite que cada cual se construya, gracias a la inteligencia artificial, a la viralidad de las redes sociales y a los discursos ideológicos a medida de la audiencia, una composición a la carta de lo que ocurrió en el pasado. Más aún cuando la distancia entre los jóvenes y sus bisabuelos que se enfrentaron en trincheras distintas es cada vez mayor. Las resonancias de la guerra y de la dictadura que vino después siguen vivas, y el peligro es consumir un relato construido con los sesgos que están conformando la realidad de nuestros días: la vuelta de los nacionalpopulismos, las retóricas de descalificación del otro, el reclamo de una violencia falsamente heroica y viril, o el descrédito de la democracia.Hace unos años los nietos regresaron a la Guerra Civil para intentar comprender lo que el silencio de sus padres les había velado, o incluso ocultado: por la represión de la dictadura dentro de España o por la necesidad de salir adelante en el exilio. Los bisnietos operan en otro terreno, plagado de trampas: las de los trazos rápidos y emocionales, los estímulos fragmentarios y los hechos alternativos. En esta marea de falsas verdades el discurso que impusieron los vencedores tiene cada vez más recorrido. No hay otra manera de desmontarlas que acudir a los historiadores, a quienes con su trabajo en los archivos han establecido los hechos y el contexto de aquellos años, más allá de la discusión presentista, de la ignorancia o mala fe de ideólogos y activistas, o del burdo reciclaje de la vieja propaganda franquista.La guerra que se desató tras la insurrección de un grupo de militares contra la República fue un laboratorio donde se ensayó el proyecto nazi de dominar Europa, y también un conflicto de clases y religioso que tuvo componentes de género, porque el bando franquista quería destruir las conquistas de las mujeres, y territoriales. La España que impusieron los rebeldes no reconocía las singularidades de catalanes, vascos y gallegos. La tarea de la democracia que se construyó tras la muerte de Franco consistió en reconocer la pluralidad y cerrar las heridas.El éxito fue incuestionable. Pero hoy las distorsiones de un tiempo que se rinde a las realidades paralelas amenazan con liquidar los acuerdos que en estos últimos 50 años tejieron las fuerzas políticas que miraban el pasado con distintas sensibilidades y que se ajustaron a algunos hechos indiscutibles: un golpe de Estado, la violencia en las retaguardias, el influjo de las potencias internacionales, la salvaje represión de posguerra, el aplastamiento de los nacionalismos periféricos, la dura realidad de los exiliados.Las leyes de memoria histórica y democrática han ayudado a borrar buena parte de los símbolos que los vencedores impusieron tras su victoria y han permitido — de manera incompleta— restituir a las familias los restos de sus muertos que yacen en las fosas. Quienes prometen derogar estas leyes contribuyen a la larga a ofuscar el conocimiento del pasado, base de la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Lo difícil sigue siendo construir una memoria compartida en la que convivan la pluralidad de memorias sobre aquel terrible conflicto. Y este es un esfuerzo que compete no solo a los historiadores sino al conjunto de la sociedad. Sin unas verdades aceptadas por todos y sin un consenso sobre la Historia, no hay democracia que no acabe resintiéndose.