Bajad las armasEstas 13 obras maestras proponen al espa�ol desencantado del siglo XXI el mismo viaje espiritual que al espa�ol fervoroso del XVII. M�s que una exposici�n, es un b�lsamo para las �nimas en pena del tardosanchismo'In ictu oculi', de Vald�s Leal, en la exposici�n 'Arte y misericordia'.E. M.Actualizado S�bado,
julio
00:02Audio generado con IANi un seductor Ma�ara ni un Bradom�n he sido, advert�a Machado en su autorretrato. De Bradom�n sabemos que era el marqu�s feo, cat�lico y sentimental de las sonatas de Valle, y sabemos que no existi�. Ma�ara en cambio fue un espa�ol real que encarn� algo m�s que el arquetipo del caballero barroco. Encarn� en su biograf�a los dos polos del exceso: el de la vida y el de la muerte, la lujuria y la penitencia. Eros y T�natos, si nos ponemos tan hom�ricos como Nolan. A Arist�teles le interesaba el mecanismo psicol�gico que desencadenaban las tragedias. Concluy� que los principios activos de la catarsis tr�gica eran el terror y la piedad: la peripecia del h�roe primero debe atemorizarnos para despu�s conmovernos. Sobre esos dos movimientos sucesivos del alma versa la muestra excepcional que se puede ver gratis en el Centro Cultural Conde Duque hasta noviembre. Por primera vez en 340 a�os podemos admirar en la capital -y a la altura de nuestros ojos- el programa iconogr�fico que Miguel Ma�ara encarg� a tres de los mayores genios de su tiempo: Juan de Vald�s Leal, Bartolom� Esteban Murillo y Pedro Rold�n. Su vida de burlador sevillano, vicioso y pendenciero, ofreci� sustrato hist�rico al mito de Don Juan. Pero entrada la madurez a Ma�ara se le muri� la esposa, que debi� de ser una santa. Algo se quebr� entonces en su conciencia de cr�pula, y de calavera moral pas� a coleccionar calaveras f�sicas: f�nebres recordatorios de la fugacidad del placer y las vanidades mundanas. A diferencia del calvinista, al cat�lico no le asusta reconocer la impureza. Pero no se f�a de salvarse por la fe, as� que exige la prueba de la caridad. -Yo, don Miguel Ma�ara, ceniza y polvo, pecador desdichado, serv� a Babilonia y al demonio con mil abominaciones, soberbias, adulterios, juramentos, esc�ndalos y latrocinios. Mis pecados y maldades no tienen n�mero y solo la gran sabidur�a de Dios puede numerarlos, y su infinita paciencia sufrirlos, y su infinita misericordia perdonarlos. Se arrepinti� de su impiedad y consagr� el resto de sus d�as a la Hermandad de la Caridad, algo as� como el germen religioso de nuestra Seguridad Social. Con la diferencia, a favor de su siglo, del sublime gusto art�stico con que decor� el hospital de beneficencia que fund� en Sevilla en 1673. Nada que ver con el Doce de Octubre o el Gregorio Mara��n, con todos mis respetos. Este conjunto de 13 obras maestras proponen al espa�ol desencantado del siglo XXI el mismo viaje espiritual que al espa�ol fervoroso del XVII. Primero lo aterroriza con el impacto g�tico de Vald�s, a continuaci�n lo zahiere con la teatralidad escult�rica de Rold�n y por �ltimo lo redime con la piadosa delicadeza de Murillo. M�s que una exposici�n, es un b�lsamo para las �nimas en pena del tardosanchismo. Dos grandes cuadros de Vald�s Leal reciben al visitante sin contemplaciones. El rostro comido de gusanos de un obispo que se pudre en su sepulcro comparte escena con el cad�ver de un caballero de Calatrava en descomposici�n: ambos aguardan el veredicto de la mano divina que pesa sus vicios y sus virtudes. El mensaje de Vald�s es poco sutil: los ricos tambi�n mueren y no entrar�n en el para�so sin practicar la misericordia. En esta obra (Finis gloriae mundi) debi� de inspirarse Mecano para componer la canci�n que m�s me gusta de ellos: No es serio este cementerio. En la pared opuesta un enorme esqueleto mira de frente al espectador. En una mano porta la guada�a y el ata�d; con la otra apaga la llama de la vida. Es un cuadro que deber�a presidir los consejos de ministros en Moncloa. No es un juego esteticista a lo Tim Burton sino severa teolog�a de la Contrarreforma. La obra se titula In ictu oculi, que viene a significar: en un abrir y cerrar de ojos estar�s muerto. Despu�s de Vald�s el �nimo ca�do del visitante lo recoge la mano suave de Murillo. Mois�s y la roca de Horeb es un fotograma din�mico, tierno, con ese ni�o sediento que rompe la cuarta pared. �Qu� raro don asist�a a la mu�eca de don Bartolom� Esteban cuando pintaba a la infancia? La multiplicaci�n de los panes y los peces es a�n m�s imponente: el nudo de la pel�cula del evangelio. Pero Santa Isabel de Hungr�a curando a los ti�osos alcanza la perfecci�n formal, mezclando a Rafael con Caravaggio, el bien remediando el mal, la fealdad purificada por la belleza �tica. Y est�tica. Vald�s Leal y Murillo. Entre estos dos polos espa�ol�simos caben todos los matices de lo humano.








