EntrevistaLa obra de Nohemí Pérez es exuberante y perturbadora, y es capaz de narrar las contradicciones de belleza y violencia del Catatumbo.Nohemí Pérez. Foto: Sebastián Jaramillo / Revista BOCAS17.07.2026 07:05 Actualizado: 17.07.2026 07:05
Nohemí Pérez nació en 1962 en el campamento número 17 de uno de los pozos que explotaba la Colombian Petroleum Company en el Catatumbo. Vivió y terminó el colegio en Tibú, quiso ser ingeniera química para tener una camioneta. Sin tener idea de quién era Picasso y sin haber visto la imagen de un Gauguin en una enciclopedia, empezó a caminar por el mundo del arte, donde encontró su propia manera de transitar el asesinato de su padre y de tramitar el dolor colectivo de una región abandonada por el Estado. Sus obras se mueven por Francia, Arabia Saudita, Eslovenia, Basilea y Hong Kong y hacen parte del acervo del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y de la fundación Thyssen-Bornemisza. Esta es su historia en la revista BOCAS.La cédula de ciudadanía de Nohemí Pérez dice que nació en Tibú, Norte de Santander, pero su mamá, Rebeca Amador, realmente dio a luz a su hija el 28 de septiembre de 1962 en el campamento P17 de la empresa Colpet. La fiebre del petróleo de los años sesenta condujo a que la señora Amador, oriunda de Córdoba, convenciera a su marido, Rafael Pérez, del departamento de Sucre, de abortar el plan de irse en solitario a Venezuela en busca de nuevas oportunidades. Juvenal, el primogénito del matrimonio, tenía año y medio cuando la familia se radicó en Norte de Santander, cerca de Tibú, porque la fuente de trabajo estaba en la planta de alimentación para los obreros que construían la termoeléctrica de la excavación de pozos de la zona, de ahí la P del campamento 17.Nohemí Pérez Foto:Sebastián Jaramillo / Revista BOCASTibú era un pueblo de frontera lleno de aventureros, prostitutas, trabajadores de la petrolera, comerciantes y colonos. A finales de la década del sesenta, los Pérez Amador vivían en la zona comercial del municipio, Rebeca había montado un puesto en el que vendía avena helada con canela y todo el mundo los conocía como ‘la familia Quaker’. “La distracción preferida era ir al río que quedaba atravesando toda una calle larga destapada y más de la mitad llena de bares y prostitutas sentadas a las puertas en ese calor infernal y húmedo de la selva. Los domingos era el día más movido y a todo esto se sumaban los trabajadores colombianos que estaban de ilegales en Venezuela y atravesaban la frontera para hacer sus compras y buscar diversión con las muchachas. Siempre se armaban peleas y resultaban heridos a machete”, escribió la artista en la edición limitada del diario Panorama Catatumbo. LEA TAMBIÉN Cuando Nohemí salía de clases en la escuela evangélica, donde hizo la primaria, se montaba en su bicicleta y tomaba rumbo al río, donde pasó varias tardes de sancocho. A veces salía a buscar mangos y todos los días, a las cinco de la tarde, cuando llegaba el periódico desde Cúcuta, iba al negocio familiar, donde aparecían los ingenieros de la petrolera, que parqueaban sus camionetas y se bajaban a leer la prensa con un vaso de avena helada. Rebeca le daba plata a Nohemí para que también fuera por EL TIEMPO, el único diario que llegaba a Tibú, y cuando bajaba la hora pico se sentaba a leerle las noticias a la mamá. Los sábados el plan era irse desde temprano con su papá a Cúcuta. Los ‘Quaker’ pasaron del puesto de avena y amasijos a montar un restaurante, y en la capital del departamento se conseguía Harina P.A.N., leche y otros productos subsidiados por el Estado venezolano.Laura Tobón en la nueva portada de BOCAS. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS LEA TAMBIÉN Una noche, entre las 10 y las 11, su papá, Rafael Pérez, estaba conversando con el rector del colegio y con algunos profesores en una mesa del restaurante. Nohemí, que ya era una adolescente, estaba de vacaciones en una finca en Córdoba cuando le llegó un telegrama. Un tipo, del cual lo único que se sabe es que era de La Guajira, llegó a pedir comida y como no había servicio, sacó un arma, le disparó tres veces a su papá, dejó a su mamá en la clínica y en fracción de segundos las balas también hirieron a uno de sus hermanos y a su abuela materna. Una tragedia que Nohemí ha transitado desde la orilla del arte, sublimando el dolor y presentando la naturaleza como escenario de la barbarie. “El Catatumbo vive en ella como una materia interior. No aparece solo en su obra: la atraviesa. Está en la memoria de su familia, en la historia de su gente, en la respiración de sus dibujos, en la oscuridad del carbón, en la insistencia de la mano. Nohemí trabaja desde una lealtad profunda a su origen, a sus muertos, a todo aquello que no deja de hablarle”, me dice la curadora de arte María Belén Sáez de Ibarra, compañera de vida de Nohemí.Nohemím Pérez Foto:Sebastián Jaramillo / Revista BOCASDesde que conocí su obra Panorama Catatumbo, entrevistarla se me convirtió en una obsesión. Este es el resultado de una conversación que tuvimos en Bodega Piloto, el espacio ubicado en la localidad de Puente Aranda en el que, mientras su obra se exhibe en la feria Frieze, en Nueva York, y en dos exposiciones colectivas en Países Bajos: en el Museo Centraal, en Utrecht, y en el Kunstinstituut Melly, en Róterdam, la artista se enfrenta a las dimensiones más grandes que ha trabajado en su carrera: un jardín de 19 metros de ancho por seis de alto que va para un museo en Medio Oriente y un bosque de más de 52 metros de largo cuya instalación estará el próximo año en el Museo Centro de Arte Dos de Mayo, en Madrid. Esta es la historia de una mujer que dibuja y pinta todos los días. “El arte en ella no parece una profesión, sino una forma de ordenar el alma. Cuando trabaja, algo encuentra cauce. La imagen le permite cargar el mundo sin destruirse. Por eso he pensado tantas veces que el arte sana primero a quien lo hace y luego, si la obra es verdadera, nos toca a los demás”, dice María Belén.“Los jóvenes se van. No siempre porque quieren. Los fusiles los llaman antes que la vida y uno se queda pensando en lo que no alcanzaron a ser” son alguna de las líneas que usted escribió para acompañar la exposición Nosotros, que presentó durante ArtBo Fin de Semana el pasado mes de abril. ¿Cómo surgió el proyecto?Fue una necesidad mía. Una necesidad interior. Tenía que hablar de esto porque siento, como también decía el texto, que hay una indiferencia hacia lo que está ocurriendo en el Catatumbo. Nadie habla de eso. En el Catatumbo circulan por WhatsApp imágenes y videos de muchachos que han muerto en combates, en enfrentamientos entre el ELN y las disidencias, y que han sido reclutados por la guerrilla. Estamos hablando de pelados de 13 años, de 14, de 18, de 20 años. Siempre digo que el Catatumbo está lleno de sobrevivientes. No vivientes, sino sobrevivientes. Allá no existen las familias de dinero, no existen los empresarios. Es una región donde cada vez hay menos oportunidades y menos trabajo, como... ¿qué diríamos? Trabajos ilegales. LEA TAMBIÉN Ni el presidente Petro se ha pronunciado.No, no, Petro no se pronuncia. Petro llora por muchos que tiene razón de llorar: por el amor universal, por Palestina… Me parece muy bien que llore por Palestina, pero el Catatumbo no existe en su vocabulario. Sus lágrimas no son del Catatumbo. De esa frustración nace Nosotros. La última vez que fui a Tibú, hace como dos años, pasé por La Batea y me dio nostalgia ver que la cascada que tanto disfruté se secó porque los arrasamientos del oleoducto contaminan todo.En el pódcast Distintos, no distantes usted decía que al terminar el bachillerato los jóvenes se iban de Tibú huyendo del reclutamiento forzoso, pero aquí estamos hablando de adolescentes de 13 años…A mí me impresiona. Mira, yo no sé si es porque en Facebook tengo tanta gente de Tibú, pero me la paso viendo que el muchacho o que esta niña que salió en bus de El Tarra para Tibú lleva dos días que no aparece. El Catatumbo es como medio departamento, como medio Norte de Santander y es frontera con Venezuela. Es que eso es una historia muy larga de guerrillas y paramilitares, y siempre la población civil está en el medio. Algunos campesinos salían desplazados a Venezuela y los que se quedaban la guerrilla los tachaba de colaboradores de los paramilitares. Los que se iban, los paramilitares los tachaban de colaboradores de la guerrilla. El reclutamiento se ha recrudecido, se llevan muchas veces a la fuerza niños y niñas de 13 años. Me llegan unas imágenes que circulan porque, di tú, que hubo un enfrentamiento y hay 10, 11 cadáveres.¿Quién toma las fotos?Ellos mismos. Hay unos videos tan terribles que dicen “Oiga, ¿ese es Fulanito? Mire, mire, ese es él”. Y eso es terrible porque están todos así. Y claro, ellos mismos toman la foto o toman la imagen, el uno será del ELN o muchas veces lo toman desde las disidencias, ¿y a quién se lo mandan? A sus amigos. Que muchos no están, no pertenecen a eso. Y esos que pertenecen se los mandan a los otros y así circulan las fotos.En una entrevista que le hizo Dominique Rodríguez Dalvard para el catálogo del año 2012 de NC Arte, el espacio en el que presentó la exposición Catatumbo, usted decía que estos temas son delicados de abordar porque implican trabajar con el dolor de la gente.Hay que tratarlo con mucho cuidado porque uno como artista vive de eso y las obras circulan. Siempre trato de que estos temas tan crudos tengan algo poético, algo de poesía. Pienso que la poesía le da una dignidad, es como dignificar el dolor.El mismo dolor de la violencia que le ha tocado cargar a usted por el asesinato de su padre. ¿Cómo fue su relación con él?Buena, pero sabes que no lo recuerdo mucho porque yo tenía 13 años cuando él murió, y duré mucho tiempo sintiéndome culpable porque yo me había ido a unas vacaciones a Córdoba a la finca de una tía. Mi papá no quería que yo me fuera y me acuerdo que el día de mi viaje, porque uno salía en el bus a las 5 cinco de la mañana para Cúcuta, él estaba durmiendo o se hizo el dormido, y me fui sin despedirme. Cuando a él lo matan yo estaba en la finca y llega un telegrama: “Urge presencia. Tu papá grave”. Un primo me llevó en bus y cuando llegué al terminal de Cúcuta la gente empezó a darme el pésame y a abrazarme. Cuando llegué a Tibú a él ya lo habían enterrado, entonces no lo vi. Fue algo que me marcó mucho porque resulta que un señor guajiro a las diez, once de la noche llega a preguntar al restaurante de mi mamá si había comida. Mi papá, que estaba sentado en una mesa con los profesores y el rector del colegio, le respondió que no, que ya se había ido el servicio. A los 15 minutos vuelve el tipo a preguntar lo mismo, mi papá no le contestó y de pronto le dispara. Fueron tres tiros que le pegó.Y al llegar a su casa no encuentra a su mamá.Mi mamá estaba en el hospital porque el tipo iba tras una masacre. Le disparó a mi abuela y a mi hermano también. A mi mamá le tocó aprender a caminar de nuevo porque el tiro fue en la cabeza del fémur. Nosotros estábamos todos muy pequeños, mis cuatro hermanos menores eran unos niñitos y yo tenía que proteger a mi familia porque estábamos solos. Duré mucho tiempo durmiendo con un cuchillo bajo la almohada y pensé en muchas formas de torturarlo. Con todos estos procesos de perdón en Colombia, siempre he dicho que por lo menos uno debería tener o conservar el derecho a no perdonar. ¿Yo por qué voy a perdonar una cosa de estas? Yo puedo renunciar a la venganza, que no sigue el círculo, pero déjenme mi derecho a no perdonar. Eso me parece muy doloroso, que la gente está en algo que no ha sanado y tenga que perdonar. A veces lo ponen en frente de la persona que le hizo daño, que le hizo daño a su familia, y he visto que a veces lo hacen abrazarlo o decirle “te perdono”. A mí eso no me cabe en la cabeza. Esto no lo he perdonado ni lo voy a perdonar jamás. Renunciamos a la venganza, que eso es mucho.¿Cuándo dejó de pensar en torturarlo?Yo creo que cuando empecé a estudiar arte comencé a hacer esa…¿Catarsis?Sí, exactamente. Es que eso fue una cosa muy dura en mi familia, eso nos marcó a todos. A veces nosotros decimos “jueputa, nosotros somos muy rayados, quedamos rayados, todos somos rayados”.En ese mismo pódcast a usted le preguntaron cómo se transita el dolor de la violencia y usted respondió “por fortuna soy artista”.Sí, porque dibujar para mí es como una descarga emocional. Y me agoto. No es simplemente que la mano se cansa, mi espíritu se agota.¿Ha hecho terapia psicológica?Yo he estado en psiquiatra, claro. Es el dinero mejor invertido.Hablemos de su madre, Rebeca Amador, una mujer de un empuje admirable.Impresionante. Mira, entre más pasa el tiempo y más recuerdo a mi mamá, porque uno de pequeño o no se da cuenta o no es consciente de la fuerza de la mamá de uno, de dónde viene uno, yo ahora miro hacia atrás y veo a esta señora que aprendió a leer sola, que nunca estuvo en una escuela, que aprendió a sumar sola, que venía de Córdoba, que le tocó durísimo… Ella me compraba el periódico todos los días y yo me sentaba a leerle las noticias. Mi mamá tenía una visión, una mente abierta y una cosa de una liberación, que te voy a contar una anécdota que refleja quién era mi mamá. Ella tenía su restaurante, y en diciembre mandaba a mi hermano a comprar los regalos de los empleados. Teníamos un cocinero que era gay. Todo el mundo sabía y él no lo ocultaba. Cuando él abrió su regalo le vimos cara de decepción, y mi mamá: “¿qué pasó?” “Que yo no uso esto”. A él le habían comprado una cantidad de ropa interior de hombre, medias y de todo. Y le dice mi mamá: “¿pero usted qué usa?” “A mí me gustan los pantis, las pantaletas bordadas, con encaje”. Mi mamá llamó a mi hermano y le dijo: “vaya, cámbieselo y tráigale lo que a él le gusta”. Otra cosa que mi mamá hacía es que yo me sentaba, cuando ya teníamos televisor, yo ya había crecido y estaba en bachillerato, y, por decir algo, hoy no fue una empleada del restaurante, mi mamá llamaba a mis hermanos: “vengan, Fulanito, Eusebio, Juvenal, barran aquí y tal”, y yo estaba viendo televisión con ella. “¡Mamá, mande a Nohemí!”. “No, señor, aquí hay muchos machos para que hagan esto. Cuando ella se case mirará si se deja mandar del marido. Pero mientras esté aquí, ella no va a hacer nada”. Todos mis hermanos lavaban ropa, barrían, trapeaban, cocinaban. Mi mamá me dio llaves de la casa para entrar antes que a mi hermano mayor, que me lleva cinco años.Nohemí Pérez Foto:Sebastián Jaramillo / Revista BOCAS¿Alguna vez en el colegio vio una enciclopedia o un libro de arte con obras de Picasso, de Cézanne o algo así?Jamás, jamás. Yo estaba en primaria y mi hermano Rafael, del primer matrimonio de mi papá, que se crio con nosotros en Tibú, tenía el Álgebra de Baldor y a mí me fascinaba ver la Baldor por los dibujos que tenía. Se la pedía prestada a mi hermano para poder mirar esas pinturas tan bonitas. Él me decía: “te la presto si me traes tal cosa”, “te la presto si me traes un vaso con agua”. Y yo salía corriendo a hacer lo que fuera. Era la única referencia de algo que se acercara a la pintura.Y precisamente fue su hermano Rafael el que le sugirió que se fuera a Barranquilla a estudiar en la Escuela de Bellas Artes cuando usted no logró entrar a Ingeniería Química, que porque usted era buena para el dibujo. ¿Qué hacía?Di tú el Día del Idioma el profesor de español encargaba carteleras. Entonces teníamos que hacer a Cervantes, la cara de Cervantes, y como yo era buena con el dibujo les hacía las carteleras a mis compañeros y les cobraba. Siempre el día anterior tenía varias cartulinas envueltas para hacerles la tarea con lápices de colores y tinta china.¿Por qué estaba en una escuela evangélica?Cuando nosotros entramos a estudiar la primaria, mi mamá nos metió en una escuela evangélica porque la escuela pública era cosita seria con el vocabulario y las peleas. Estamos hablando de un pueblo que más de la mitad eran barrios de prostitución. Al ser frontera, en esa época los colombianos se iban a Venezuela a trabajar y regresaban los domingos a tomar trago, a buscar prostitutas y todo este rollo.Después de cursar tres semestres en Barranquilla viajó a Bogotá para seguir estudiando.Llegué aquí con el sueño de entrar a la Universidad Nacional a estudiar Bellas Artes. Pero resulta que venía de un colegio de Tibú y no estaba bien preparada. O sea, de la Nacional no podía pasar ni el portón, y mi mamá no tenía plata para meterme en una universidad privada. Terminé estudiando en lo que hoy es la ASAB. Me tocó la sede que quedaba al frente del Teatro La Candelaria, en una casa, y esa vaina era peor que la escuela de Barranquilla. Yo le decía la casa de doña Rita. Me hice amiga de los actores de La Candelaria, del Teatro Libre y del TPB. Me la pasaba en cine y teatro. Entonces mi formación fue esa. Me daban entradas gratis, yo no tenía que pagar porque los actores me invitaban.¿A qué cine iba?A la Cinemateca. A las doce del día me iba sola, que era baratísimo. Por ejemplo, entre tantas películas, ahí vi Coronel Redl.¿De qué vivía?Mi mamá nos mandaba a mi hermano Eusebio, que estudiaba Ingeniería Civil, y a mí cajas con plátanos, queso costeño, carne salada, todo era salado. Llegaba la encomienda y eso era una fiesta: con los amigos hacíamos patacones y después tome agua; nos moríamos de la risa por toda el agua que teníamos que tomar.Y los materiales eran caros…Cuando veíamos las materias en las que teníamos que trabajar con acrílico yo me las ingeniaba y lo que compraba era vinilo y le echaba un poquito más de colbón, de ahí salían mis acrílicos.¿Cómo era su rumba?Estamos hablando de los años ochenta, no existía la Zona Rosa. Los bares estaban en la calle 10. Iba a El Son de los Grillos, hasta que salieron los que hoy en día son los Aterciopelados y ellos montaron Barbarie. Creo que fue el primer bar donde hubo un televisor y la gente empezó a bailar en frente. Cuando eso fue la época en que Margarita Rosa y Carlos Vives se casaron y pusieron un bar en la casa que era de Delia Zapata. Y más abajo, a mitad de cuadra, había otro bar que se llamaba La Casona. Era de un tipo al que le encantaban los artistas. Nosotros llegábamos y nos daban trago gratis. Me tomé todo el trago que me iba a tomar y rumbié todo lo que iba a rumbear. Ya rumba no; es tomarse el vinito y no más.Usted comenzó haciendo desnudos en acuarela muy a la escuela de Pedro Nel Gómez, que fue lo primero que vendió, pero Sin noticias de Dios, la exposición que en el 2004 presentó en la galería de Alonso Garcés, la puso en el foco de la escena del arte, un momento determinante porque ahí encontró su propia voz.Me acuerdo que el catálogo se lo dediqué a mi mamá. Ella ya había muerto. Era una exposición sobre perros. Yo quería hablar de la miseria que veía a través de mi ventana. Siempre he vivido en el centro, y a través de mi ventana veía a la gente buscando comida en la basura y niños oliendo Boxer. No quería dibujar indigentes, entonces hice esta serie de perros para hablar de los habitantes de la calle. Una vez María Belén invitó a Bernardo Salcedo a almorzar, ella en esa época trabajaba en el Ministerio de Cultura. Cuando llegó Salcedo, yo estaba dibujando, estaba pintando los perros. Como al par de días Alonso Garcés llamó a la casa y me dijo: “Soy Alonso Garcés. Bernardo me dijo que usted tiene unas pinturas que tengo que ver. ¿Cuándo quiere que pase?”. Así fue que llegué a su galería.Y yo llegué a usted por Panorama Catatumbo, que comenzó a trabajar en el 2012, cuando por primera vez se lanzó a hablar de su tierra…Llevaba como 8 años sin ir a Tibú porque tenía rabia y mucho dolor. Había pasado todo este rollo de los paramilitares, cómo arrasaron ese Catatumbo, todas esas masacres que hicieron… Tenía como un resentimiento y por eso no iba. Cuando volví a Tibú fue como una reconciliación. Me fui de viaje unas vacaciones y coincidió con que estaba montando la exposición en NC Arte. Yo quería hablar sobre la minería y sobre el capitalismo salvaje, y con José Alejandro Restrepo, el curador, estábamos pensando en el nombre de la muestra. Estando en Tibú sentí una cosa interior muy profunda. Y lo llamo y le digo: “José Alejandro, yo quiero que la exposición se llame Catatumbo”. Y a él le pareció buenísimo. Después de eso me embarqué en tratar de contar en este panorama de doce telas la historia del Catatumbo.Muchas de sus series tienen nombres de largometrajes.Como Sin noticias de Dios, una película en la que trabajó Penélope Cruz, pero no tiene nada que ver con eso, sino que me gustó el nombre, el título. Urbania o El lugar sin límites, que son series anteriores. Muy urbanas. Las series recientes son basadas en poemas de Baudelaire, en títulos de poemas como Abismo, donde no hablo de la profundidad del mar, sino del abismo de las emociones de toda esta gente que tiene que dejar su país, su familia, deja todo en busca de nuevas oportunidades lanzándose al mar. La pieza con la que participé en la Bienal de Artes Islámicas, en Arabia Saudita, se titula Sobre el fondo de mis noches, que es un verso de un poema de Baudelaire.Entre otras importantes colecciones, su obra hace parte del acervo del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, de la Universidad de Chicago, de la Fundación Thyssen-Bornemisza, de ARCO, de la colección de Ella Fontanals-Cisneros. ¿A qué otra le gustaría pertenecer o dónde le gustaría exponer?Pienso en los espacios arquitectónicamente. Cuando conocí Nueva York me gustaron mucho las inmensas paredes del Whitney y le dije a María Belén que me fascinaría exponer allá, pero tengo entendido que el museo solo es para los artistas norteamericanos o que llevan mucho tiempo viviendo en Estados Unidos.¿Cuál fue el último libro que leyó?Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal. Todo artista debe leerlo. Lo he comprado varias veces y me gusta tenerlo para regalarlo.La madurez en el arte es un proceso muy largo. Incluso una vez le escuché decir a un galerista que un artista llega a su madurez a los 60 años. ¿Cómo se siente al respecto en este momento?Bueno, que esté madura, yo creo que uno nunca madura, pero siento que estoy en mi camino, en las cosas que me mueven. Después de trabajar tantos años uno empieza a mirar las series hacia atrás, y me doy cuenta de que todas están conectadas, no son sueltas. Hay un hilo conductor. O sea, a través de la vida finalmente a uno le interesa siempre lo mismo.En esa misma entrevista que le hizo Dominique Rodríguez encontré una frase de ella que me pareció muy poderosa: “Nohemí Pérez no pretende cambiar el mundo, claro. Solo advierte con un trabajo poético y cargado de melancolía una realidad aplastante”.No me acordaba de eso. Fíjate que cuando Dominique me entrevistó yo todavía no estaba trabajando en estos temas. Pero ya lo percibía.¿Usted definiría así su trabajo?Sí, es muy actual, exactamente. Es una frase como si Dominique estuviera aquí viendo lo que estoy haciendo. O sea, eso corrobora lo que te digo, que finalmente a uno le interesa siempre lo mismo.SORAYA YAMHUREREVISTA BOCAS LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.









