Pareciera que la política mexicana se ha convertido en una serie sin fecha de conclusión. Apenas termina un escándalo cuando ya comenzó el siguiente capítulo. Cambian los personajes, cambian los escenarios y hasta los argumentos de defensa, pero el libreto es prácticamente el mismo. Mentiras, corrupción, manipulación del poder y una disciplina partidista dispuesta a justificar cualquier cosa.Cada día resulta más complicado para las y los defensores del régimen sostener una explicación lógica frente a la acumulación de hechos. La narrativa oficial ya no alcanza para ocultar una realidad que se abre paso por sí sola. Los escándalos dejaron de ser excepcionales para convertirse en parte del paisaje político nacional.Buena parte de esa descomposición tiene una explicación. En muchas regiones del país prácticamente desapareció la competencia electoral. El enorme aparato clientelar construido desde los gobiernos federal, estatales y municipales; el uso político de los programas sociales; el debilitamiento de los contrapesos institucionales y la captura de buena parte de los árbitros electorales redujeron el costo de gobernar mal. Cuando las consecuencias políticas desaparecen, los excesos dejan de tener freno.La vieja sentencia de Lord Acton mantiene una vigencia absoluta. El poder corrompe. El poder sin límites termina por corromperlo todo.Difícil encontrar un ejemplo más ilustrativo que los audios difundidos esta semana por el periodista Héctor de Mauleón en esta casa editorial sobre la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila. La discusión no debería centrarse en quién grabó la conversación o cómo terminó siendo pública. Lo verdaderamente trascendente es lo que se escucha. Una gobernadora preocupada por resolver un problema personal mientras expresa una disposición que abre serias dudas sobre el manejo de información de la más alta sensibilidad institucional.El tema dominó la conversación pública nacional. Columnistas, analistas, espacios de radio y televisión, así como las redes sociales, dedicaron buena parte de la semana a un asunto que rebasa por mucho la cancelación de una visa. Cada explicación ofrecida por el gobierno de Baja California terminó generando nuevas preguntas, alimentando contradicciones y profundizando una crisis que dejó de ser local para convertirse en un problema político de dimensión nacional.Morena enfrenta hoy un desafío mucho más complejo que controlar una crisis mediática. Debe convencer a millones de mexicanos de que las contradicciones son congruencia, que los escándalos forman parte de una conspiración permanente y que quienes durante años prometieron no mentir, no robar y no traicionar, ahora pueden hacer exactamente lo contrario sin pagar costo alguno.Mientras tanto, la mayor amenaza para el movimiento no parece estar en la oposición. Está dentro de casa. Las disputas internas, las traiciones entre antiguos aliados, los grupos enfrentados por el poder y los intereses personales empiezan a desgastar el proyecto desde sus propias entrañas.El Frankenstein político que durante años creció alimentado por la popularidad de López Obrador conserva todavía una fuerza considerable. Pero también empieza a mostrar las cicatrices de las piezas con las que fue construido. Los audios de Baja California, los conflictos entre gobernadores, las investigaciones, los señalamientos de corrupción y las luchas por las candidaturas son síntomas de un fenómeno mayor. El movimiento comienza a enfrentarse a sus propios avatares.Al final, ningún movimiento puede sostenerse cuando termina pareciéndose exactamente a aquello que prometió combatir. La mentira puede ganar tiempo, pero nunca consigue cambiar los hechos. Los hechos tienen la mala costumbre de sobrevivir a cualquier narrativa empeñada en negarlos.Únete a nuestro canal
Mentir, robar y traicionar, escribe Alberto Capella
Pareciera que la política mexicana se ha convertido en una serie sin fecha de conclusión. Apenas termina un escándalo cuando ya comenzó el siguiente capítulo. Cambian los personajes, cambian los escenarios y hasta los argumentos de defensa, pero el libreto es prácticamente el mismo. Mentiras, corrupción, manipulación del poder y una disciplina partidista dispuesta a justificar cualquier cosa.Cada día resulta más complicado para las y los defensores del régimen sostener una explicación lógica frente a la acumulación de hechos. La narrativa oficial ya no alcanza para ocultar una realidad que se abre paso por sí sola. Los escándalos dejaron de ser excepcionales para convertirse en parte del paisaje político nacional.Buena parte de esa descomposición tiene una explicación. En muchas regiones del país prácticamente desapareció la competencia electoral. El enorme aparato clientelar construido desde los gobiernos federal, estatales y municipales; el uso político de los programas sociales; el debilitamiento de los contrapesos institucionales y la captura de buena parte de los árbitros electorales redujeron el costo de gobernar mal. Cuando las consecuencias políticas desaparecen, los excesos dejan de tener freno.La vieja sentencia de Lord Acton mantiene una vigencia absoluta. El poder corrompe. El poder sin límites termina por corromperlo todo.Difícil encontrar un ejemplo más ilustrativo que los audios difundidos esta semana por el periodista Héctor de Mauleón en esta casa editorial sobre la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila. La discusión no debería centrarse en quién grabó la conversación o cómo terminó siendo pública. Lo verdaderamente trascendente es lo que se escucha. Una gobernadora preocupada por resolver un problema personal mientras expresa una disposición que abre serias dudas sobre el manejo de información de la más alta sensibilidad institucional.El tema dominó la conversación pública nacional. Columnistas, analistas, espacios de radio y televisión, así como las redes sociales, dedicaron buena parte de la semana a un asunto que rebasa por mucho la cancelación de una visa. Cada explicación ofrecida por el gobierno de Baja California terminó generando nuevas preguntas, alimentando contradicciones y profundizando una crisis que dejó de ser local para convertirse en un problema político de dimensión nacional.Morena enfrenta hoy un desafío mucho más complejo que controlar una crisis mediática. Debe convencer a millones de mexicanos de que las contradicciones son congruencia, que los escándalos forman parte de una conspiración permanente y que quienes durante años prometieron no mentir, no robar y no traicionar, ahora pueden hacer exactamente lo contrario sin pagar costo alguno.Mientras tanto, la mayor amenaza para el movimiento no parece estar en la oposición. Está dentro de casa. Las disputas internas, las traiciones entre antiguos aliados, los grupos enfrentados por el poder y los intereses personales empiezan a desgastar el proyecto desde sus propias entrañas.El Frankenstein político que durante años creció alimentado por la popularidad de López Obrador conserva todavía una fuerza considerable. Pero también empieza a mostrar las cicatrices de las piezas con las que fue construido. Los audios de Baja California, los conflictos entre gobernadores, las investigaciones, los señalamientos de corrupción y las luchas por las candidaturas son síntomas de un fenómeno mayor. El movimiento comienza a enfrentarse a sus propios avatares.Al final, ningún movimiento puede sostenerse cuando termina pareciéndose exactamente a aquello que prometió combatir. La mentira puede ganar tiempo, pero nunca consigue cambiar los hechos. Los hechos tienen la mala costumbre de sobrevivir a cualquier narrativa empeñada en negarlos.Únete a nuestro canal






