Lo confieso. Era el Mundial más largo y al final se me ha hecho corto. Quizá porque he cumplido el reto de escribir sobre el torneo sin necesidad de ver más de tres minutos seguidos de un encuentro. “¿No querrás que vea los partidos?”, pregunté a José Precedo cuando me convocó para su especial. Fue entonces cuando sospechó que había llamado a la persona equivocada.

Esta distancia me ha permitido observar el fenómeno desde otro punto de vista. Cuando una deja de seguir el balón, empieza a entender el ritual. El fútbol tiene peregrinos, liturgias, santos, demonios, milagros y hasta objetos sagrados. Y si la religión era el opio del pueblo, aquí huele a hierba recién cortada.

Durante siglos hubo gente dispuesta a recorrer media Europa para contemplar una astilla de la cruz de Cristo, una gota de la leche de la Virgen o hacerse con un diente santificado cuya autenticidad dependía del entusiasmo del vendedor.

Ahora la FIFA toma el relevo y venderá pequeños cuadrados del césped de la final que disputarán España y Argentina. Desde 450 dólares, ofrece trozos de apenas 6,35 centímetros de lado encapsulados en una urna.

No es cualquier hierba, claro. Es hierba consagrada. Hierba que estuvo bajo el gol decisivo, el abrazo de los campeones o la lágrima del derrotado. El césped ya no es solo césped: es una reliquia.