En el verano de 1994, Antonio Agredano tenía 14 años y estaba en su cuarto, viendo solo la tele que tenía aún en blanco y negro. Adolfo Carrillo estaba estudiando la asignatura de Derecho Civil, que no logró aprobar en junio. Antonio Manuel vio aquel Italia-España de madrugada, en casa de sus padres. “Aquello fue una injusticia de narices”, rememora este último. “Llorar frente a la televisión siempre fue bastante exótico en mi casa. Y yo lo hacía siempre que España caía en un Mundial”, recuerda Antonio Agredano. En 1994 aún quedaban siete años para que Deneuve se convirtiera en uno de los grupos pop de culto en España. Y 13 para que aquel trauma futbolístico que marcó a una generación diera título a uno de esos discos que tanto se recuerdan en el ambiente indie.

El 9 de julio de 1994, en el Foxboro Stadium, a 35 kilómetros de Boston, España sucumbió ante la Italia de Roberto Baggio y la ceguera del húngaro Sándor Puhl. En el minuto 93, Italia ganaba por dos a uno a una España que estaba jugando mejor. Goikoetxea se adentró por la banda derecha. Míchel, que en el pasado había ocupado esa zona del campo con la misma camiseta, comentaba en Televisión Española junto a José Ángel de la Casa que España tenía que entregar hasta la última gota de sangre. Fue premonitorio. Un centro llovido no pudo ser rematado por Luis Enrique. Tassotti, defensa del legendario Milan de Sacchi, soltó el codo y le reventó la nariz a Luis Enrique dentro del área. Era penalti. Pero el árbitro lo ignoró.