Un buen sofrito, una salsa de tomate, unas patatas al horno o una ensalada sencilla pueden cambiar bastante con un puñado de hierbas bien elegidas. No hace falta tener media huerta en la encimera ni llenar el especiero de botes que acabarán olvidados. Lo útil es saber cuáles usamos de verdad, cuándo añadirlas y con qué alimentos funcionan mejor.
Las hierbas aromáticas sirven para dar frescor, profundidad, aroma y carácter a recetas muy normales. Algunas agradecen el calor y van de maravilla en guisos, asados y platos de cuchara. Otras pierden gracia si se cuecen demasiado y conviene añadirlas al final, justo antes de servir. Ahí está buena parte del truco.
También importa distinguir entre hierbas frescas y hierbas secas. Las frescas suelen tener un punto más limpio y vivo, perfecto para ensaladas, salsas frías, pescados, huevos o platos terminados. Las secas son más concentradas, aguantan mejor el calor y funcionan muy bien en caldos, estofados, marinadas y recetas al horno. No son mejores ni peores: tienen usos distintos.
Cómo usar hierbas aromáticas sin pasarse
La primera norma es sencilla: mejor quedarse corto que arruinar un plato por exceso. Hierbas como el romero, la salvia, el estragón o el orégano seco tienen bastante presencia y pueden tapar el sabor principal si se usan sin medida.














