Este estilo tradicional es un instrumento de cohesión colectiva que se improvisa en las tabernas
La canción legendaria de la historia reciente de Portugal es un homenaje al tradicional cante alentejano. Hablamos de Grândola, Vila Morena, el conmovedor himno de Zeca Afonso, compuesto tras convivir con campesinos y grupos corales de la comunidad de Grândola, melodía que apuntaló la Revolución de los Claveles y el aura del 25 de abril. Patrimonio inmaterial de la humanidad desde hace 14 años, el cante alentejano vive una segunda juventud y su preservación, a juzgar por el interés con el que lo defienden viejas y nuevas generaciones, está en buenas manos. Además de las estrellas que lo reivindican, como Buba Espinho o Luís Trigacheiro, la tradición resiste en numerosos grupos corales de aficionados y, por supuesto, en los profesores que lo enseñan en las escuelas de Alentejo.
El cante alentejano es una tradición coral rural, generalmente sin instrumentos, con un ponto (voz que inicia la moda) y un alto que responde, seguido por el coro (la voz colectiva que duplica la melodía). El repertorio se basa en la poesía oral y a las canciones se las llama modas. Son cantos polifónicos que pertenecen a un patrimonio colectivo: se le cantaba al agua, al amor, a la tierra seca, al trabajo, a la represión, al hambre, a la emigración, a la maternidad o a la religión. En las sedes de los grupos, o ranchos, se refuerza el diálogo entre generaciones y géneros —antes solo cantaban hombres y ahora ya hay grupos mixtos o exclusivamente femeninos—, así como entre individuos de diferentes orígenes, contribuyendo a la cohesión social. Quizás lo más interesante sea que el cante se improvisa de manera natural en las tabernas.







