Hola.

¿Cómo llevas el calor? Llevo unos días en Barcelona y la humedad es insoportable.

Hay un género literario que, como todas las consultoras y bancos de inversión, Goldman Sachs domina como nadie: el informe optimista que, si lo lees con atención, es en realidad una lista de advertencias edulcoradas. Su último documento, Harnessing AI for the Real Economy, calcula que solo los cinco grandes “hiperescaladores” (Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle) invertirán 5,8 billones de dólares en infraestructura de IA hasta 2030. Solo en lo que va de año, han recaudado casi 200.000 millones de dólares a través de ventas de bonos corporativos.

Si se suma también la energía y los centros de datos de todo el sector, la cifra total del despliegue entre 2026 y 2031 supera los 7 billones de dólares: más de lo que se invirtió en construir la infraestructura de internet durante toda la burbuja puntocom. Para ponerlo en perspectiva: es más que el PIB conjunto de Alemania, Reino Unido y Francia. El propio banco reconoce que para financiar semejante cifra hará falta recurrir a, ¡tachán!, “estructuras de capital que aún no se han inventado”.

Algunas de esas fórmulas ya han empezado a aparecer, y dan una idea de hasta qué punto se está llegando. Una es usar como aval, para pedir crédito, contratos de alquiler de centros de datos que ni siquiera existen todavía: la matriz de una empresa como Google garantiza que pagará el alquiler de un centro de datos en construcción, y esa promesa —no el edificio, que aún no está en pie— es lo que respalda miles de millones en bonos. Otro caso: utilizar como garantía las propias GPUs de Nvidia, los chips que mueven la inteligencia artificial, pese a que se quedan obsoletos en un par de años; es un poco como pedir una hipoteca a treinta años poniendo como aval un ordenador portátil.