ChatGPT, Claude y similares han pasado a formar parte inequívoca de nuestro día a día con una rapidez sorprendente. En cuestión de unos años, la revolución tecnológica que se impuso con el lanzamiento de la plataforma de OpenAI ha penetrado hasta en los lugares más inesperados, más allá de las ya clásicas imágenes divertidas en redes sociales o de los temidísimos deepfakes.En los últimos meses, el diseño gráfico generado por IA ha empezado a estar en todos lados. Lo vemos en letreros y carteles publicitarios o folletos de fiestas e inauguraciones. A veces, se apuesta por colores vívidos y letras que resaltan sobre los fondos, y otras por diseños más escuetos, buscando una estética elegante. En cualquier caso, hay algo común en ellos: un cierto uso de estructuras, colores y patrones que hacen que sea sencillos identificarlos a simple vista.En cierta medida, es natural. Para muchas personas, ChatGPT y compañía son ya una parte más del día a día: de la misma manera que le preguntamos si nos quedará bien ese corte de pelo, se le pide crear una imagen promocional, si la necesitamos. Desde su popularización, los chatbots hacen deberes y trabajos, crean rutinas para el gimnasio o nos recomiendan regalos para un amigo o para nuestros padres.Al mismo tiempo, casi todos somos conscientes de que estas herramientas cometen fallos. Que tienen “alucinaciones”. Que, en la inmensa mayoría de los casos, una imagen creada por un diseñador gráfico será mejor que la que nos entregue la IA de Canva u otro programa similar. De la misma manera que el consejo de un profesional de la estética será mejor que el que nos de la IA.Ejemplo de cartel generado mediante IA.Y, sin embargo, seguimos preguntándole, incesantemente, por nuevos libros que leer; le pedimos un collage para nuestras redes sociales. ¿Por qué? En realidad, la respuesta a esta pregunta tiene ya varias décadas. Porque lo que nos ofrecen ChatGPT y derivados no es lo mejor… pero es suficiente. Nos sirve. Cumple su propósito. Algo que, en el ámbito empresarial, recibe el nombre de “satisficing”.“Satisficing” es un término acuñado en el año 1956 por el economista y politólogo Herbert A. Simon, aunque su primer uso data de un poco más atrás, en el año 1947. La palabra es una mezcla de los términos en inglés “satisfy” (satisfacer) y “suffice” (ser suficiente) y se usa para definir una estrategia de toma de decisiones que aspira a encontrar soluciones que cumplan exactamente eso: ser satisfactorias, pero no perfectas, sino solo aptas.La idea de Simon, en su momento, era la de que la búsqueda de la mejor opción posible, la más racional, no es una manera realista de aproximarse a la toma de decisiones humanas. Y en muchas ocasiones, se pierde mucho tiempo y recursos tratando de conseguir una respuesta óptima. Ese perfeccionismo puede tener impacto negativo sobre nuestros recursos, tiempos, plazos… así que, en ocasiones, un buen mánager optará por una solución intermedia.El diseño gráfico es un ámbito ciertamente complicado. En una era en la que la presencia en las redes sociales y en internet es más importante que nunca, muchos negocios han encontrado dificultades para encontrar maneras de exponer su producto de forma llamativa, que resalte entre todos los cientos de miles de mensajes que recibimos al día a través de nuestro teléfono.Razonablemente útilHay quienes han optado por lo óptimo, lo profesional: contratar a un diseñador o a personal especializado en redes sociales e imagen de marca para intentar subir de nivel sus comunicaciones. Y otros simplemente han decidido hacer uso de las nuevas herramientas para solventar ese problema. No de la mejor forma. No de la manera más bonita, o mejor pensada. Pero con una acorde al “satisficing”: lo suficientemente buena como para ser razonablemente útil.Como consecuencia, eso sí, muchas personas empiezan a percibir una cierta fatiga ante ese tipo de estética. Si muchas entidades, muchos negocios hacen uso de la misma estrategia, de la misma estética, el mensaje se diluye. Todos los carteles empiezan a parecer el mismo. Se vuelve al punto inicial: es difícil destacar entre los demás.Lee tambiénEste fenómeno también está estudiado. Los detractores de la idea argumentan que optar siempre por una opción mediocre pero funcional, o solo levemente apta para lo que se pretende, puede llevar a una bajada general de la calidad del producto o servicio que se ofrece. Apostar por esta manera de proceder también puede generar visión de túnel: no explorando otras alternativas, no apostando por el ingenio ante la dificultad, las empresas o los usuarios podrían perder opciones que, si bien más trabajosas, podrían ser más útiles en el largo plazo.Está por ver, por tanto, si quienes ahora usan la IA para generar sus materiales gráficos terminarán por arrepentirse y volver, tras un tiempo, al input más informado y mejor resuelto de los profesionales. Lo que está claro es que, al menos por el momento, el uso de la inteligencia artificial ha venido para quedarse en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Pero vale la pena pensar que, a veces, quizás priorizar el input humano sea la mejor opción. Periodista graduada en la Universidad de Zaragoza y especializada en videojuegos, tecnología retro, y tener demasiadas plumas estilográficas. También me podéis ver en Eurogamer.