Las empresas siempre se midieron por el tamaño de su dotación, por el presupuesto de marketing o por la cantidad de sucursales de su red. Después se agregó otra variable: ¿puede o no mi empresa tener su propia app? Ahora hay un nuevo termómetro de modernidad y es este: “ya usamos inteligencia artificial”. El problema es que muchas veces eso significa tres licencias de ChatGPT o Claude, un piloto en un área suelta y una presentación de PowerPoint con el logo de alguna Big Tech. No es estrategia. Es FOMO —Fear Of Missing Out— con factura. Pasó muy rápido, pero este año la IA dejó de ser un experimento de laboratorio. Ahora es una herramienta que efectivamente se mete en el mail, en el CRM, en la atención al cliente, en la selección de personal, en el pricing, en el credit scoring y en la redacción de contratos. Cada vez que una empresa la usa, deja datos. Y esos datos no se quedan quietos: empiezan a clasificar clientes, a anticipar rotación, a decidir a quién se le ofrece un descuento y a quién se le cierra una puerta.
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