Hay selecciones que llegan a una final por accidente, como quien tropieza con la gloria sin buscarla demasiado. Argentina no es una de ellas: ha llegado seis veces, en casi un siglo de historia mundialista, y esa reiteración –esa costumbre de estar ahí, en el partido que decide todo– dice más sobre su carácter futbolístico que cualquier otro dato aislado. Passarella, en el histórico festejo de 1978. La primera fue en 1930, en Montevideo, en el Mundial fundacional, el que inauguró el ritual. Argentina, con una generación notable –Monti, Ferreira, Stábile, el goleador del torneo–, cayó 4 a 2 ante Uruguay, en una final atravesada por la rivalidad rioplatense en su forma más pura. El partido, disputado en el flamante Estadio Centenario ante un público mayoritariamente uruguayo, llegó al descanso con Argentina arriba en el marcador, lo que hace más amarga, si cabe, la remontada charrúa en el complemento. Fue una derrota temprana, casi inaug ural, que instaló una costumbre incómoda: la de perder finales por apenas un gol de diferencia, algo que se repetiría con obstinación estadística a lo largo del siglo. Kempes y Bertoni, festejando ante Holanda. Hubo que esperar cuarenta y ocho años para la segunda. En 1978, en su propio país, en un Mundial teñido por la dictadura y las sospechas de arreglo que todavía sobre vuelan el recuerdo, Argentina venció 3 a 1 a los Países Bajos, en el alargue, con Kempes como protagonista absoluto: suyos fueron dos de los tres goles, incluido el del desempate en la prórroga, tras un partido que los neerlandeses reclamaron –con razón parcial– haber sido perjudicados por decisiones arbitrales y por la demora deliberada de los locales antes de la salida al campo. Fue la primera estrella, la que empezó a construir el mito de un país futbolero que necesitaba, con urgencia simbólica, ganar algo grande.