La victoria de la selección española sobre la francesa implica algo especial. Es una victoria de mérito y, además, de prestigio. Como lo era, años atrás, derrotar a Brasil. Francia se ha convertido en lo que antes fue Brasil: la mayor fábrica mundial de futbolistas talentosos.

Sobre los méritos del equipo de Luis de la Fuente vamos a escuchar y leer mucho en los próximos días. De Francia sólo quedará el eco de una estrepitosa caída en semifinales. Si me lo permiten, pues, entonaré un réquiem por “les Bleus”. Creo que lo merecen. Y, de paso, me sumaré a quienes meten los pies en ese estúpido charco rajoyano de si los franceses son franceses o seres de otra galaxia.

Empecemos por Raoul Diagne. Hasta donde yo sé, y exceptuando el excéntrico caso de Saadi Muamar Gadafi, hijo del que fue dictador libio y capitán de la selección de su país por orden paterna, Diagne fue el único futbolista internacional cuyo padre ejercía como ministro del Gobierno. También fue el primer futbolista negro de la selección francesa. Debutó en 1931, cuando su padre era diputado por Senegal en la Asamblea Nacional de Francia y ministro de las Colonias.

Raoul Diagne fue años más tarde seleccionador de Senegal y se le considera el padre del fútbol senegalés. Murió cerca de París, como francés y senegalés, en 2002.