Francia seguirá siendo un rival descomunal aunque Rajoy se crea con la potestad de concederle o retirarle el pasaporte a media plantilla

Convendremos todos en que Francia ya era un rival temible antes de la última columna de Mariano Rajoy, esa en la que aseguraba que la selección gala juega sin futbolistas franceses, es decir: sin futbolistas blancos ataviados con una boina, una camiseta de rayas marineras y una baguette debajo del brazo, que es como debe imaginarse el expresidente español a nuestros vecinos del norte.

Y lo sorprendente no es tanto la teoría en sí misma, sino descubrir que sigue habiendo gente dispuesta a explicarnos Francia como un catálogo de tópicos racistas disfrazado de guía turística.

Las palabras de Rajoy explican muchas cosas ­—casi todas sobre el propio Rajoy—, pero no por qué lleva Francia más de tres décadas produciendo futbolistas capaces de amargarle la vida a cualquier selección del mundo, en especial las representadas en este Mundial, aunque solo sea por una cuestión de proximidad. Tampoco explica las virtudes de España en lo futbolístico, que son casi tantas como las de los franceses, y ese es un gesto que quizá debamos agradecer al ahora columnista mientras tratamos de imaginar ese plan de partido que nos lleve hacia la victoria. Porque una cosa es manosear el padrón de un país amigo y otra, bastante más urgente, averiguar cómo demonios se le gana a una selección que, hoy por hoy, nos parece imbatible.