Actualizado Jueves,
julio
00:08Todos los que declaran en esta novela llevan siglos muertos cuando suben al estrado. Con sus testimonios participan en la elaboraci�n de un expediente: el caso del hijo del sult�n Mehmed II el Conquistador, el pr�ncipe Cem, amante de las artes y h�bil guerrero, por cuyas venas, por l�nea materna, corre sangre serbia. Desfilan visires, cardenales, caballeros, esp�as, traidores y amantes, pero la voz del "investigado" siempre est� ausente. Lo que sabemos de �l —el retrato que vamos construyendo p�gina a p�gina— nos llega por refracci�n. Desconocemos tambi�n qui�n compone el tribunal o cu�l ser� su fallo, pues, como advierte con iron�a la autora Vera Mutafch�eva (Sof�a, 1929-2009), la sentencia ser� "condicional e in absentia". Esa instancia invisible y muda acabar� siendo el tiempo, o el propio lector, ante quien se despliega uno de los cap�tulos m�s importantes de las relaciones entre Oriente y Occidente. Este dispositivo literario, en el que la ficci�n se al�a con la recreaci�n hist�rica para interrogar al presente desde el pasado, entendido como un relato que se elabora -pensemos en Calvino, Eco, Rushdie, Pavi o Winterson-, a�n tardar�a algunas d�cadas en recibir la etiqueta de metaficci�n historiogr�fica. Para entonces, al otro lado del Tel�n de acero, en la Rep�blica Popular de Bulgaria, este g�nero ya hab�a alcanzado la madurez de la mano de esta especialista en el Imperio Otomano.El expediente que se extiende a lo largo de quinientas p�ginas es, en esencia, muy real. A la muerte de Mehmed II en 1481, su hijo menor, Cem, disputa el trono a su hermano Bayezid II. Pese a algunos �xitos militares, fracasa en su intento y huye v�a Egipto a Rodas, donde cae en manos de los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusal�n. Su gran maestre, Pierre d'Aubusson, todo un Yago shakesperiano, c�nico y encantador, descubre enseguida el valor de mercado del cautivo: negocia una asignaci�n anual con Constantinopla a cambio de mantener neutralizado al pretendiente. Como reh�n, Cem pasa a ser una pieza clave para frenar el avance otomano sobre Europa. Durante trece a�os, Francia, el Vaticano y N�poles lo usan como moneda de cambio frente a Bayezid, hasta su muerte en 1495. Mutafch�eva demuestra as� que Europa prefiri� servirse de un reh�n antes que liberar los Balcanes: para ella,este fue el origen de la "cuesti�n oriental". Escrita en plena Guerra Fr�a (1966-67), la novela habla tambi�n de su presente: la frontera entre Oriente y Occidente prefigura la l�gica de los bloques -una Europa del Este entregada a la �rbita sovi�tica a cambio de paz-, y el pr�ncipe vigilado es cualquier desertor usado como pe�n entre gobiernos rivales. Mutafch�eva sab�a bien de qu� hablaba. Hija de un historiador condenado p�stumamente como enemigo del pueblo, vio c�mo su hermano hu�a a Occidente en 1963, mientras el resto de la familia soportaba la marginaci�n reservada a los parientes de los desertores. Y a�n fue m�s lejos: frente al relato oficial del "yugo turco", present� el Imperio otomano como una civilizaci�n compleja y sofisticada. Una doble insolencia condensada en una misma novela.El caso CemVera Mutafch�eva Traducci�n de Mar�a V�tov. Autom�tica. 576 p�ginas. 29 � Ebook: 11,99 �Y bajo el artificio judicial late el verdadero coraz�n del libro: el poeta Saadi, "su hombre m�s �ntimo", cuyo testimonio ocupa casi la mitad del texto, porque "solo el amor te hace sentir a trav�s de los sentidos de otra persona". Su relato traza el arco completo de una pasi�n entre hombres: el fervor de la juventud compartida entre vino y versos, el desgaste del cautiverio, la dependencia que sobrevive al amor y, finalmente, el abandono. Todo ello desplegado con una complejidad asombrosa para la Bulgaria comunista, cuya censura acaso logr� esquivar gracias al disfraz de turbantes y kaftanes. Para saber m�sEl destino de Cem —muerto lejos de una patria a la que sus restos no regresar�an hasta cuatro a�os m�s tarde, tras negociaciones diplom�ticas— eleva esta obra a meditaci�n intemporal sobre el exilio. �En vida, Cem fue extranjero en todas partes: serbio o infiel, para nosotros; sarraceno o moro, para los cristianos. Qui�n sabe por qu�, en su muerte, Cem pertenece a todos. Quiz� porque no se ha inventado nada m�s universalmente humano que el sufrimiento�.








