Hasta la casa de los Grandet, en la más profunda Francia provinciana, llega desde París el joven Charles, sobrino del protagonista, a pasar los que serán los peores días de su vida tras la quiebra y el posterior suicidio del especulador de su padre – todo esto sucede en Eugenia Grandet, una de las grandes novelas del genial Balzac: recordad que el insigne escritor era poco coleguilla de los hombres de dinero y usaba sus ficciones para castigarlos con curiosas quiebras, horribles suicidios y despiadados tormentos–. Ante el aciago panorama, Nanon, la criada de la casa, propone al riquísimo avaro de su amo hacer un buen cocido para levantar la moral del invitado, a lo que este accede tras ordenar no gastar ni un solo sueldo en la carnicería – un sueldo era la vigésima parte de una libra – y mandar a la criada hacer el caldo para el puchero con huesos de cuervo. La buena Nanon, escandalizada, responde que los cuervos son animales que comen cadáveres, incluso de humanos, y que no deberían ir nunca a un puchero, a lo que el desgraciado del tío Grandet responde con uno de los argumentos más cínicos y horrendos jamás escritos en la historia de la literatura universal: "Eres tonta, Nanon", empieza. “Como todo el mundo, comen lo que encuentran. ¿No vivimos nosotros de los muertos? ¿Qué son entonces las herencias?".PublicidadCon esta maravillosa frase, Balzac no se queda en la crítica superficial e incontestable a todos esos señores, como el mismísimo Grandet, que presumen de gallardía empresarial y buen ojo para el husmeo monetario aunque luego callen como pollitos que su fortuna se inició gracias a herencias abultadísimas y de origen siempre impreciso, y, a veces, hasta ilícito; Balzac lamenta que todos queramos aprovecharnos de los muertos, esos seres que siguen un poco vivos dejando huellas y ramas rotas a la vista de todos en sus senderos y caminos; habla de las herencias morales, que nos persiguen como fantasmas y sobreviven a las materiales. Los muertos siguen ahí porque nosotros, los vivos, los necesitamos para nuestros fines, algunas veces espurios e ingratos; necesitamos sus huesos para proyectarnos en ellos, para extraer terror exportable como si fuese tuétano o, en el peor de los casos, para usarlos como bastones arrojadizos con los que exprimir a los rivales hasta sacarles el último juguito del que beneficiarnos: los muertos nos importan a veces por decencia y sentido de la justicia, pero otras porque nos hacen la vida más fácil a los vivos; y quienes están siempre más vivos, o más vivillos, son los desustanciados políticos nuestros que más de una y de dos veces los aprovechan para sus fines miserables.Tras los trágicos incendios en el interior de Almería, con trece fallecidos apenas identificados, Miguel Tellado, charlatán oficioso de los populares, y Óscar Puente, el oficial de los socialistas, se aventuraron, con la tierra todavía ardiente, a mostrar que tienen muy poca vergüenza y todavía menos corazón al intercambiarse barrabasadas y conspiranoias en sendos tuits – el uno, para desviar las responsabilidades lejos de su presidente autonómico predilecto, el otro, para cuestionar el criterio técnico del Es-Alert – ante la atenta mirada de votantes y familiares, quienes, estoy seguro en el caso de los segundos, dejarán de pertenecer a la categoría de los primeros durante mucho tiempo. Pero luego se rasgarán las vestiduras en sus respectivos comités nacionales y federales en busca de respuestas para la desafección y el asco cada vez más generalizado entre el pueblo por un sistema que, no nos olvidemos, ellos dicen representar.No suelo suscribir las tesis de la polarización porque no creo los dos lados del tablero político compartan los mismos fines, sin embargo, las formas, que muchas veces son incluso más importantes, lo revisten todo de una estética convertida en polvo que me provoca auténtica repulsión y me hace pensar que igual estoy equivocado: no se puede hacer política desde el camorrismo perpetuo y descorazonado, ignorando el dolor de un pueblo – y de unos familiares: perdonad que me repita, pero es triste que nos olvidemos de lo más obvio y radical, que es que todo esto es una tragedia tan indescriptible como dolorosa – que no ha tenido tiempo de procesar el dolor y las pérdidas, que todavía no ha asimilado que esas personas no volverán a meter la llave en la cerradura de sus casas ni a corretear tras sus hijos por el parque. Es muy triste tener que recordarles a dos señores adultos, de cincuenta años y con golosos sueldos cargados al erario público, que los muertos están para que les hagamos justicia, no para manosearlos por un interés espurio que haría sonrojar hasta al personaje más sociópata de Balzac. A los muertos se les rinde homenaje y justicia, no se les saca provecho.