Un fantasma recorre el mundo y hace base en Argentina: el fantasma de la IA en las alforjas de Peter Thiel y Palantir, la nueva versión casi documental de los filmes de terror, zombies y ciencia ficción. A su paso ciertos gobernantes inclinan la cabeza, otros doblan el torso hasta parecer monigotes y, los más atrevidos y menos amantes de su propio terruño, le institucionalizan legalidades que faciliten la instalación de su empresa y brinden cobertura legal a sus actividades. Ese es el caso argentino. Nuestro suelo, que también cobija un pueblo (cuando así se constituye) y una patria que aún conserva mayores que menores galas históricas de dignidad, aunque hoy cueste expresarlas en movimiento (y en Movimiento), asiste a la llegada casi vecinal de Peter Thiel y su nada moderno concepto del capitalismo sin democracia y la avidez por hallar en este país el lugar de impulso para “su” IA, que no es la abstracta y científica inteligencia construida desde algoritmos, robótica y procesadores múltiples y potentes, sino la que le sirve a él, sus intereses y tal vez los de quienes lo cobijan amablemente y con rentabilidad asegurada.

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