EditorialNo hay tragedia pequeña, y una sola muerte a causa de irresponsabilidad debería mover a la acción a diversos sectores involucrados en el control de licencias.

Triste es decirlo, pero en este momento no sabemos en qué momento ocurrirá la próxima tragedia en el feroz ecosistema de tránsito, en el cual existe una amplia mayoría de conductores responsables, comedidos y conscientes, pero también una minoría de indolentes, desenfrenados e incluso psicóticos que protagonizan acciones temerarias y conductas riesgosas que más temprano que tarde concluyen en percances mortales en los cuales la mayoría de víctimas son ciudadanos totalmente ajenos a sus conflictos, iras e incluso impericias autodestructivas, a menudo acicateadas por la impunidad y la incapacidad policial.

El 4 de julio último, un tráiler que transportaba block colisionó contra un vehículo liviano cuyo piloto falleció al impacto, en el kilómetro 115 de la ruta al Atlántico. El conductor del pesado vehículo también pereció, y al identificarlo se descubrió que solo tenía 16 años. ¿Quién permitió o promovió que este adolescente estuviera a cargo de una función para la cual no tenía experiencia y menos aún la licencia necesarias? ¿Cuánto tiempo circuló así hasta el desenlace fatal? ¿Ningún policía pudo advertir que aquel imberbe no reunía los requisitos mínimos para desempeñar tal labor?