La Copa Mundial de la FIFA 2026, organizada por Estados Unidos, Canadá y México, está llegando a su fin.
Con una expansión sin precedentes en el número de equipos participantes y partidos, sumada a cifras récord de asistencia e ingresos comerciales, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, tiene motivos de sobra para exaltar los "éxitos históricos" del evento.
Sin embargo, persiste una realidad innegable: se ha percibido una crisis inminente en medio del caos de este torneo.
Aunque ni Infantino ni su círculo más cercano lo admitirían jamás en público, esta Copa del Mundo bien podría convertirse en su Waterloo, es decir, el momento en que su prestigio en el mundo del fútbol ha comenzado a desmoronarse.Dejando de lado los motivos detrás del descarado servilismo de Infantino hacia el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, una actitud que le llevó a ignorar las propias normas del ámbito futbolístico (un gesto que Trump aceptó sin vacilar, tal como hiciera anteriormente el primer ministro italiano), la consecuencia inmediata de esta adulación ha sido un fuerte rechazo público, con críticos que tildan a la FIFA y a su presidente de no ser más que un circo.
Infantino ciertamente podría ofrecer numerosas razones para justificar sus acciones, presentándolas como éxitos brillantes o necesidades ineludibles, pero esta serie de errores garrafales que sabotean su propia gestión (equivalentes a marcarse un autogol) está destruyendo la credibilidad de la FIFA.








