Actualizado Martes,
julio
10:02El camino hacia la pista central de Wimbledon est� construido sobre la memoria del torneo. En las paredes color crema que acompa�an el recorrido aparecen im�genes de las grandes gestas que han marcado la historia del All England Club. Unos metros m�s adelante, como una parada obligada para cualquier visitante, aparece el c�lebre poema 'If', de Rudyard Kipling, uno de los s�mbolos de la instituci�n brit�nica. Pero esta vez el trayecto no conduce a la pista, sino a otro de los escenarios m�s exclusivos del torneo: la gala de los campeones.La invitaci�n del All England Club era clara: black tie como c�digo de etiqueta. Esmoquin para ellos y vestidos de noche para ellas. No hab�a margen para la improvisaci�n.El club m�s prestigioso del tenis mundial hab�a preparado cada detalle. Peluquer�a, maquillaje, estilistas y un guardarropa con vestidos para las invitadas formaban parte del despliegue. Entre las asistentes estaba Anna Pushkareva, la rusa de 17 a�os campeona del torneo j�nior, que eligi� un llamativo vestido de tafet�n color petr�leo.Antes de abandonar la fiesta hizo una pregunta con cierta esperanza: "�Podr� qued�rmelo??. La respuesta fue negativa. Como en los cuentos de hadas, cuando termina el baile todo vuelve a su sitio y la magia desaparece.El escenario de la celebraci�n tampoco era uno cualquiera. El Raffles London, antiguo edificio del Ministerio de Guerra brit�nico, acogi� una noche en la que la historia de Londres se mezcl� con la del torneo. En sus salones lleg� a fumar Winston Churchill sus puros, y hasta all� viajaron desde Wimbledon los campeones para cerrar una edici�n m�s del torneo.La cena comenz� a las once de la noche. Unos 270 invitados, entre socios del All England Club y personalidades relacionadas con Wimbledon, se repartieron en 19 mesas para disfrutar de un men� con cordero, esp�rragos y queso feta.Habr�a hecho falta la iron�a de P. G. Wodehouse para describir la elegancia de los caballeros y los elaborados peinados de las se�oras.Sinner lleg� pasada la medianoche con el trofeo en la mano. La familia del italiano ocup� la mesa n�mero uno, situada frente al escenario, y se perdi� parte del humor brit�nico de Debbie Jevans, presidenta del club y anfitriona de la velada."De las toallas que hemos repartido este a�o —cinco por partido—, unas 2.500 nunca llegaron a la lavander�a", brome�. Una forma elegante de explicar que muchos jugadores acabaron regal�ndolas a los aficionados o guard�ndolas como recuerdo. En la tienda oficial, cada una cuesta 40 libras.Pero esa noche no era para hablar de las cifras de Wimbledon ni de los casi 480 millones de euros de ingresos que gener� el torneo en 2025. Sinner ya estaba sobre el escenario, relajado y dispuesto a disfrutar.El presentador le avis� de que llegar�an preguntas dif�ciles. La respuesta del italiano fue inmediata: "No me hag�is preguntas complicadas: he bebido un poco".El ambiente dio pie a una de las im�genes m�s humanas de la noche. Le preguntaron por su madre, Siglinde, y por el momento en que abandon� las gradas durante la final contra Alexander Zverev, despu�s de que su hijo perdiera el primer set en el desempate.Sinner cambi� el gesto. Por un instante apareci� el ni�o que sigue escondido detr�s del campe�n. "Todav�a no soy padre", dijo sonriendo. "No s� qu� significa ver a un hijo jugar en la pista central de Wimbledon", a�adi�.No era una respuesta de un n�mero uno del mundo, sino la de un hijo intentando comprender la emoci�n de una madre. En plena confianza, tambi�n revel� otra an�cdota inesperada: antes de viajar a Londres hab�a vuelto a suspender el examen para obtener el permiso de moto. "Es la cuarta vez. Quiz� sea mejor que siga jugando al tenis", brome�.











