Hace unas semanas parecía que el conflicto en Medio Oriente había entrado en pausa. Donald Trump hablaba de acuerdos, estabilidad y una situación bajo control, pero bastó una nueva escalada de violencia para recordar que la geopolítica rara vez sigue el guion de los políticos.
Aquí comienza a percibirse cierto hartazgo en los mercados. Desde una trinchera financiera, resulta difícil ignorar la cantidad de anuncios, amenazas y mensajes que cambian de tono en cuestión de días. Las declaraciones de Trump siguen generando movimientos inmediatos, pero cada vez duran menos. Los inversionistas han aprendido que un mensaje puede mover los mercados por unas horas, mientras los hechos se imponen sobre la narrativa. La credibilidad es un activo que tarda años en construirse y puede erosionarse muy rápido cuando las palabras dejan de coincidir con los resultados.
La preocupación no es sólo el conflicto. Cada episodio de tensión vuelve a presionar los precios de la energía, incrementa los costos del transporte y amenaza con reavivar las presiones inflacionarias. Justo cuando los bancos centrales comenzaban a ver señales alentadoras, aparece un nuevo elemento que puede retrasar los recortes en las tasas de interés y moderar el crecimiento económico a escala mundial.









