Hay un hombre que lleva años recorriendo cientos de kilómetros con su hermano para animar a su equipo cuando juega fuera de casa, que guarda recortes de periódico como si fuera un colegial y que prepara el bocadillo para su hijo, con calculada ternura, cuando le lleva a entrenar. Ese hombre, sin embargo, nunca les ha dicho “te quiero”. Tampoco lloró en el tanatorio donde descansaban los restos mortales de su madre, ni en la sala en la que firmó la sentencia de divorcio, ni en el comedor del restaurante en el que sus compañeros brindaron por su jubilación. La grada de un estadio de fútbol es, de hecho, el único lugar en el que ese hombre se permite llorar, emocionarse y fundirse en un abrazo íntimo con otro ser humano, aunque sea un desconocido. No es un mito. El futbolista Pelé, auténtico guía espiritual de generaciones enteras de futbolistas y futboleros, contaba en Pelé: The Autobiography (Pocket Books, 2007) que, cuando tenía unos nueve años, vio a su padre llorar desconsolado tras el Maracanazo y que la imagen le impactó tanto -quizá porque hasta ese momento nunca había visto tanto sentimiento en su progenitor- que le prometió que, algún día, ganaría un Mundial para Brasil (y lo hizo no una, sino tres veces). He aquí un niño dispuesto a conquistar el mundo por volver a ver a su padre llorar. Cuánta sensibilidad se cuece en esas gradas. Y en esos hombres. Y qué gran oportunidad para experimentar, aunque sea entre gritos, abucheos y vuvuzelas, cuestiones esenciales del ser humano que muchos creen que les están vetadas en cualquier otro escenario: amistad, lealtad, cuidados, resiliencia, familia, amor. Sin embargo, el mismo espacio que ofrece a muchos una vía precaria -pero legítima- para expresar emociones y que también acoge a las nuevas generaciones de mujeres y niñas deportistas y a los hombres que celebran sin violencia, es el mismo en el que se reproduce, sin complejos, la más tóxica de las masculinidades: la que da por hecho que las personas no se vinculan gracias al cariño, sino al subidón de aplastar al contrario; y que aquí solo puede haber vencedores o vencidos, aunque el vencido cuente sus años con los dedos de una sola mano. “Odiaba ir al fútbol con mi padre. No importaba si jugaba bien o jugaba mal, cuando entraba al coche después de los partidos, siempre me hacía llorar”. Son palabras de Kyle Walker, jugador del Manchester City, que reconoce en su podcast You’ll Never Beat Kyle Walker (“Nunca vencerás a Kyle Walker”) que aquel padre, para el que tres goles nunca eran suficientes porque esperaba seis, marcó profundamente su forma de entender el fútbol y que, además, está dándoles de la misma medicina a sus propios hijos. No es que el fútbol convierta a nadie en machista. Pero el machista encuentra en el estadio lo que en otros tiempos encontraba en la cantina de alguna fábrica o en el servicio militar: un espacio en el que compadrear y una identidad grupal en la que lo que se busca y se celebra no es tanto ganar, como que el otro pierda. El matiz, aunque sutil, es sumamente importante. Porque en este caso no se trata solo de “meterla”, sino de machacar al contrario y dejarle hecho pedazos. Arrasar y, de paso, recuperar lo que se cree propio pero injustamente arrebatado. Ese imaginario de dominación, tan reconocible en los discursos de la extrema derecha como en buena parte de la narrativa pornográfica contemporánea, forma parte de las reglas del juego. Maricón, nenaza, mono, negro de mierda o el controvertido y sancionado “ehhh.. putoo” de los aficionados de la Selección Mexicana, no son insultos improvisados. Son palabras aprendidas para demostrar que, en determinados modelos de masculinidad -y de sociedad- la peor humillación posible consiste en dejar de ser considerado un hombre de verdad. En su nota de prensa de 2026 sobre el Mundial, el Crown Prosecution Service, organismo oficial de la fiscalía en Inglaterra y Gales, señala una clara asociación entre el aumento de la violencia doméstica y los grandes torneos de fútbol. Entre otros, se menciona un estudio de la Universidad de Lancaster según el cual, los incidentes de violencia doméstica aumentan un 26 % cuando juega Inglaterra y un 38 % si pierde. Por su lado, el Consejo Nacional de Jefes de Policía de Reino Unido ofrece datos contundentes: durante el torneo de la Eurocopa 2024 se denunciaron a la policía más de 300 delitos de violencia doméstica, en los que las víctimas creían que el comportamiento del agresor estaba relacionado con el fútbol. Múltiples investigaciones a nivel internacional vienen denunciando este despropósito durante los últimos veinte años. En ellas, vemos también un dato revelador: no es la derrota per se lo que más enciende la mecha, sino la derrota inesperada, la humillación no prevista y especialmente si el rival es el de siempre. Cuando el equipo propio pierde contra quien “tenía” que ganar, lo grupal pasa a ser personal y la derrota, una auténtica lesión en la identidad. Una delgada línea separa el Viking Row de los jugadores y aficionados noruegos (en el que sentados hombro con hombro, cientos de personas simulan remar a ritmo de bombo, como si hicieran avanzar un barco vikingo, todos a una) de un grupo de ultras quemando banderas y vandalizando coches. Ambos son rituales de pertenencia. Pero lo que los diferencia no es la intensidad de la emoción colectiva sino el uso que se hace de ella: en un caso, la identidad compartida construye comunidad y esperanza; en el otro, necesita fabricar un enemigo y ejercer la violencia. Y esa diferencia lo es todo. Porque el problema nunca fue el fútbol, ni que los hombres lloren, se den la mano o se abracen cuando cambia el marcador, aunque necesiten un estadio entero para hacerlo. El problema es seguir creyendo que un hombre vale más por los rivales que derrota, que por las personas a las que cuida.
El problema nunca fue el fútbol, ni que los hombres lloren
El mismo espacio que ofrece a muchos una vía para expresar emociones y celebrar sin violencia, es el mismo en el que se reproduce, sin complejos, la más tóxica de las masculinidades











