El popular político, señalado por sus escándalos financieros, ha sido clave para dar un manto de respetabilidad democrática a Reform UK
El gran éxito de cualquier partido centrado y con vocación de gobierno, conservador o socialdemócrata, consiste en camuflar bajo su manto a los extremos y concentrar el voto. El mérito de Nigel Farage ha sido hacer el viaje contrario: dominar el debate público, ya sea respecto al Brexit, a la inmigración o a cualquier otro asunto divisorio, y convencer a los votantes de derechas moderados de que su opción era democrática y respetable.
“Dentro de su propio partido hay gente a la que no tengo problema en considerar de extrema derecha, racistas sin complejos, probablemente incluso simpatizantes del nazismo, así como formas psicológicas desviadas de ultranacionalismo. Pero él ha sido siempre capaz, tácticamente, de mantenerse alejado de esa ultraderecha tan abierta y presentarse como una extensión del Partido Conservador. Aunque, en el fondo, es un ultraderechista”, explica a EL PAÍS Roger Griffin, profesor de Historia Contemporánea y politólogo de la universidad Oxford Brookes, experto en las dinámicas sociohistóricas del fascismo.
“Sabe que el único modo de ser un político electo, un diputado, es evitar contaminarse con la extrema derecha. Por eso se ha cuidado siempre mucho de tomar distancia respecto a un pasado juvenil con simpatías nazis y antisemita, o respecto a la corrupción masiva de algunos de sus principales apoyos”, señala Griffin.









