Nigel Farage, uno de los políticos que más ha contribuido a la desestabilización del Reino Unido en las últimas décadas, lucha estos días por salvar su carrera pública. Su brillo anterior ha perdido lustre y muchos ciudadanos le ven ya las costuras. Es un caso que tiene mucho de historia ejemplar sobre las derivas y los métodos del populismo nacionalista, no solo en las islas británicas sino en otras democracias occidentales. Acostumbrado desde hace años a la buena vida, el principal impulsor del Brexit y agitador del discurso contra la inmigración ha aceptado durante años sin remordimientos los regalos y prebendas de amigos multimillonarios que consideraban útil para sus propios intereses su tarea de demolición del país. Pero todo tiene un límite. El Parlamento británico había comenzado a investigar el sospechoso donativo de casi seis millones de euros de su amigo el criptomillonario Christopher Harbone, que Farage recibió a principios de 2024, meses antes de lograr por primera vez en su trayectoria política un escaño en la Cámara de los Comunes.El político intentó justificar primero ese regalo como una ayuda desinteresada destinada a garantizar su seguridad futura, con el cínico argumento de presentarse como el hombre más amenazado en el Reino Unido. Luego retorció la excusa, y presentó la dádiva como una recompensa de una amistad por sus años de lucha a favor del Brexit.Nada de eso convencía al responsable parlamentario de la investigación, que quiso luego incorporar al caso los regalos que ha proporcionado a Farage durante años su amigo y mano derecha George Cottrell, en forma de seguridad, personal para sus campañas, viajes de lujo y estancias en un apartamento de Londres de localización privilegiada. El benefactor era conocido como George, el Pijo, un aristócrata de rostro aniñado que se dedicaba al blanqueo de dinero con criptomonedas y que cumplió ocho meses por esos delitos en una prisión federal estadounidense.Antes de que la investigación exija su expulsión de la Cámara de los Comunes, Farage ha ejecutado una nueva maniobra clásica del populismo: la búsqueda de una legitimación en las urnas. Ha dimitido preventivamente, para forzar una nueva elección parcial en Clacton-on-Sea, la circunscripción que le eligió hace dos años. El resto de los partidos ha eludido la trampa y ha renunciado a presentar candidatos. Solo un humorista que se pasea con una capa y un cubo de basura en la cabeza, Count Binface, el Conde Cubo de Basura, habitual de otras elecciones, va a competir con Farage. El desenlace de esta pantomima no puede ser bueno para él. O acaba derrotado por un personaje aún más esperpéntico que él, o repite como diputado en unos comicios sin rivales, para que el Parlamento reanude de inmediato la investigación sobre sus corruptelas.El populismo de extrema derecha ha enraizado ya en el debate público del Reino Unido, pero la debilidad de un personaje como Farage, que ha sido fundamental durante estos años para que cobrara impulso, es una buena noticia. Y un ejemplo instructivo sobre las derivas de esta ideología, desde las promesas grandilocuentes al esperpento y las sospechas de corrupción.