Gilda Love, en una de sus presentaciones.jorge fuembuenaEduardo Rondón o, mejor, Gilda Love, ha fallecido este domingo en Barcelonay deja vacante un título tan particular como difícil de ostentar: el de la drag queen más longeva de España. Como sucede con las grandes divas, hay una discrepancia sobre su edad: el próximo 25 de julio habría cumplido 101 años o 91, según las dos versiones. En los últimos años había moderado sus apariciones en público pero sin dejar de ser un icono de la Barcelona más canalla y al que le quedan pocos reductos en sitios tan entrañables como El Cangrejo, donde también actuó por una larga temporada. Su vida no fue sencilla pero al menos su carrera y arte quedaron inmortalizados en el documental-ficción Cantando en las azoteas, dirigido por Enric Ribes.Gilda Love nació en San Fernando de Cádiz. De hecho, siempre se presentó como “la cachonda de Cádiz”. Sin embargo, su vida no se entiende sin El Raval, al que ella siempre llamaba por su denominación de “El barrio chino”. La transformista llegó a Barcelona en 1967. Antes, tras prestar el servicio militar, trabajó en varios locales de París, como el famosísimo sitio de transformistas Madame Arthur. Un joven Eduardo quedó tan deslumbrado con Gilda, el clásico de cine negro de 1946 protagonizado por Rita Hayworth, que decidió que ese fuera su nombre artístico.La capital catalana era entonces el lugar más abierto posible para una “orgullosa mariquita” —como se autodenominaba— bajo la dictadura franquista y su Ley de Vagos y Maleantes, que penaba la homosexualidad. Encontró aquí un sucedáneo de familia, la que jamás aceptó su orientación sexual, con unos hermanos mayores falangistas que le hicieron la vida imposible. “Mi padre quería un niño; mi madre, una niña y yo nací café con leche”, era una frase recurrente en sus monólogos.La artista, en 2022, recordaba en una conversación con ICON su infancia y juventud. “Siempre me tenían atormentado, porque ellos se daban cuenta de lo que yo era. Tenía una hermana que era modista y me vistió una vez de gitana, porque ella y mi madre decían que era bonito y que parecía una niña. Mis hermanos, por verme vestido así, me pusieron una cerilla y me intentaron quemar como a Juana de Arco. En la espalda aún tengo una quemadura. Me hacían calamidades, no me mataron de milagro”.La Barcelona en la que aterrizó Gilda era la de las Ramblas vibrantes, la del cabaret y las vedettes. Además de peluquera, trabajó en sitios tan icónicos como la Bodega Apolo, en el Paralelo, donde compartió escenario con artistas como Carmen Picot —conocida artísticamente como La Wernof, fallecida en 2019— o la televisiva Carmen de Mairena, muerta en 2020. También pasó por el club Kit Kat, la desaparecida Bodega Bohemia y por El Cangrejo, tal vez el último reducto del espectáculo de esa época.El documental no solo captó esa Barcelona perdida, sino también el drama tras el personaje. De día, Gilda limpiaba escaleras; de noche, cantaba canciones como Colorete, vestida de sevillana. Hace unos diez años terminó por perder su piso y acabó teniendo que pedir ayudas sociales, a las que le pusieron muchas trabas por lo que ingresaba con sus actuaciones. La drag queen ya había visto venir lo que le espera a una artista como ella al envejecer, a través de su compañera de escenario, Carmen de Mairena. “Estaba en una residencia del Ayuntamiento y yo iba siempre a verla. Era también una persona muy humana. Le gustaba que le llevase donuts, sus favoritos eran los de chocolate”, rememoraba también en ICON.Su arte y la Barcelona canalla en que vivió ya habían sido objeto de otros documentales, como Yo soy así, de Sonia Herman Dolz, pero fue gracias al de Ribes que su lado más humano pudo llegar al gran público. Eso hizo que, en sus últimos años de vida, gozara reconocimiento e incluso hubo un par de homenajes públicos en su honor, como el celebrado en el Ateneu del Raval, algo que le reabrió la puerta de varios escenarios. Hacía años que, a causa de su edad, se le olvidaban las líneas de los monólogos o las letras de canciones como Colorete -ella no era mucho de lipsync- y muchos temían por las consecuencias de su empeño de no abandonar sus histriónicos movimientos en el escenario. En una época en que la perfección estética ha secuestrado el mundo drag, Gilda Love era la muestra viva de que lo que realmente importa es tener duende.