Manuel García-Castellón

Magistrado jubilado de la Audiencia Nacional

Actualizado 13/07/2026 - 09:43h.

Santiago Posteguillo habló durante veinte minutos y yo acabé pensando en algo que él no nombró pero que latía debajo de cada frase. Contó si la impotencia, esa palabra que repitió, la de un pueblo de la huerta sur de Valencia que vio subir el agua del barranco del Poyo la tarde del 29 de octubre y que después esperó. Esperó un día, esperó dos, esperó tres, y no llegó una respuesta suficiente ni de la comunidad autónoma ni del Estado. Conviene detenerse en ese hecho antes de correr hacia la culpa, que es la manera más eficaz de no entender lo ocurrido.

Aquella espera no era un fallo dentro del sistema, sino una revelación del sistema. Lo que se vio en Paiporta, en Catarroja, en Masanasa, esos nombres que aprendimos a pronunciar con culpa y espanto, no fue la avería de una máquina bien engrasada sino la máquina mostrando cómo está construida por dentro. El Estado español ha estallado por las costuras por donde nadie quería mirar. No por un reparto confuso de competencias, porque sobre el papel están repartidas, sino por algo más escurridizo, el umbral en que la emergencia debe escalar de un nivel al siguiente y la decisión, siempre incómoda, de que alguien asuma el mando. Ahí cada administración pudo mirar hacia la otra con la conciencia administrativamente tranquila.