“Era una muchacha hermosísima, esbelta y de veloces movimientos, de ojos tan negros como el azabache y masas de rizados cabellos negros. Apenas pronunciaba una palabra, y tenía una sonrisa misteriosa que casi me enloqueció de amor”. Así describe a Valeria Mesalina su futuro esposo y luego emperador de Roma Claudio en la famosa novela Yo, Claudio (1934), de Robert Graves, que dio pie a la famosa serie televisiva de la BBC de 1976. Sorprendentemente, la más reciente biógrafa de la emperatriz y que la reivindica frente a su inveterada mala fama de femme fatale, Honor Cargill-Martin (Mesalina, Edhasa, 2025, traducción de Julieta Leonetti), encaja bastante en la descripción, si se exceptúan el cabello liso y unos raros ojos verdes ribeteados de azul. Joven, atractiva y mundana (es habitual en las redes y la revista digital Air Mail la retrató con un sucinto vestido de Valentino en su lista de 25 talentos londinenses emergentes), no son pocas las personas que se vuelven para mirarla al verla pasar este caluroso mediodía en el inmenso vestíbulo del British Museum de Londres, convertido en un horno. La historiadora londinense educada en Oxford tiene la misma edad que se le atribuye a Mesalina al morir, 28 años, recién cumplidos, y su excelente, fresco y apasionante libro sobre la emperatriz, un tour de force contra prejuicios muy arraigados, ampliamente reconocido y alabado, lo escribió cuando contaba solo 24 y únicamente había publicado libros para público juvenil. Así que no es extraño que se la salude como la chica prodigio de la investigación de la antigüedad romana e incluso ya como la heredera de Mary Beard, la célebre autora de SPQR, a la que Cargill-Martin admira y considera una referente que ha enfrentado la misoginia y abierto senda a las mujeres en los estudios clásicos. La idea de quedar en el museo es porque aquí se custodian testimonios de Mesalina —no hay muchos: tras su ejecución en el año 48 se decretó una damnatio memoria, un borrado de su recuerdo— como un busto de mármol y una moneda, un didracma de plata, con su retrato. Pero la escultura no se exhibe y la moneda se muestra en unas galerías romanas que se encuentran cerradas a causa del calor excepcional que hace estos días en Londres. Así que hay que contentarse con pasear por las salas de la Britania romana recordando que el marido de Mesalina, Claudio, conquistó la provincia y su joven esposa participó insólitamente en el triunfo que se le dedicó al emperador en Roma. Nos detenemos ante una espada de legionario como la que debió emplear el tribuno pretoriano que ejecutó sumariamente a la emperatriz en los jardines de Lúculo donde se había refugiado acusada de traición, escandaloso libertinaje y bigamia y tras ser incapaz ella de suicidarse. Cargill-Martin señala también una bandeja de plata —el Gran Plato de Mildenhall— con imágenes de una fiesta salvaje con las bacantes, las acólitas del dios de la embriaguez, que sugieren la que organizaron Mesalina y su amante Cayo Silio y que las fuentes clásicas consideraron que fue una boda aberrante y destinada a hacerse con el poder mientras Claudio se encontraba de viaje. En su libro, la historiadora recrea genialmente esa colorida fiesta.La atmósfera tórrida en el British sirve de metáfora del calentón perenne ninfomaníaco que se le atribuía a la emperatriz (lo menciona el propio Plinio el Viejo en su Historia Natural) y asimismo evoca el sofocante burdel al que, según algunas de las mismas fuentes, Mesalina, escapándose de palacio, acudía por las noches para, caracterizada de meretriz con una peluca rubia, entregarse lúbricamente a los clientes. Así, como una flava lupa, una puta rubia, la describió el poeta satírico Juvenal bautizándola como Licisca, Lobita, y convirtiéndola en personificación de la sexualidad más desenfrenada y bestial. Mesalina, insaciable, habría competido con una profesional y la habría vencido: 25 parejas sexuales en una noche. Cargill-Martin considera inverosímil la historia de la emperatriz prostituta (meretrix augusta) y sus proezas sexuales, como muchas de las que la antigüedad (Tácito, Suetonio o Dion Casio) nos ha dejado sobre la depravación y el desenfreno de Mesalina y que toda una entusiasta tradición fue amasando y aumentando hasta derivar en literatura y grabados eróticos del XVIII o películas de verdadero porno-peplum. “Es imposible que Mesalina saliera de palacio, el lugar más vigilado del imperio romano, sin que nadie la viera”, explica en una cafetería cercana, escapados del infierno del museo donde se ha quedado la emperatriz. “Mesalina fue convertida en una encarnación de lo que los romanos temían de la sexualidad femenina; desata todos los miedos tradicionales de los hombres de Roma hacia las mujeres”. La mujer de Claudio sufrió el mismo destino que Cleopatra, la “reina puta del Nilo disoluto”, como la apodó sin mucha finura Propercio, hipersexualizada, temida y odiada por los tan patriarcales hombres romanos. La egipcia, por cierto, no estaba lejos de Mesalina, cuyo bisabuelo era Marco Antonio. Cargill-Martin recuerda a otras mujeres de Roma vilipendiadas por una tradición y una historiografía que no ha sido tan duras con sus mucho peores contemporáneos masculinos: Fulvia, Livia, las Julias Mayor y Menor (hija y nieta de Augusto respectivamente), Agripina (hermana de Calígula, cuarta y última esposa de Claudio, su sobrina, y madre de Nerón) o Popea. Pero Mesalina se lleva la palma, su nombre convertido en sinónimo de lascivia como el de ninguna otra. ¿Por qué se ensañaron así con ella? “En buena parte por que vivió en un momento en que se estaba definiendo el papel de las mujeres de los emperadores en el nuevo régimen creado por Augusto y que era en todo menos en el nombre una monarquía”, reflexiona la historiadora que recuerda que Mesalina, hija de Mesala Barbado (y no del malo de Ben-Hur, como alguien podría suponer), abrió camino a Agripina, emperatriz con también mala reputación (incesto) y que fue asesinada como ella. “El poder en Roma era masculino y la tensión que creó la situación nueva de una joven emperatriz que se inmiscuía en las tareas de su marido hizo que se diabolizara y difamara a Mesalina que representaba un peligro, y eso se hizo a través de retratarla como una obsesa del sexo que incluía en su menú incluso gladiadores y actores”.Honor Cargill-Martin es muy fan del Yo, Claudio y de Graves y valora el mucho conocimiento histórico del escritor y que plasmara en su novela la complejidad de Mesalina y su afán de participar en las decisiones políticas de su esposo. Pero considera que el gran autor siguió en última instancia el relato clásico al dar crédito a la historia de los adulterios en cascada y la boda bígama con Silio y la conspiración juntos para derrocar a Claudio. La historiadora, que subraya que no ha escrito con una agenda revisionista feminista, admite que hay cosas negativas sobre Mesalina que son verdad. “Hemos de evitar la idea de que todo lo que se dijo sobre ella era propaganda negra. Intervino en la política imperial, hizo matar gente —desde luego no tanta como su cruel esposo—, y es lógico que enfoques tu sexualidad hacia otra parte -como el guapo Cayo Silio, el aristócrata más guapo de Roma, del que probablemente se enamoró- si tu marido es tu primo Claudio, tres veces mayor que tú, lastrado físicamente, rijoso, babeante y flatulento”. Pero, añade, “no debemos dejar que lo malo de Mesalina, sus errores, tape el resto, ni que el mito de la maléfica devoradora de hombres nos ciegue”. Y hay que entender, subraya, lo que era la vida de las mujeres nobles romanas utilizadas como material intercambiable para pactos políticos y que fueron entregadas desde que eran prácticamente niñas a hombres adultos abusadores cuyos apetitos las debían dejar traumatizadas. Agripina, por ejemplo, no había tenido aún la regla cuando la casaron con el brutal Cneo Domicio Enobarbo (no en balde el padre de Nerón). Para Honor Cargill-Martin, Mesalina no fue en realidad una peligrosa conspiradora contra el régimen de su marido sino una víctima de una conjura orquestada por los libertos del emperador, a la cabeza Narciso, “el Rasputín de Claudio”, preocupados por la creciente intervención de la emperatriz en los asuntos imperiales. No hubo tal boda bígama con Silio, asegura, ni plan para derrocar juntos a Claudio —“¿qué hubiera obtenido con ello Mesalina?”— sino que se utilizó una fiesta, todo lo desmadrada que se quiera, para hacérselo creer al emperador, y eso si no fue él mismo el artífice de la trampa: tampoco pareció afectarle mucho la muerte de su esposa, con la que tenía dos hijos pequeños. La mala fama de Mesalina ha servido de excusa a muchos de los excesos de Claudio. “Es la oportuna idea del hombre débil con la fuerza siniestra de una mujer detrás, como los casos de Meghan Markle o Carrie Johnson”.¿Pobre Mesalina, pues? La historiadora mira fijamente hacia adelante como si pudiera ver los jardines en los que la joven emperatriz aguarda espantada en compañía solo de su madre, Domicia Lépida, perdida ya la esperanza del perdón de su marido, la llegada de los soldados enviados a ajusticiarla (una escena por cierto parecida a la de la ejecución de Cicerón). “Ha tenido muy mala suerte en su reputación que ha teñido la de otras mujeres como María Antonieta, pero por otro lado tuvo una vida interesante. Hizo muchas cosas bien, no era una villana. Siento una conexión especial con ella, estamos las dos en la veintena, una edad en la que cometes errores y aprendes de ellos; nos movemos ambas en un mundo de hombres que miran con suspicacia el éxito de las mujeres”. ¿Qué le preguntaría a Mesalina si pudiera hablar con ella? La historiadora piensa y a la vez se toca en un hermoso gesto inconsciente de resonancias clásicas los pendientes de ambas orejas a la vez. “Sería una compañera interesante, sin duda. Le preguntaría qué planes tenía con Silio, y cómo no se dio cuenta de en dónde se metía”. La historiadora apunta cómo el cine se ha apuntado tradicionalmente a los clichés sobre Mesalina y ha perpetuado su estigma. Entre las plasmaciones, destaca la de María Félix (Mesalina, de Carmin Gallone, 1951), que aparece como una siniestra matrona en lugar de como la joven que era la emperatriz; la de Vittorio Cottafavi (1960), con la muy atractiva e interesante (se ligó en Roma a un asistente al solio pontificio) Belinda Lee, y la de Enrico Guazzoni con la también veterana Rina de Ligouro, en la que el papel de Claudio lo hacía un tal Augusto Mastripietri (sic). En Yo, Claudio, Mesalina era Sheila White. Según las fuentes, Mesalina tenía una belleza sensual y lo más llamativo eran sus ojos almendrados y su mirada.Es obligado preguntarle a la estudiosa de los clásicos por la Odisea de Nolan que está a punto de llegar. “Hay que recordar que es una mirada de Hollywood, diferente”, dice y ríe al saber que en las redes hay gente que ha confundido al clasicista Tom Holland (Rubicón, Dinastía, Pax), al que ella admira, con el actor del mismo nombre (Spiderman) y han comentado al conocer la opinión favorable del primero: “Claro, que va a decir si sale en la película”.Cargill-Martin se levanta tras explicar que sigue trabajando en el tema de los escándalos sexuales de la Antigua Roma, como el del tipo (Publio Clodio Pulcro) que trató de colarse travestido en los ritos de la Bona Dea, solo para mujeres. Es difícil contenerse y no soltarle mientras se marcha un entusiasta, animoso y gladiatorio “¡fuerza, Honor!”.
Mesalina reivindicada: una revisión de la historia de la “emperatriz prostituta” cuestiona el retrato de una mujer con la que se ensañaron los clásicos
La joven estudiosa británica Honor Cargill-Martin consagra una nueva biografía a rebatir los clichés sobre la malfamada esposa del emperador Claudio









