La iglesia del pueblo estaba en el sector sur, cruzando las antiguas vías del aserradero. Era un edificio de pintura desconchada, la única iglesia nutrida con aguja y campana. El patio lateral era de arcilla dura como el ladrillo, al igual que el cementerio que había al lado (llegué a preguntarme: si alguien muere durante un período prolongado de sequía, ¿el cuerpo se cubre con hielo hasta que la lluvia suavice la tierra?). Algunos sepulcros estaban marcados con lápidas que se resquebrajaban; los más nuevos tenían los contornos decorados con cristales de colores y botellas de Coca-Cola rotas. Los pararrayos que guardaban otros denotaban muertos que no descansaban en total quietud; en las cabeceras de las tumbas de niños se veían pedazos de mechas consumidas. Era un cementerio efervescente. Al cruzar la inmensa puerta de entrada nos dio la bienvenida un cálido y agradable aroma a almizcle, combinado con asafétida, rapé, colonia Pibes, menta y talco de lila. Los mosaicos del piso, de un color amarillo muy oscuro o de un castaño grisáceo, y de hipnóticas formas romboidales, se repetían en el artesonado y en el tapizado de los muebles, empotrados o tan pesados que nunca los movían. El aire era fresco, pero demasiado húmedo, y el cielorraso alto, muy alto. Oscar se reclinó en el sillón de madera junto al ingreso, estiró las piernas y echó hacia atrás la cabeza apoyando cómodamente la nuca en el respaldo. La fatiga flotaba y crecía en su interior como un humo fragante, nublándole los ojos y llenándole la nariz. Dejó caer flojamente las manos; clausuró los párpados. En un momento sonrió con una risa tonta; pero la imagen no llegó a formarse en su mente, o no se quedó allí el tiempo suficiente, de manera que no alcanzó a impedir aquella agradable y profunda inmersión en el sueño.