El Sexto Panteón del cementerio porteño de la Chacarita es uno de los lugares más bellos y más estremecedores del mundo, y también uno de los menos conocidos por quienes deberían conocerlo. Un espacio que esconde un viaje de luz y de emoción. Y también esconde la historia de una mujer que entendió la muerte mejor que los hombres que la rodeaban.A mediados del siglo XX, cuando Buenos Aires miraba hacia la modernidad con el hambre voraz de las ciudades jóvenes, una arquitecta recibió un encargo descomunal. Para cualquier profesional de su generación habría sido enorme. Para una mujer en los años cincuenta era un desafío a las leyes no escritas que decidían quién podía construir y quién debía limitarse a habitar lo construido por otros. Se llamaba Ítala Fulvia Villa, y su nombre tenía ya algo de profecía latina. Entraba en las reuniones de las oficinas municipales —llenas de ingenieros varones— con un cuaderno y unos planos. Y con mucha paciencia, porque sabía que allí, al menos al principio, iban a discutir su talento incluso antes de verlo.Le encargaron el edificio que toda ciudad olvida y toda ciudad necesita. Un cementerio. Un edificio sin fachada, un símbolo que no se eleva hacia el cielo. Ella, en una decisión tan delicada como el propio acto de enterrar a un ser querido, entregó un vacío. Un cementerio subterráneo. Un territorio que nadie vería desde la calle, pero que debía alojar la memoria íntima de miles de familias.Hacer eso en los años cincuenta era un reto técnico pero también era una declaración de confianza, porque iba contra el cementerio tradicional, con sus mausoleos verticales y sus ángeles de mármol llorando hacia las nubes. Pero no creamos que Ítala Fulvia respondió con un proyecto funcional o discreto, lo que hizo fue una idea entonces audaz y radical, para esa época y para cualquier época. Porque el Sexto Panteón no es un edificio, es un paisaje, y aunque es subterráneo, está lleno de luz. Sobre la gran losa que cubre el panteón existe un tapiz de césped, un plano horizontal apenas interrumpido por pequeñas construcciones de hormigón que no buscan protagonismo, que se contentan con acotar trozos de horizonte y señalar los accesos. Y abajo, un laberinto en calma, trabajado con la delicadeza de una miniatura persa. Ítala Fulvia no concibió galerías cerradas ni espacios hundidos en la sombra. Imaginó patios arbolados perforando la tierra, llevando el día hacia abajo, convirtiendo el subsuelo en un paisaje respirable, en una catedral horizontal donde la luz viaja por caminos imposibles. Esa intuición, la luz entrando donde no debería entrar, fue la que convirtió el Sexto Panteón en algo único.Me gusta imaginar la reacción de los porteños de la época. Gente acostumbrada a mausoleos coronados por escaleras retóricas, a esculturas mirando al cielo con expresión teatral. Familias que llegaban a la Chacarita esperando el peso del mármol y se encontraban con una pradera tranquila, desnuda, donde solo unas piezas de hormigón asomaban del césped. Y entonces, siguiendo una de ellas, descendían.Bajaban por uno de aquellos accesos y la luz se iba matizando, suavizándose desde el sol primaveral de la superficie hasta la penumbra diagonal de los pasillos. Y allí abajo descubrían que el mundo no se había apagado. La claridad viajaba por los patios, descendía junto a los troncos de los árboles, tocaba las paredes, dibujaba sombras largas, líquidas. Ítala Fulvia logró aquí algo dificilísimo: condensar la monumentalidad del hormigón y llevarla al recogimiento que exige un cementerio, porque cada giro ofrecía una combinación distinta de luz, de sombra, de árboles y de nichos, un laberinto bellísimo donde el duelo encontraba un espacio respirable. Era un cementerio construido para acompañar. La luz acompaña, la luz baja hasta el fondo, y es ese un gesto profundamente humano, porque el simple acto de descender bajo la tierra para despedir —para acompañar— a un ser querido ya es un símbolo absoluto que no necesita dramatismo añadido.Décadas después, quienes lo visitamos repetimos sin saberlo los mismos pasos que aquellos primeros porteños sorprendidos. Se baja por un acceso discreto, se siente el cambio del aire, la inclinación de la luz. Y aparece un momento extraño, la sensación de estar en un lugar pensado para lo que ocurre dentro del pecho cuando uno camina hacia abajo, hacia la memoria, hacia la ausencia.Tal vez eso sea lo más poderoso del Sexto Panteón, esa empatía del espacio y la luz que supera al hormigón y a la escala y a la audacia técnica. Porque Ítala Fulvia Villa entendió a la perfección la coreografía emocional del duelo. Salir del ruido, caminar sin prisa, regresar al mundo. Y ese regreso es esencial, porque en la experiencia de un cementerio la vuelta al mundo es tan delicada como la propia despedida.Por eso, al final, siempre llega el ascenso. Una subida lenta en la que la luz se vuelve más directa, el aire más cálido, los pájaros más nítidos. Se cruza el umbral, se vuelve al césped, y el paisaje parece el mismo, pero ya no lo es. Porque quien regresa de abajo —aunque solo hayan sido unos minutos, aunque solo haya sido un paseo, aunque solo seas un turista— vuelve con un trocito de esa penumbra delicada que Itala Fulvia Villa imaginó hace setenta años. Para saber más: Proyecto de investigación Chacarita Moderna de Léa Namer — www.chacaritamoderna.com Chacarita Moderna: la necrópolis brutalista de Buenos Aires, Ed. Building Books.